Nigromancia racional

Los niveles de satisfacción o ansiedad proceden del éxito o fracaso para ajustar la propia vida a ese manual no escrito en ningún lado pero conocido por todos.
T. S. Eliot.
T. S. Eliot. (Especial)

México

Un posible síntoma de la convulsión de una determinada época es la ansiedad que en el presente genere el concepto de futuro. En periodos de mayor estabilidad, pareciera que la vida consistiera tan solo en navegar por una ruta trazada de antemano por cartógrafos experimentados que nos precedieron. En las distintas manifestaciones históricas y artísticas que permanecen como testimonio del sentir de una época, trasluce una especie de autocomplacencia entre quienes consiguieron plegarse a lo esperado, así como una desazón experimentada por aquellos que fracasaron. En términos esquemáticos, los niveles de satisfacción o ansiedad proceden del éxito o fracaso para ajustar la propia vida a ese manual no escrito en ningún lado pero conocido por todos.

En cambio, en épocas de transición hacia no se sabe qué —como la que vivimos actualmente—, el concepto de futuro aparece por todas partes. Prácticamente no existe una sola rama de la actividad humana en la que no se busque con afán adelantar el futuro, y pululan los gurús que literalmente cobran caro por vender en el presente aquellos trozos de futuro que nos permitan adelantar a los demás en la carrera hacia su encuentro. La industria de la adivinación aparece como una máquina de movimiento perpetuo, reciclando y olvidando predicciones para, en última instancia, transmitir que, cualquiera que sea el recoveco por el que la necia realidad decidió adentrarse, en el fondo los más perspicaces ya lo esperaban y lo sabían. La bolsa de valores, las apuestas deportivas, las encuestas políticas, los estudios de mercado, las previsiones de crecimiento económico, etcétera, son todas variantes muy racionales de ese intento perenne por apaciguar la ansiedad que nos produce lo desconocido (en última instancia, lo desconocido absoluto que es la muerte). Incluso el progresismo, ese culmen de la racionalidad que consiste en vivir una vida siempre buena y correcta, puede verse como un intento cómico por encapsular el devenir dentro de una jaula biempensante que nos blinde frente a la barbarie de lo oscuro, como hámsters en una rueda que gira sobre sí misma bajo la ilusión de progresar hacia la perfección.

Aun así, sin importar las ínfulas que cada quien adopte, todo intento de trascender la conciencia del tiempo se estrella de frente con vislumbres trascendentales como el de estos versos de la primera parte de Cuatro cuartetos de T. S. Eliot: “Pero el encadenamiento de pasado y futuro/ hilado en la debilidad del cuerpo cambiante,/ protege a la humanidad del cielo y de la condena/ que la carne no es capaz de soportar”.