Escribir y ser, el discurso del Nobel de Gordimer

Nadine Gordimer obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1991, sucediendo a Octavio Paz, y siendo la primera mujer en 25 años en ganarlo.
La escritora sudafricana en la cena de entrega del Nobel con el rey de Suecia.
La escritora sudafricana en la cena de entrega del Nobel con el rey de Suecia. (NobelPrize.org)

En 1991 se anunció que el Premio Nobel de Literatura sería para la escritora sudafricana, Nadine Gordimer, la primera mujer en lograrlo desde Nelly Sachs en 1966.

Gordimer se convirtió en la sucesora del escritor mexicano Octavio Paz, quien había logrado el galardón el año anterior.

El jurado dio sus razones al darle el premio, "quien, a través de su magnífica épica escritura ha sido —en palabras de Alfred Nobel— de gran beneficio para la humanidad".

unque el premio fue criticado por muchos de sus detractores en Sudáfrica al considerar que era una presea política y no literaria, Nadine siempre contestó “"la política está en mis huesos, mi sangre, mi cuerpo".

Al recibir el Nobel leyó un discurso titulado ‘Escribir y ser’ donde habla sobre el poder de la palabra y el compromiso del escritor con las causas sociales. Aquí algunos fragmentos del mismo.

Escribir y ser

En el principio fue la palabra

La palabra estaba con Dios, significaba la palabra de Dios, la palabra que era Creación. Pero durante los siglos de cultura humana la palabra ha tomado otros significados, tanto laicos como religiosos. Tener la palabra ha llegado a ser sinónimo de máxima autoridad, con el prestigio, con la asombrosa y a veces peligrosa persuasión de salir a la hora de máxima audiencia; tener un programa de charla en la televisión, tener un pico de oro además del habla de los santones. La palabra vuela por el espacio, rebota en los satélites, ahora más cerca que nunca del cielo de donde se creía que provino. Pero su transformación más importante ocurrió, para mí y para los que son como yo, hace mucho tiempo, cuando fue grabada por primera vez sobre una tablilla de piedra o trazada sobre el papiro, cuando pasó de ser oída a ser leída como una serie de signos, y luego como escritura; y luego de viaje a través de los tiempos de pergamino hasta Gutenberg. Porque ésta es la historia de la génesis del escritor. Es la historia que lo o la escribió en el ser. 

Fue, curiosamente, un proceso doble, creando a la vez tanto al escritor y la finalidad misma del escritor, como una mutación en el protagonismo de la cultura humana. Fue la ontogenia como origen y desarrollo de un ser individual, y la adaptación, en la naturaleza, de ese individuo, específicamente hacia la exploración de la ontogenia, origen y desarrollo del ser individual. Porque nosotros los escritores hemos evolucionado para esta tarea. Como el preso encarcelado junto al jaguar en el cuento de Borges, “La escritura del dios” que intentaba leer, a la luz de un rayo que caía sólo una vez al día, el significado del ser basado en las manchas de la piel de la criatura, pasamos nuestras vidas intentando interpretar a través de la palabra las lecturas que hacemos de las sociedades, del mundo del cual formamos parte. En este sentido, en esta participación inefable e inextricable, la escritura es siempre y simultáneamente una exploración del yo y del mundo; del ser colectivo y del individual. 

Estar aquí 

¿Cómo se llega a ser escritor, habiendo sido dotado de la palabra? No sé si mis propios comienzos son de algún interés. Sin duda tienen mucho en común con los de los demás, han sido descritos demasiado a menudo en el pasado como resultado de esta reunión anual delante de la que se pone el escritor. En cuanto a mí, he dicho en ocasiones que nada de lo que escribo o digo basándome en datos y hechos será tan veraz como mi ficción. La vida, las opiniones, no son la obra, porque es en la tensión existente entre apartarse y comprometerse donde radica la imaginación que transformará ambas. Permítanme darles la información mínima sobre mi persona. Soy lo que supongo que se llamaría una escritora innata. No tomé la decisión de serlo. No esperaba, al principio, ganarme la vida siendo leída. Escribía de niña por la alegría de percibir la vida a través de los sentidos -el aspecto, el olor y el tacto de las cosas-; y pronto de las emociones que me confundían o que se debatían dentro de mí adquiriendo una forma u otra, encontré alguna iluminación, consuelo y gozo, en la forma de la palabra escrita. Hay una parábola corta de Kafka que dice: “Tengo tres perros: Cógelo, Aprésalo, y Nuncamás. Cógelo y Aprésalo son Schipperkes normales y pequeños y nadie se apercibiría de ellos si estuvieran solos. Pero también está Nuncamás. Nuncamás es un gran danés cruzado y tiene un aspecto que incluso siglos de la crianza más cuidadosa no hubieran podido producir. Nuncamás es gitano.” En el pequeño pueblo sudafricano con minas de oro donde crecí, yo era Nuncamás, el perro cruzado (aunque dudosamente pudiera ser descrita como un gran danés...) en el que de las características aceptadas por la gente del pueblo no podría encontrarse ni rastro. Yo era el Gitano, jugando con las palabras de segunda mano, dejando que mis esfuerzos en la escritura recibieran la influencia de lo que leía. Porque mi escuela era la biblioteca del barrio. Proust, Chéjov y Dostoievski, por nombrar sólo unos pocos de aquellos a quienes debo mi existencia como escritora, eran mis profesores. Durante ese período de mi vida, sí, yo era la prueba de la teoría de que los libros son hechos de otros libros... Pero no podía quedarme así por mucho tiempo, ni creo que lo pueda hacer ningún escritor potencial. 

Con la adolescencia llega el primer impulso de aspirar a conectar con lo otro a través del deseo sexual. Para la mayoría de los niños, desde ese momento la facultad de la imaginación, manifiesta en el juego, se pierde en el enfoque sobre los sueños despiertos del deseo y del amor, pero para aquellos que están destinados a ser artistas de uno u otro tipo la primera crisis vital después de la del nacimiento añade alguna cosa más: la imaginación gana en amplitud y se extiende con el tensar subjetivo de emociones nuevas y turbulentas. Existen nuevas percepciones. El escritor empieza a ser capaz de entrar en la vida de los demás. El proceso de marginarse y de comprometerse ha comenzado. 

Inconscientemente, yo había estado hablándome a mí misma sobre el tema del ser, tanto si, como en mis primeros cuentos, hubo la contemplación infantil de la muerte y el asesinato en la necesidad de acabar, con un golpe mortífero, con la vida de una paloma recién mutilada por un gato, como en la consternación perpleja y en la conciencia precoz del racismo que surgían de mi asistencia a la escuela, cuando de camino pasaba por delante de los tenderos, ellos mismos inmigrantes de Europa oriental que rozaban los rangos más inferiores de la escala social anglocolonial de blancos en nuestro pueblo minero, abusando brutalmente de los que la sociedad colonial clasificaba como los últimos de todos, descartados como algo menos que humano: los mineros negros que eran clientes de esas tiendas. Sólo muchos años más tarde pude darme cuenta de que si hubiera sido una niña nacida en aquella categoría -la negra- probablemente no habría podido ser escritora en absoluto, ya que la biblioteca que me lo hacía todo posible no permitía la entrada a ningún niño negro. Y mi educación formal en el colegio fue, a lo más, superficial. 

Dirigirse a otro da comienzo a la siguiente fase del desarrollo del escritor. Publicar: publicar para cualquier persona dispuesta a leer lo que había escrito. Ésa era mi idea inocente y natural de lo que significaba publicar, y no ha cambiado, todavía hoy eso es lo que significa para mí, a pesar de ser consciente de que la mayoría de las personas se niega a creer que un escritor no tiene un público en particular en mente; y de ser consciente de otras cosas: de las tentaciones, conscientes e inconscientes, que seducen al escritor para que tenga en cuenta a los que se sentirán ofendidos, a los que aprobarán lo que sale impreso en la página; una tentación, como la mirada errante de Eurídice, llevará al escritor de vuelta a las Sombras de un talento echado a perder. 

La alternativa no es la maldición de la torre de marfil, otro destructor de la creatividad. Borges dijo una vez que escribía para sus amigos y para pasar el tiempo. Creo que fue una respuesta irritada y poco seria a la pregunta crasa -a menudo una acusación-: “¿Para quién escribe?”, igual que la amonestación de Sartre de que hay momentos en los que un escritor debería dejar de escribir y actuar sobre la existencia únicamente de otra forma, que se dio en medio de la frustración de un conflicto no resuelto entre el dolor ante la injusticia en el mundo y la conciencia de que lo que él sabía hacer mejor era escribir. Ambos, Borges y Sartre, desde sus perspectivas totalmente contrapuestas de negar a la literatura una finalidad social, indudablemente eran completamente conscientes de que la literatura tiene su papel social implícito e inalterable para explorar el estado del ser, del que se derivan todos los demás papeles, el personal entre los amigos, el público durante las manifestaciones de protesta. Borges no escribía para sus amigos, porque publicaba y todos hemos recibido el regalo de su obra. Sartre no dejó de escribir, aunque se apostó tras las barricadas en 1968. 

La pregunta acerca de para quién escribimos, sin embargo, atormenta al escritor, una lata atada a la cola de toda obra publicada. Principalmente hace sonar de manera discordante la inferencia de tendenciosidad como elogio o menosprecio. En este contexto, Camus fue quien mejor trató la cuestión. Dijo que le gustaban más los individuos que toman partido que las literaturas que toman partido. “O bien uno sirve al hombre entero o no le sirve en absoluto. Y si un hombre necesita pan y justicia, y si lo que hay que hacer debe hacerse para servir esta necesidad, también necesita la belleza pura, lo que constituye el pan de su corazón.” Así que Camus reivindicaba “coraje en la vida de uno y talento en la obra de uno”. Y García Márquez redefinió la ficción de esta forma: “La mejor manera en que un escritor puede servir a una revolución es escribir lo mejor que pueda“. 

Creo que estas dos frases pueden constituir el credo para todos los que escribimos. No resuelven los conflictos que han llegado, y que seguirán llegando, hasta los escritores contemporáneos. Pero manifiestan claramente una posibilidad sincera de hacerlo, y vuelven la cara del escritor directamente hacia su existencia, su razón de ser como escritor, y su razón de ser como ser humano responsable, actuando, como cualquier otro, dentro de un contexto social. 

Ser aquí; en un momento y lugar en particular. Ésa constituye la posición existencial que acarrea consecuencias particulares para la literatura. Czeslaw Milosz escribió una vez: “¿Qué es la poesía que no sirve a las naciones o a la gente?", y Brecht escribió de una época cuando “hablar de los árboles es casi un crimen”. Muchos de nosotros hemos tenido pensamientos tan desesperanzados mientras vivíamos y escribíamos durante tiempos así, en lugares así, y la solución de Sartre no tiene sentido en un mundo donde los escritores estaban -y están- censurados y tienen prohibido escribir; donde, lejos de abandonar la palabra, se arriesgaban y se arriesgan vidas sacándola, sobre fragmentos de papel, fuera de las prisiones. El estado de ser cuya ontogenia exploramos ha llegado a incluir de manera totalizadora tales experiencias. Nuestros enfoques, en las palabras de Kazantzakis, tienen que “tomar la decisión que armonice con el ritmo espantoso de nuestro tiempo”.