Necesitamos la ficción para sobrevivir: Javier Cercas

“Vivimos tiempos en que la memoria tiende a suplantar a la historia, y eso me parece muy peligroso”, advierte el autor y periodista español.
Para Cercas, “la memoria es individual y subjetiva, mientras que la historia es colectiva”.
Para Cercas, “la memoria es individual y subjetiva, mientras que la historia es colectiva”. (Carlos Rubio Rosell)

Madrid

Si bien la mentira le parece repugnante, lo cierto es que el escritor español Javier Cercas admite que “los seres humanos mentimos bastante, como han demostrado hasta la saciedad los psicólogos, aunque la mayoría de nuestras mentiras”, dice el autor en entrevista exclusiva con MILENIO, “son mentiras toleradas, socialmente toleradas y, sin ellas, quizá no podríamos vivir”.

Las mentiras de Enric Marco, el protagonista del más reciente libro de Cercas (Cáceres, 1962), El impostor, que acaba de publicarse en España bajo el sello Literatura Random House, son, en cambio, “mentiras monstruosas”, afirma, “mentiras que transgreden todas nuestras normas morales”.

El autor de Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Las leyes de la fronteraAnatomía de un instante, relata que el tema más visible de este libro tiene que ver con los casi nueve mil deportados españoles que hubo en los campos de concentración nazis, de los cuales muchos de los supervivientes se agruparon en los años 60 en una asociación que todavía existe hoy llamada la Amical de Mauthausen, cuyo presidente, Enric Marco, durante los años de apogeo de eso que se llamó “la  recuperación de la memoria histórica” se dedicó a pronunciar centenares de conferencias y a conceder decenas de entrevistas en las cuales narraba con lujo de detalles y profusión de emociones su experiencia en un pequeño campo de concentración alemán en Flossenbürg, convirtiéndose en una especie de rock star de esa memoria histórica, al punto de que iba a ser el único superviviente que hablaría, ante todo el mundo, en el 60 aniversario de la liberación de Auschwitz y el fin del nazismo.

“Pero a punto de que eso ocurriera la labor de un oscuro historiador español llamado Benito Bermejo permitió conocer que Marco nunca había estado en un campo de concentración, que era un enorme impostor. En ese sentido, el libro narra la historia ficticia de Marco y también su historia real que es más apasionante aún, y es una especie de thriller e indagación acerca de una verdad en medio de una telaraña de mentiras y falsas pistas”, dice.

Pero en el fondo, agrega Cercas, “este personaje tan común y corriente como todos nosotros, refleja de manera monstruosa nuestra propia naturaleza, nuestra humillante y angustiosa necesidad de ser aceptados, queridos y admirados, y muestra también nuestra incapacidad para vivir solo con la realidad, porque la realidad es pobre y miserable, y nosotros somos pobres, cobardones y poca cosa, y necesitamos la ficción para sobrevivir y de algún modo somos novelistas de nosotros mismos”.

¿Vivimos tiempos de exceso de transparencia; es decir, se exige que todo muestre su verdad, que no haya secretos en nuestras vidas?

No creo que sea para tanto, la verdad: si fuera así, viviríamos en una pesadilla espantosa. 

Usted dice que la idea de “memoria histórica” no es acertada. ¿Cómo se asume y se puede comprender y transmitir entonces el pasado?

Con la memoria y con la historia, pero sin que una se confunda con la otra ni usurpe su papel. Vivimos tiempos en que la memoria tiende a suplantar a la historia, y eso me parece muy peligroso: la perversión de Marco es precisamente un fruto de esa confusión. La memoria es fundamental, pero la historia también; y ambas deben desempeñar su papel y apoyarse mutuamente. Por lo demás, la expresión “memoria histórica” me parece como mínimo difusa y equívoca; en realidad, es un oxímoron, porque la memoria es individual y subjetiva, mientras que la historia es colectiva y debe aspirar a ser lo más objetiva posible. Tampoco entiendo que en España se llame memoria histórica a lo que simplemente se debería llamar reparación de las víctimas y asunción plena de nuestro peor pasado. Lo de “memoria histórica” me parece un eufemismo.

El escritor mexicano Daniel Sada tituló una novela suya “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe”. ¿Está de acuerdo? ¿Qué implicaciones y resonancias encuentra en esta frase y qué tanto refleja sociedades como la española o la mexicana, plagadas de mentiras?

Mire, yo soy un poco anticuado, me temo: yo creo que la verdad existe, y que no hay nada o casi nada tan noble como perseguirla; pero también creo que quien cree poseerla por entero es un fanático o un idiota o, más comúnmente, ambas cosas a la vez. 

¿Qué otros aspectos, además de su gran impostura, definen a Enric Marco?

Me resulta imposible resumir más de cuatrocientas páginas en una sola respuesta. Solo le diré que todos tenemos un poquito de Marco, aunque Marco lo tiene de una forma exageradísima, monstruosa, inmoral; pero todos llevamos ese monstruo dentro. Por eso es tan interesante Marco. En realidad, el impostor de mi novela El impostor no es Marco sino yo, usted y todos los que nos están leyendo. Y también los que no nos están leyendo.

¿Cuál puede ser el daño causado a las víctimas del Holocausto por la impostura de Enrico Marco?

Un daño descomunal, a las víctimas y a todos, porque Marco divulgaba profusamente una versión del Holocausto y de la historia del siglo XX falsa de arriba abajo; no porque los datos fuesen siempre falsos, sino porque era una historia edulcorada, sentimentalizada, digerible por todos, una historia falsificada: el kitsch de la historia.

¿Qué líneas temáticas o preocupaciones atraviesan su obra narrativa en conjunto; hay algo que pueda considerarse su espina dorsal?

Eso tendrá que decirlo el lector, que es el que termina de crear los libros.

Por último, ¿de qué autores se siente deudor en “El impostor”, a quiénes citaría como influencia o abrevadero?

No lo sé, aunque me parece legítimo ver en este libro una humilde lectura del Quijote, entre otras muchas razones porque Marco tiene mucho de Alonso Quijano, quien se inventó una vida ficticia para poder vivir todo lo que no había podido vivir en la vida real.