Nombres de mujeres* (Divagación forzosamente sentimental)

Hablar de las mujeres y sus nombres es como hacer política. Hablando de las mujeres y cómo se llaman, descansamos.
Huerta
(Cortesía)

Ciudad de México

Es asombroso, pero en un inmenso tanto por ciento, los nombres de las mujeres se encuentran en armonía con ellas, con su presencia física, con su sabor de hembras, con su aspecto de pequeñas e imprescindibles diosas. Y no lo decimos por pura imaginación, sino por una especie de convicción que puede bien ser intrascendente o inútil, pero que sí es sugestiva y sobre todo inagotable. Inagotable hasta la voluptuosidad, como la convicción de sentirnos hombres jóvenes y demostrarlo en estilo juvenil —con juvenilidad, según dijo uno de los jóvenes más inteligentes de México y, más que nada, menos ostentoso, un joven líder revolucionario.

Hablar de las mujeres y sus nombres es como hacer política. Hablando de las mujeres y cómo se llaman, descansamos. Descansamos con la satisfacción de hacer una obra de provecho citando a determinada dama, a cierta mujer que se ha apoderado de nuestra atención por los métodos que todos pretendemos conocer de sobra pero no combatir. Nomás eso faltaba. No estamos de acuerdo con la frase napoleónica que sustenta la teoría de que en amor la mayor victoria es la retirada, ni con esa otra que asienta rotundamente, cruelmente: las mujeres asnas son la perdición de los grandes hombres, y que según nuestra memoria es del finísimo Julio Torri, autor de ese prodigio de prosa castellana “La balada de las hojas más altas”, y sobre quien charlamos no hace mucho con Fernando Peraza.

Continuando: la política descansa ampliamente. Ofrece más certidumbres que, por ejemplo, en Arte. Así lo sostuvo hace bastante tiempo Jules Renard, agregando, oponiendo, los casos aislados de una caja de retiro obrero y el último paisaje del menos afortunado de los impresionistas.

Descansamos, pues, hablando de las Cármenes y Lucilas; hablando limpiamente, sanamente, a la manera de la Política que resultaría si los poetas la hicieran.

Y ya sobre el tema, nos inclinamos ante el nombre de Carmen. Nombre árabe que indica lo florido, aquello que es florecido, lleno de jazmines, nardos, rosaledas —o rosedales—, y naranjales: cármenes de Andalucía, vergeles, jardines, espejos tranquilos, nubes...


el mar sonríe a lo lejos

dientes de espuma...


Ante el nombre de Andrea. Este nombre tiene una historia curiosa que, conocida, le quitaría ese tono a lo Petra, o Tacha, o Ignacia. Viene desde el Renacimiento. La escuela florentina de pintura tuvo entre sus artistas más notables a varios Andreas —en aquel tiempo los hombres podían también llamarse así; hoy nos molestaría que alguno de nuestros amigos se llamase Andrea González, por ejemplo—, al del Sarto, al Castagno y a otros. Después, Andrea se llamó la esposa de La Rochefoucauld. Y desde ella, solo las mujeres pueden llamarse de esa manera. Por lo menos, no hemos encontrado posteriormente en ninguna parte algún tipo con ese nombre y, en cambio, sí conocemos a varias hermosas mujeres que lo llevan dignamente, con soltura y hasta con orgullo. Cobra con ellas la palabra Andrea calidad de fluidez y elegancia: raro matiz de suavidad y gracia que nos encanta y “enfebriliza”.

Ante María y Mireya y Milena. Tres nombres perfectos y seguramente tres suntuosas mujeres. Mireya quiere decir María y es la heroína de la epopeya que con ese nombre escribiera Federico Mistral. Originalmente es Miréio o Mireia, o Mireilla, en un provenzal que distamos mucho de dominar. Y bueno, en último caso, también es lindo alterarles sus nombres a las mujeres: es acaso el placer menos comprometedor y más tierno que se dan los enamorados. Alterándose los nombres por capricho o eufonía o exceso de cariño —¿exceso de cariño?— los enamorados pasan desde ese momento a la categoría de palomitos —de tórtolos—. Para ellos las noches de luna y los parques meridanos, tibios y alegres como en ninguna parte de la república; para ellos, los enamorados de siempre, el mundo maravilloso a cuya construcción dio los postreros toques Gustavo Adolfo Bécquer; para ellos la ternura absoluta que la poesía y la música derraman a chorros; para ellos las melodías de los romances y los sonetos escritos y por escribir.

Ramón López Velarde, salvación de la poesía mexicana moderna, comienza su poema “A las provincianas mártires” así:


Me enluto por ti, Mireya,

y te canto esta epopeya.


Alfonso Reyes, clarísimo guía de la literatura, en uno de sus poemas primeros exclama jubilosamente:


Mireya, ¡oh, mis amores!


Y la Mireya mistraliana cayó quemada por los rayos del sol y por el amor despedazado en su alma de zagala maravillosa.

Nos inclinamos ante las Aídas —o Aidas—, cantarinas y finas siempre. En México conocimos de vista a una Aída bellísima; seguramente era yucateca. Y las Olgas, acaso perezosas y lánguidas, con nombre de aves taciturnas en reposo. (“Lo natural sería que los pájaros dormidos se cayesen de los árboles”, insinúa Ramón Gómez de la Serna, maliciosamente.) Y las Nidias y Gildas e Hildas, tan sutiles como un trazo arábigo. Y las Celias, que devienen Chelas o Chulas merecidamente. Y las Darielas venenosillas y certeras como una flecha lanzada por Robin Hood.

Especialmente hacemos la caravana ante una Elda María, posiblemente rubia y sirena; ante una Susila, azul y cálida como una paloma aprendiendo a zurear; ante una Eneida María, misteriosa, virgiliana; ante una María Augusta, a quien llamaríamos Reina, o Emperatriz, o Ave Cesaría —cesárea—; ante una Linda. Miguel N. Lira escribió no hace mucho el “Corrido de Linda” y de Domingo Arenas, libro emocionante y repleto de poesía. El autor se había rascado el apellido debidamente,haciendo volar por los aires modulados acordes.

¿Y Teresa? Gracias a Eugenio D’Ors el nombre Teresa es sinónimo de Bien Plantada. ¿Y las maravillosas Lolas, Pilares, etcétera, que en España combaten fieramente? Y, por fin, otra Aída. Aída Lafuente, heroína de la epopeya asturiana de octubre de 1934, inmortalizada por los mejores poetas de la España revolucionaria —entre los cuales, claro, no se encuentra don José María Pemán y San Martín, artífice de lo que de cursi tiene Sevilla: “El Barrio de Santa Cruz” es la muestra y que hace poco habló a los obreros españoles patética y estúpidamente invitándolos a la sumisión y la esclavitud, condenando de paso, como quien no quiere la cosa, el “odioso marxismo” sostenido por el fantasmal "oro ruso"—, [sino] los poetas auténticos como Rafael Alberti, que la llama "Libertaria", o como Arturo Serrano Plaja que pregunta al universo por ella.

Salud, pues, lindísimas mujeres de Yucatán. Y un recuerdo a las españolas viriles que escriben la historia con su sangre de positivas diosas de la Revolución Roja Mundial.


Mérida, Yucatán, octubre de 1936


*Del libro Palabra frente al cielo. Ensayos periodísticos 1936–1940 (edición, compilación, selección y prólogo de Raquel Huerta-Nava) que en unos meses circulará con el sello de la UNAM