"Naia": un eslabón de 12 mil años

El descubrimiento confirma, según el INAH, que los primeros pobladores del continente americano proceden de Siberia.
Los buzos que realizaron el hallazgo exploraban un túnel lleno de agua de unos mil 200 metros de largo, a 10 metros de profundidad, y cayeron en un pozo totalmente negro.
Los buzos que realizaron el hallazgo exploraban un túnel lleno de agua de unos mil 200 metros de largo, a 10 metros de profundidad, y cayeron en un pozo totalmente negro. (Paul Nicklen/AP)

México

En una cueva inundada de Quintana Roo fueron descubiertos los restos humanos más antiguos de América, lo que los convierte en el eslabón que faltaba para confirmar que los primeros pobladores del continente americano vienen de Siberia, no de otra parte.

“Hay teorías que señalan que vienen de Asia del Sur o de Europa… alguna por ahí que de África. Los primeros pobladores en América, los paleoamericanos, vienen de Siberia, pasaron por el Estrecho
de Bering o la zona de Beringia, y en el continente se fueron adaptando”, de acuerdo con Pilar Luna, codirectora del Proyecto Arqueológico Subacuático Hoyo Negro Tulum, Quintana Roo.

En mayo de 2007, un grupo de exploradores acuáticos decidió ingresar a un cenote ubicado en Quintana Roo, bucearon por un túnel lleno de agua unos mil 200 metros de largo, a 10 metros de profundidad, y cayeron en un pozo totalmente negro: “Con sus luces detectaron algunos huesos enormes de animales y uno de ellos apuntó a un cráneo”. No imaginaban la importancia de lo que acababan de descubrir.

Conocida como Hoyo Negro, la cueva inundada se había convertido en la tumba de una mujer de entre 15 y 16 años de edad, quien luego de haber sido estudiada en México y en el extranjero, se le fechó con una antigüedad de entre 12 mil y 13 mil años, lo que la convierte en la más antigua localizada en el continente americano.

“Es el resto humano más antiguo que se conoce en América y, además, se trata del esqueleto más completo y genéticamente intacto que se ha encontrado en nuestro continente, el cual pertenece a una joven de entre 15 y 16 años de edad, que murió dentro de esa cueva, inundada después de la última glaciación, hace 10 mil años, y cuyos restos son los más antiguos localizados en el nuevo mundo”, en palabras de María Teresa Franco, directora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Fue bautizada como La joven de Hoyo Negro o Naia, en alusión a la ninfa que en la mitología griega está asociada al cuidado del agua dulce; para lograr un fechamiento preciso se realizaron análisis de ADN mitocondrial (en cuyo código genético se pueden rastrear linajes muy antiguos en el tiempo), Carbono 14 y Uranio/Torio.

Además, la edad del esqueleto se confirmó mediante análisis realizados en semillas, carbón, guano de murciélago frutero, racimos de calcita y espeleotemas: también se tomaron en cuenta elementos como la formación del sitio y la medición de los cambios en el nivel del mar, que durante la edad de hielo era por lo menos 120 metros más abajo que el actual.

Dentro de los restos que fueron hallados en México, el Hombre de Tlapacoya 1 tiene un fechamiento de 12 mil 110-11 mil 610 años de antigüedad, mientras el del Peñón 3 es de 12 mil 770-12 mil 560.

“Naia lo tiene de 12 mil 910 a 11 mil 750. Por ahora es la más antigua y la más completa, por el cráneo y la dentición, donde se han podido hacer análisis que son muy especializados”, a decir de Pilar Luna, quien presume que murió en el lugar, “posiblemente cuando fue en busca de agua, se cayó y murió”.

Paleoamericanos

La investigación despertó tal interés a nivel mundial que en la prestigiosa revista Science se publicará un artículo sobre el trabajo desarrollado con La joven de Hoyo Negro.

Durante la presentación del hallazgo, en el Museo Nacional de Antropología, Pilar Luna explicó que “los análisis confirman que es una mujer que pasó de Siberia y entró a Norteamérica, lo que comprueba que el linaje y la evolución que tienen los pobladores contemporáneos se dio dentro del continente, no vienen de ninguna otra parte. “Gracias a los resultados obtenidos, sabemos que las diferencias en la forma cráneo-facial entre los indígenas contemporáneos y sus predecesores paleoamericanos se deben a cambios evolutivos posteriores al viaje por Beringia, cuando tomaron rumbos distintos de sus ancestros siberianos”, insistió la especialista.

Condiciones del sitio

James C. Chatters, antropólogo y paleontólogo de Applied Paleoscience and Direct AMS, otro de los encargados de la investigación, se trata de restos que, por haberse encontrado en tan buenas condiciones de preservación, se logró contar con las muestras necesarias para realizar los análisis que llevaron a un fechamiento tan preciso, lo cual no había sido posible en el pasado .

“Hoyo Negro es una cápsula de tiempo que ha conservado la información sobre el clima y la vida humana, animal y vegetal que existían al final de la última era de hielo”. De esa forma se considera a los cenotes y las cuevas inundadas de la Península de Yucatán como las fuentes más prometedoras para el estudio del hombre paleoamericano,  según lo expresado por Dominique Rissolo, arqueólogo del Instituto Waitt.

Además de los restos de Naia, en Hoyo Negro se descubrieron restos de 26 mamíferos del Pleistoceno Tardío, como tigre dientes de sable, perezoso de tierra tipo Shasta, tapir gigante, cerdo de monte, oso, puma, lince, coyote, coatí y murciélago frutero, algunos con 36 mil años de antigüedad, recalcó la directora del INAH.

En la investigación han participado también Alberto Nava Blank y Roberto Chávez Arce, miembros del Proyecto Espeleológico Tulum (PET). Además del INAH, para el desarrollo del estudio se tuvo el apoyo de National Geographic Society, el Instituto Waitt, el Archaeological Institute of America y la National Science Foundation.

Relato de un explorador

Alberto Nava, Alex Álvarez y Franco Atonelli, los tres ingenieros de profesión, integraron el grupo original de expedición que en mayo de 2007 descubrió una cavidad dentro de una de las cuevas subterráneas en Quintana Roo. El relato lo hace Alberto Nava.

“Ese día empezamos la exploración en el cenote La Virgen, ubicada a ocho kilómetros desde la costa del Mar Caribe. Descendimos en un cenote con agua cristalina y seguimos un túnel lleno de agua por alrededor de un kilómetro, y después de eso entramos en un hoyo negro: desde que llegamos ahí nos dimos cuenta que el lugar era increíble: el piso se desapareció y en todas las direcciones a las que uno veía estaba negro. Por esa razón la llamamos Hoyo Negro.

“Tardamos dos meses hasta que pudimos bajar al sitio, y cuando entramos hallamos el fondo a 50 metros de profundidad; tardamos varios minutos mientras nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad y de repente empezamos a ver los huesos de animales.

“El primero que vimos fue un fémur de un metro de longitud recostado sobre una piedra; había un puma, un tigre dientes de sable, un perezoso gigante.

“Pensábamos que era el descubrimiento del siglo, y de pronto la luz se posó en un cráneo humano. Después de eso trabajamos cuatro años y decidimos que era bueno darle un nombre al esqueleto, y por esa razón decidimos llamarla Naia”.