No podrás mirar la noche

Las palabras cruzan ciudades, temblando mientras volteo, protejo la espalda, observo unos segundos, quiero comprobar que nadie me sigue, me costó muchos años entender que voy sola en la calle.
Las palabras cruzan ciudades, temblando mientras volteo, protejo la espalda, observo unos segundos, quiero comprobar que nadie me sigue.
Las palabras cruzan ciudades, temblando mientras volteo, protejo la espalda, observo unos segundos, quiero comprobar que nadie me sigue. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Perderme en la noche. Temblando. Hasta la rabia abandonó mi soledad, todo ese impulso contenido va dejándome vacía. Cerré los puños hasta sentir que abandonaba el cuerpo, por un momento deseé ser otra persona, estaba viva, ¿puedes sentir la mirada de alguien a pesar de los ojos cerrados?, puedo sentirla, no sé si es una maldición o un privilegio, las personas no le dan importancia a las miradas, cerrados o abiertos, puedo detectar las intenciones. Conmigo, todo podría reducirse a una simple mirada. En la desesperación, en los extremos, cuando alguien te violenta no es cierto que las piernas son las primeras que se niegan a responder, la boca es lo primero, ni una sola palabra, el silencio parece protegernos de algo, nos aísla de la dolorosa verdad. Rondan la zona, exigen saber el precio, me insultan, se van, algunos simplemente abren la puerta, pagan, acto mecánico, se largan, otros ni siquiera me miran, es como si les avergonzara lo que hacen, otros simplemente destilan una sensación violenta, espesa, a veces esas miradas traspasarán incluso semanas después hasta dejarme exhausta, como si intentaran decirme algo que ignoro. El oficio más viejo del mundo no son los trabajos sexuales, el oficio más viejo: censor. No es un delito, la crueldad está cuando te escupen al pasar, no está en lo que hago, porque lo que hago es asunto mío, si estoy aquí no es porque alguien me obligó, nosotras somos igual que cualquier persona, todo lo que ustedes son está aquí en estas esquinas. Es mi cuerpo, decido sobre él, ¿no es lo que pelean las mujeres?, la decisión sobre el cuerpo, la elección de hacer lo que te dé la gana, no soy lo que ustedes creen, no estamos en venta, no me vendo. Y que chinguen a su madre las psicólogas y las diputadas y la tira y los que nos acusan por delitos sexuales, a ver si nos dan trabajo para mantener a nuestras familias. Nos quieren usar para obtener votos o decir que hacen su trabajo. A ver, pongan de diputada o candidata de partido a una de nosotras. Nos tratan como retrasadas, tratando de controlar nuestros cuerpos. Si me dan trabajo, me piden que me corte el pelo, que me vista como hombre, ¿cómo se visten los hombres?, ¿de pantalón y traje?, mundo de dos por dos son cuatro.

Tu voz se aleja, camino hasta llegar a mi esquina. Antes de empezar a trabajar evoco algo que me sostiene, estoy recostada en una tumbona, el sol está alto, no me lastima, la brisa llega de alguna parte, suspira cerca de mí, como una fina compañía, con suavidad toca los recuerdos más borrosos, esos que me abandonaron como se abandona una ciudad en la que nos robaron el pasaporte. Los ojos de cualquier persona se cruzan con los míos, la calle otra vez, la noche en la calle. Los zapatos pateando el destino, las sonrisas están muertas en alguna mesa de lugares que ya no existen, la noche te está mirando, ya no puedes mirarla. Grito, sin motivos, no puedes escucharnos.

Las palabras cruzan ciudades, temblando mientras volteo, protejo la espalda, observo unos segundos, quiero comprobar que nadie me sigue, me costó muchos años entender que voy sola en la calle, que estoy sola, el azar tiene un precio alto. Todas las madrugadas, mientras regreso a casa, cruzándome entre las personas que pueden ser mis asesinos o asesinas, tal vez podría no volver. Todos los objetos de mi casa, ¿se quedaran más solos?, la cama tendida, el dolor, todo lo que nos rodea habla de nosotras, ¿no lo ves?, el charco de lodo, la mujer que ríe con un moretón en la cara. Los hombres que levantan los puños contra una mujer, existen de forma torcida entre silencios que asquean, dejaron de ser ellos, tras el primer golpe sobre un cuerpo ajeno, son algo irreconocible, un amasijo sin sentido. Perdimos la ciudad, no nos pertenece, la ciudad desde hace mucho tiempo está perdida, girando en picada, la ciudad es el astronauta que abandonó una nave colapsada. Nadie quiere  protegernos, sacan algo de nosotras. No una o dos veces, extorsión, golpes, insultos, asesinato, ¿tú sabes lo que hay detrás de mi esquina?, no sabes, nadie lo sabe, eso solo lo sé yo, nadie más.  Policías que hacen su trabajo, existen, contados, tal vez uno o dos, las buenas personas quieren comprarnos, las buenas personas existen en la imaginación.

La noche te está mirando, detonación. ¿Qué van a decir?, que estabas borracha, como si estar borracha en la ciudad les diera autoridad para lastimarnos. Cierran las puertas, nos lanzan a la calle, no tenemos ningún sitio para descansar las piernas. Está libre, confeso, entregó el arma, el video del rostro que te disparó está ahí, tal vez se sentía muy verga, tal vez deseaba creer que no gritaría, tal vez pensó que tendríamos miedo, nosotras ya no tenemos miedo, nos arrebataron hasta el miedo. Cuando escuché que me llamabas algo cambió para siempre, ¡Kenya, Kenya!, esa voz alegre transformada en angustia. La voz que cantó una semana antes en un antro por mi cumpleaños, se apagaría. Corrí para ayudarte. Disparó. Grité. Tu estabas tratando de defenderte, de quitarle el arma con la que apagó tu voz, aventó tu cuerpo al asiento lateral como algo inservible. Apuntándome con el arma y esa mirada odiosa me traspasó, corrí a la esquina pidiendo ayuda a unos polis que pasaban. Acudieron, sí, no basta, el policía con buenas intenciones no basta, lo liberaron, un juez dijo: “falta de pruebas”, las audiencias son un asco, no me moví en días de la delegación para estar pegada a ti, para que nos entregaran tu cuerpo, tardaron en entregarlo, la espera interminable, nadie me pidió ampliar mi declaración, no me permitieron escuchar la audiencia, “es la ley”, ¿cuál ley?, la que libera a un asesino, entre esa ley se mueven, ¿de qué nos sirve el nombre de un juez para culpar a un país podrido?, ¿gritar ese nombre te devolvería la vida?, tendríamos que gritar millones de nombres, no importaron nuestros testimonios, nadie nos escuchó. Con una Beretta 9 milímetros, el que dispara contra alguien indefenso ya está muerto por dentro. Escuché tus gritos, después el sonido, corrí, estabas en el asiento, respirando débilmente, los ojos cerrados, cerraste los ojos como última defensa ante el gesto más cruel. No quiero morir así, quiero morir con los ojos abiertos, quiero morir tranquila, mirando lo que me rodea. Todavía estabas viva, la ambulancia jamás llegó. ¿Por qué te subiste?, también me ofreció subir, algo en sus ojos, sentí algo extraño, ¿por qué aceptaste?, la respuesta no es obvia, nunca lo sabré, antes de ti lo rechazamos dos de nosotras. Jamás llegó la ambulancia. La muerte no es igual para todos, es siempre distinta, el suicida no es igual al que muere torturado. Aldama está más vacía que los días anteriores, luce solitaria, todas en silencio caminan desfilando ante su probable muerte. Ya no podrás mirar la noche. Paola: parece que somos invisibles, eso pretenden, vernos como una parada sin derecho alguno. En los periódicos entrecomillan tu nombre, sin respeto, lo ponen en cursivas, no respetan nada, el nombre de calle merece respeto, tanto como el que aparece en el acta de nacimiento Aquí vienen otra vez, la misma pregunta. Sonrío, el silencio no me protege.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).