El día que García Márquez ganó el Nobel

Aquella mañana en su casa de la Ciudad de México, el colombiano comentó: “esto es una broma”, mientras su madre solo deseó: "Ojalá esto sirva para que me arreglen el teléfono".

Ciudad de México

Esta crónica se publicó el 21 de octubre de 2012, en el número 10 de Milenio Dominical, cuando se cumplieron 30 años de que se anunció el galardón para el autor de Cien años de soledad.

Pocas veces, como en 1982, de manera unánime, los recintos académicos de Oslo y Estocolmo llenaron de orgullo a los pueblos latinoamericanos: el colombiano Gabriel García Márquez y el mexicano Alfonso García Robles ganaron el Nobel de Literatura y el de la Paz, respectivamente. Dos premios, por demás, con enorme sentido político: el primero, defensor de la independencia y autodeterminación de los pueblos de América, África y Asia; el segundo, incansable impugnador de la violencia internacional, exponente de la tesis antibélica (y digno representante de la prestigiosa posición internacional que México tenía en aquella época). Una gran luz en medio de las sombras del conflicto Centroamericano, que estaba en la agenda de los países de toda Latinoamérica por esos días.

El 21 de octubre de ese año, Gabriel García Márquez está en México. No es un día cualquiera. La noticia del Premio Nobel de Literatura genera reacciones de satisfacción en todo el mundo, convirtiendo al colombiano en el galardonado más popular de la historia. Las imágenes que alimenta la efeméride se volvieron familiares, sin embargo, al cumplirse 30 años de aquella fecha, la crónica correspondiente debe revisitarse.

Andrés Ryberg, secretario ejecutivo de la Academia de las Letras de Suecia —de acuerdo con testimonios de la prensa internacional— dijo que la elección había sido muy reñida entre los miembros del Comité de Selección.

Para García Márquez el premio cobraba significación por su compromiso a favor de los derechos humanos, ya que él mismo había sido víctima por sus ideas políticas de izquierda, que lo obligaron a abandonar su país de origen.

(La periodista Rita Ganem comentó alguna vez que en 1981 GGM visitaba Colombia, sin embargo, “abandonó repentinamente el país, afirmando que se hallaba en riesgo de ser aprehendido, acusado de estar relacionado con el contrabando de armas para las guerrillas de la izquierda colombiana. El gobierno insistió en que el escritor no se hallaba en peligro de arresto y lo acusó de haber organizado el escándalo por motivos publicitarios”).

De tal suerte que en esa época Gabriel García Márquez es una figura singular, cuyo liderazgo carismático le permite interactuar entre el poder y la literatura. Tal vez sea uno de los ejemplos históricos de esta relación entre el escritor y la comunidad política, pero tiene a la vez una enorme influencia social y arrastra multitudes.

Ese día del anuncio del Premio, el júbilo también estalló en su patria. Todas las emisoras de radio colombianas entonaron en su honor el Himno Nacional y el presidente Belisario Betancourt fue el primero de sus compatriotas en felicitarlo. Mientras, miles de entusiastas se lanzaron a las calles; “el Nobel se sentía”, la central telefónica se congestionó, desbordada por el ánimo de quienes querían dar la “nueva” y compartir ese momento estelar, escribió Ramiro Guzmán Arteaga. Por ejemplo, los taxistas de Barranquilla sonaban espontáneamente el claxon; cuando eso ocurre “es porque el homenaje es merecidamente popular” y el gobierno local del departamento de Magdalena, en la costa del Caribe, propuso declarar la casa donde nació el escritor monumento nacional.

Tras el revuelo causado en esa fecha, así ha sido la existencia del escritor obsesionado por el delirio de personajes que tuvieron que nombrar cosas no vistas. Sin duda el mejor homenaje a su grandeza literaria es leer y releer su obra.

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En el mundo imaginario de Gabriel García Márquez sus personajes conviven y se tocan. En el mundo real, la noticia del premio Nobel ese jueves 21 de octubre de 1982 produjo un vuelco auténtico en la historia de la literatura de América Latina, ya que por primera vez el júbilo por su designación estalló al unísono en todos los ámbitos no sólo académicos e intelectuales sino también en sectores populares de todos los países del continente americano, sin contar las reacciones de gozo único en todo el mundo.

Muchas veces se ha dicho que la verdadera identidad latinoamericana está en la cultura y el premio a García Márquez produjo un enorme regocijo. Braulio Peralta, quien trabajaba en Unomásuno, refiere: “A las cinco de la mañana me fui a la redacción para leer los cables informativos. Y la confirmación: el admirado autor de Cien años de soledad ganaba el galardón. Me fui directo a la casa del escritor, allá por el sur de la ciudad, acompañado de la uruguaya Margarita Fynn. Antes de las seis ya estábamos en su casa. No éramos más de tres reporteros: la radio sueca, la agencia EFE y nosotros. La alegría de Gabo era más bien de pasmo, incredulidad. Sus sentidos abiertos a la experiencia donde la noticia era él. Mercedes, su esposa, estaba feliz. No abrieron la puerta a nadie más. Al salir de ahí, afuera, había un tumulto de periodistas buscando una declaración del premiado”.

Desde las 5:30 de la mañana, Gabo vivió la alegría con su familia, pero también empezó a perder el sosiego; amigos y periodistas eufóricos empezaron a invadir la residencia en el sur de la ciudad; hervían las emociones. El hombre más feliz del Universo vestía esa mañana una bata azul, sorprendido sin la ducha de todos los días.

Gabo lo mismo atendía el teléfono, con interlocutores de un sinnúmero de países, que recibía a los espontáneos visitantes. No ocultaba su sorpresa; repartía abrazos, “esto es una broma” comentaba. Atenta, su esposa lo auxilia, mientras el Nobel, “sin tiempo para pensar dos minutos qué es lo que debo sentir”, hacía sus característicos gestos, por momentos cruza los brazos en actitud pensativa, se alisa el bigote, detiene la mano derecha en la barbilla, levanta la mano izquierda para pedir a los recién llegados tiempos de espera, sonríe, sonríe y sonríe.

Su hijo mayor, Rodrigo se suma al ambiente de felicidad. En aquella fecha las multitudes mexicanas y colombianas hicieron suyo el premio Nobel. Parecía muy lejano, acaso desconocido, el día de un posible debate en torno al libro electrónico y las futuras formas de lecturas.

El Nobel lo sorprendía mientras “trabajaba en una historia de amor con final feliz”, sin embargo, “el muchacho barranquillero”, como le decía su amigo Ángel Rama, no volvería a tener secretos ni a conocer el silencio que buscó para crear, 20 años antes de esa fecha, cuando junto con su familia eligió instalarse en México persiguiendo la soledad y la tranquilidad para escribir. (Aquí habían crecido sus hijos Rodrigo y Gonzalo, según reveló en otro encuentro con la prensa.)

Ahora, los primeros rayos de sol de ese otoño entraban por las ventanas de su casa, jugando parejas con los primeros periodistas que se asomaban por ahí para conseguir las declaraciones del prolífico narrador y activista político: “Espero tener más audiencia para denunciar ante el mundo la política intervencionista de Estados Unidos”, dijo a los reporteros que ganaron las primicias de sus comentarios.

A las seis de la mañana, un grupo de corresponsales extranjeros sorprendió a Mercedes “con dos botellas de champagne”.

¿Qué se dijo en aquel acto? En esa felicidad colectiva se multiplicaban los abrazos y los apretones de manos, parecía una cita cotidiana, de conversaciones compartidas, de dicha, risas, todos ajenos a la pertinencia o impertinencia de la visita.

A las siete de la mañana todo era fiesta, júbilo. En razón de que arribaban decenas y decenas de periodistas, amigos y admiradores, Mercedes determinó conducirlos al jardín de la casa; ahí se agolparon fotógrafos, reporteros, corresponsales, camarógrafos de todo el mundo, la radio y la televisión reñían por una exclusiva, “es el premio del continente”, decían, “felicitémonos”.

No había lugar para excentricidades. No existían los celulares, de modo que debían contener los nervios para no salir en tropel hacia sus redacciones para informar de todo lo que observaban, en ese aire cargado de felicidad que reinaba en la residencia García Márquez Barcha.

A las 10 en punto García Márquez apareció vestido con chaqueta y pantalón (dejó de lado su overol azul marino fuerte) y sin más anunció: “No voy a cambiar”. “Para empezar, no voy a modificar mi agenda. Más tarde me voy al aeropuerto por el Canciller de mi país, Rodrigo Lloreda Caicedo, quien me acompañará mañana a la residencia oficial de Los Pinos a recibir la Orden del Águila Azteca que me confiere el gobierno mexicano y luego iré a San Luis Potosí con mis amigos al inicio de la filmación de La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada”. (En realidad la cinta dirigida por el brasileño Ruy Guerra y rodada en escenarios de Zacatecas y Veracruz, se llamó Eréndida con la inolvidable actriz griega Irene Papas, en el papel de la abuela desalmada. La coincidencia del rodaje de la película tenía que ver con su antiguo modus vivendi ya que desde su llegada a México se había dedicado a escribir guiones de cine, como El gallo de oro, basado en un cuento de

Juan Rulfo, que adaptó con Carlos Fuentes).

Ahora en ese ambiente de asedio de periodistas y medios de comunicación reunidos en el jardín de su casa, el Nobel denunció “la invasión que Honduras prepara en Nicaragua promovida por Estados Unidos, es más grave de lo que ustedes están diciendo”. Su eminente figura crece ante el acontecimiento, ofrece una persuasiva explicación sobre la necesidad de atender la iniciativa de México y Venezuela para frenar la agresión.

No hay tramos de silencio, mientras se conjuntaban los temas Gabo recordaba las horas inmediatas y se anticipaba al porvenir. “Mi primera impresión fue de incredulidad y asombro. Pensaba que sería un candidato eterno, pues hace cuatro años que me despertaba con la misma noticia. Es un reconocimiento al progreso avasallador de la literatura de América

Latina”. (Al día siguiente diría a la prensa: “Me dieron el premio porque ya tenía fastidiado al Comité… perdí porque mi candidato fue y sigue siendo Graham Greene”. Y la realidad: estaba a punto de disponer de un millón 150 mil coronas, unos 157 mil dólares, al tipo de cambio de aquel tiempo).

Los reporteros indagan acerca de las perspectivas del viaje a Estocolmo, quieren más revelaciones, anécdotas… No podía pasar por alto que su amistad con Fidel Castro impedía su libre ingreso a Estados Unidos. Recordó que en 1971 intervino a su favor Henry Kissinger (ex secretario de Estado): “Fui a la embajada por la visa; la autorización era para una charla en la Universidad de Columbia. En esa ocasión para recibir el doctorado Honoris Causa; pero la fórmula se quedó, y eso es lo ficticio, porque cada vez que voy a Estados Unidos lo hago para una charla en la Universidad de Columbia”.

Los fotógrafos lo rodean, nadie quiere perder ningún ángulo de ese hombre cercano a la gloria que los hipnotiza con sus palabras. “Recibiré el galardón vestido de guayabera ya que el frac me trae mala suerte” (al respecto la madre del autor confesó: “Yo no quería que Gabriel ganara el premio porque él me ha dicho que cuando alguien lo recibe, luego se muere”). Radio Caracol, logró un enlace telefónico entre ella y su hijo, quien para calmarla de su inquietud le dijo que no se preocupara porque él “tenía la contra, llevando su amuleto, una rosa amarilla…”).

Carlos Monsiváis lo retrató, con su inteligente estilo y escribió en el suplemento cultural Sábado: “Un escritor, famoso hasta la exageración, huyendo de las multitudes como en final de película de Buster Keaton. No es mala hazaña en un continente con tamaña tradición antintelectual y analfabetismo secular y lecturas que aplastarán de aquí a la eternidad los programas de televisión, la falta de libros y la carencia de oportunidad…”.

Y mientras García Márquez confiaba que el premio le proporcionara “mayor audiencia” contra la política intervencionista estadunidense, en Cartagena, su mamá, doña Luisa Santiaga, se defendía del acoso de la prensa con un “Mijo, estamos muy contentos y ojalá este premio sirva para que me arreglen el teléfono”. La magia de Gabo envolvió a todos, aquel día que la Academia de Letras de Suecia anunció el Nobel para Macondo, como rezaba en su primera plana el diario El Caribe de Barrarranquilla.