‘No dogs, no poets, no blacks’

La respuesta jamás llegó, no en la cena, no en mi cumpleaños, no jamás. Dudé de todo el daño que puede producir la ausencia. Un destello, un sueño equivocado, una pesadilla, eso es el recuerdo.
Apagó aquellas vidas, después recurrió a una amiga: la vieja máquina mecánica, escribió una carta.
Apagó aquellas vidas, después recurrió a una amiga: la vieja máquina mecánica, escribió una carta. (Ilustración: Arturo Fonseca)

México

Se acercan las nubes oscuras, la lluvia interrumpe la ventana del tercer piso. El cielo se cierra como una planta carnívora sobre todos los seres vivientes, los muertos y los objetos inanimados de una ciudad, los cuerpos giran sobre historias cansadas, los cuerpos desatan la noche, se acerca, se está cerrando sobre todos nosotros, la nube se acerca, me siento un granjero con la cosecha arruinada, el sheriff al que dispararon los bandidos en el pecho, me siento, soy Charles Whitman, el marino que mató a su madre. La esposa no tuvo mejor destino o tal vez sí, depende de tu forma de entender el amor, la acuchilló, nunca me ha gustado esa palabra, existen distintas formas de introducir un cuchillo en el cuerpo de alguien, la nota roja, sus términos, me parecen tan vulgares, tan ordinarios. Apagó aquellas vidas, después recurrió a una amiga: la vieja máquina mecánica, escribió una carta, “I do not really understand myself these days. I am supposed to be an average reasonable and intelligent young man. However, lately, I cannot recall when it started. I have been a victim of many unusual and irrational thoughts.”, armado con escopetas, rifles, subió hasta el reloj de la Universidad de Texas, durante más de una hora, disparo tras disparo, fuego, angustia, la insoportable calma de un día en el polvoroso Texas se quebró, 13 personas muertas, hirió a más de 30, me siento como él mientras recuerdo que América es una herida, el perro que abandonaron en la carretera, la bala que perforará intestinos de los hombres y mujeres más desgraciados o de los que son felices, al final toda existencia se agota, todo es para los muertos, respiro gracias a los muertos, escribo para los muertos, apuro una copa o siete para conversar con los muertos. Puedo ser todo, un hombre alegre que camina pensando en los hijos que no tuvo, el fotógrafo que captura la regla de los tercios de forma accidental,  una botella que se quedó vacía a mitad de una noche gloriosa. Soy también una chica de alterne, un carnicero, una tumbona en la playa. Tal vez pida una autopsia como él, para que descubran si algo anda mal en mi cerebro. No creo que el tumor que encontraron en Whitman lo convirtiera en otra persona, no creo que le susurrara: mata a tu madre, mata a tu esposa. Abro las manos, la lluvia golpea, abro las manos, nadie me conoce. La luz de las lámparas, siento que toda mi vida descansa en ellas, mi vida forma parte de esa luz. Abro el periódico, hojeo, cualquier periódico podría ser el periódico de ayer. Borges es tan aburrido, no tengo ningún libro de él, reparo en eso mientras mis ojos acarician un libro de Jack London. Para algunos el reconocimiento es una forma de existir en el mundo, para mi, el desprecio es la forma más legítima de existir en el mundo. En 1966, tenía 17 años, me dieron ganas de estrellar la motocicleta de mi padre, un tipo sombrío que solo estaba contento cuando estaba borracho, para él la única forma de existir era ahogado en vasos sucios de alcohol. No tenía vida pública, ni privada. Kafka, Ibsen, Valery, Tolstoi, hombres sin reconocimientos públicos. Hombres con madres analfabetas como Camus cerraron el hocico de farsantes como Sartre, dijo que jamás había experimentado angustia. La Náusea es una novela para leer mientras cagas. La ventana del tercer piso, la única ventana que desde hace varios días no duerme, recuerdo la calle de Riva Palacio, era una calle tranquila, igual que un asesino efectivo, como la lepra que se acomoda en la lengua tras el primer fracaso. Se desdibuja en mi mente, desdobla su perímetro cerca del Eje Central, aquí, dentro, muy dentro de mis recuerdos, todavía están las pensiones de 40 pesos la noche, las sucias literas desvencijadas me recuerdan que también existí hace mucho tiempo aquí, que espiaba mi destino desde entonces, el futuro es una broma muy cruel, solo el que está dispuesto a morir puede dormir en una litera oxidada de metal con otros desgraciados que intentarán robarte mientras duermes. Otros que aprovecharán cuando duermas profundamente para tomar todo lo que tengas. No importa si crees en el alma o no, tomarán todo lo que puedan y hasta más. Viaducto es un río que no se detiene, la velocidad, la oscuridad. Los espectaculares brillan, las luces de los autos también están brillando entre las capas de la noche. Acaricio una y otra vez ese cuerpo, suavemente roza mi mejilla. Desliza su piel hasta mi hombro, la postura ideal, el pie delantero con el peso apoyándose en él, 45 grados que no son perfectos, que son tan solo el avance las cosas que sucederán más tarde, las rodillas se balancean ligeramente hacia delante. Se incendia la mejilla con el amoroso contacto. Calibrar, apuntar, golpear el gatillo. Viaducto Río Piedad esquina con Texas, un espectacular que no extrañará nadie. Quiten todos mis cuadros, llévense el librero, quemen mi historia, derrumben la fe que tuvieron en un hombre con pensamientos extraños en los últimos días. No disparo a nadie, sólo disparo a lo que representa esa estúpida felicidad que comparten al mirar un río de anuncios de pasta dental, bancos, vacaciones, aerolíneas, ropa, joyas, todo son mentiras, nada servirá cuando nos quedemos más solos. Y la noche se acerca, está cerrando filas entre hombres que olvidan lo que cenaron la noche anterior.

—¿Cuánto tiempo?

—Te lo diré en la cena.

—¿Qué has hecho?

La respuesta jamás llegó, no en la cena, no en mi cumpleaños, no jamás. Dudé de todo el daño que puede producir la ausencia. Un destello, un sueño equivocado, una pesadilla, eso es el recuerdo.

—Nada, no tengo a nadie.

—¿Qué has hecho?

La mejilla vibra con aquella piel, el primer contacto jamás se repite, esa sensación erizada, dulce, doliente. Un cañón largo, brillante, helado. Se acerca otra vez a mi hombro, retumba. El primer disparo, el segundo es más veloz, es más tierno. La noche avanza, detona un animal hambriento, una luz está apagándose a lo lejos, un anuncio estalla, se tambalea bajo mi disparo. Escucho el escándalo, los gritos, el vecino tal vez llamó a la policía, todas las mujeres que amé seguro están muertas, ¿dónde está todo?, ¿adónde fue todo?, no es mi intención disparar a nadie, no disparo a una especie que fracasó desde el inicio. Bala muerta. A lo lejos las luces, las sirenas. Me pondré una camisa, peinaré mi cabello, luzco un poco grasoso, los hombros descubiertos, tal vez me ponga un hermoso bomber jacket o una cazadora color miel, va bien con mis ojos. Mi memoria es acción, mecanismo de cierre y recarga. Amartillar el futuro, las mentiras más piadosas están disfrazadas de futuro. Disparo otra vez, las sirenas se escuchan cada vez más cerca, un hombre llora en el primer piso, pusilánime, no gastaría una carga en ti o tu burda esposa, me agrada tu perro, están a salvo. Bala cruda, tal vez una camisa más seria, negra. La vida tiene un agujero, toda existencia lo tiene. El asfalto no tiene olor, está mojado, brilla en medio de la noche. Un tigre entró la otra noche, tragó alguna parte alegre y perdida que ya no existe, que existía pese a todo, después se fue . Mi visual está en las luces de una patrulla que se estacionó abajo, crucé la línea, las nubes están cerrándose, mamá: guarda mis insignias, no las usaré, la policía patea la puerta, no puedo regresar.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).