¿Naturaleza?

Lo que contemplas
¿Naturaleza?
¿Naturaleza?

Alto, fornido y con cierto aire de hombre rudo, George Shaw no es la imagen prototípica del “artista”. Tampoco él lo habría creído cuando, de adolescente, aspiraba a ser uno de los grandes y esbozaba autorretratos de pintor atormentado; ni, al visitar las salas de la National Gallery en Londres, habría imaginado que algún día sería su artista residente, posición que le obligaría a medirse con los grandes maestros de la pintura occidental.

Shaw afrontó el reto con una franca desmitificación del artista y de la Obra Célebre. Su exposición De espaldas a la naturaleza es el fruto de un diálogo cotidiano con obras de artistas como Tiziano y Poussin cuyo escenario es el bosque, traspasando apenas la frontera de la habitación humana. Escenas de violencia, sexo e intoxicación dejan sus restos elocuentes. Estos bosques son idénticos a los que Shaw conoció de niño cerca de la urbanización en que creció en Coventry, y a los que rodean los suburbios hoy día, con sus jirones de ropa, latas de refresco y cerveza, condones usados. Desde uno de ellos habla Shaw en un video integrado a la exposición. Parte de lo reconocible —el escondite para fumar el primer cigarrillo, la primera borrachera o experiencia sexual—, para hacernos ver que, si retiramos a los personajes de un cuadro como El triunfo de Pan de Poussin y dejamos solo los restos de la bacanal: ropa, jarras de vino, basura, el paisaje es el mismo.

Su exposición pone de relieve esos restos de lo humano en la frontera entre lo habitado y “lo silvestre”. Lo que hace es pintar fantasmas; la ausencia de gente, cuyos efectos siguen rondando un lugar. “La National Gallery entera”, dice, “es un cementerio poblado de fantasmas”.

También observa el significado de los árboles en la iconografía de la pintura cristiana, su implícita referencia a la cruz, desde una mirada a la vez hosca y lírica que produce imágenes de enorme belleza. Los títulos irónicos, el desenfado (hay un retrato hiperrealista del pintor de espaldas, orinando contra un árbol en un paisaje de diáfano verdor), no desvirtúan la intensidad de la mirada, que aunque Shaw insista en que vive de espaldas a la naturaleza, refleja una apreciación honda y nada sentimental de la misma. Está en sus troncos marcados por el paso del tiempo, la violencia natural de algún rayo o el vandalismo: el grafiti (un falo erguido), páginas de revistas pornográficas dispersas entre las hojas secas. Toda la luz del enigma del bosque está ahí, y sin embargo son cuadros que hablan de la presencia humana: de su fugacidad, sus juegos y caprichos.

Shaw dice que pintar el bosque no es una cuestión idílica. “Uno no se encuentra en la naturaleza. Uno se pierde en ella”. Dice que le emociona mucho más un árbol pintado que uno real: “Quizá debería pasar menos tiempo entre cuadros y más entre los árboles”.

En eso quizá tenga razón. Pero es grande el mérito de crear este puente inquietante entre ambos mundos, honrándolos por igual.