REPORTAJE | POR HÉCTOR IVÁN GONZÁLEZ

Música expresiva de Fernando Del Paso

Laberinto

En días pasados, el escritor de Palinuro de México fue reconocido con el Premio Internacional Alfonso Reyes, con este motivo presentamos un recuento de su obra literaria

Laberinto
Fernando del Paso (Cortesía)

Ciudad de México

Recuerdo con mucha claridad cuál fue el primer texto de Fernando Del Paso que conocí, lo encontré en el número uno de la revista, ahora desaparecida, Paréntesis, se trataba de un ensayo intitulado “‘Vive la France!’ O de los usos y abusos del paréntesis”. No dejaba de sentir asombro mientras leía esa clase magistral, esa degustación de las palabras y esa forma de hacer que el lenguaje hablara por sí mismo. Del Paso explicaba, a partir de un texto que iba alterando, la forma en que el paréntesis podría ser centrífugo, centrípeto, rectilíneo y, en el peor de los casos, oncológico. En aquellos años mi pasión por la prosa nacía gracias a los cuentos de Borges y de Flaubert, sí, paradójicamente no eran sus novelas, fue un cuento como “Herodías” el que me hiciera notar que, cuando se escribe, hay un tono y una elección precisa de las palabras. A partir de ese momento incluí a Del Paso entre mis prosistas predilectos por esas seis breves páginas.

Posteriormente, sentí un profundo entusiasmo por Noticias del Imperio, una obra imposible de catalogar, con tantos registros, de tantas aproximaciones a la historia o a la dramatización, y de una potencia lírica como muy pocas; un crisol cuya profundidad histórica, infatigable documentación y estilo literario impuso un hito en la literatura mexicana. Al momento de leerla, venían a mi mente los pasajes más intensos de las mejores novelas del siglo XIX, Rojo y Negro de Stendhal, El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas, Nôtre–Dame de Paris de Hugo o Salambô de Flaubert. Me hacía pensar en esas obras porque éstas me parecen las más logradas de sus autores respectivos, y venían a mi mente porque en Noticias del Imperio uno percibe la misma fuerza vivificadora que se experimenta cuando se entra a una obra maestra, una gran catedral que hay que recorrer a pie a través de pasillos infinitos, naves interminables, que lo dotan a uno de un agrandamiento de la psique. Varias veces me he sorprendido citando esta obra como un fiel juraría sobre la Biblia, y otras tantas releyendo sus páginas para hallar la eufonía de la prosa, un aliento poético vivaz.

Fue algo muy parecido cuando me acerqué a José Trigo, Palinuro de México y Linda 67. Historia de un crimen, o cuando leí Bajo la sombra de la historia o sus poemarios Sonetos del amor y de lo diario o Poemar. Ahí está al autor que malea el lenguaje, que sacude o bruñe las palabras para erigir una torre de naipes y formar una muralla de metáforas.

Porque lo que es y siempre ha sido Del Paso es un poeta, como lo fue Virgilio y como lo fue Dante. De esto uno se puede percatar al hacer la prueba más rigurosa, aquélla que usaba Flaubert para cerciorarse de que las líneas recién escritas tendrían la vigencia de un corazón que palpita en el momento en que se acomete la lectura. Me refiero a la prueba del gueulard (o del vocinglero, en español), leer el texto en voz alta; buscar, ya no la grafía ni la mancha tipográfica, sino la reacción del oído a la caricia de las modulaciones, la resonancia en el espíritu, por esto las novelas delpasianas me hacen pensar en sinfonías totales como las de Bruckner, porque cuando escucho el adagio de la 7ª Sinfonía pienso en Carlota y en la tristeza lánguida que reclama que le hagan caso y la ayuden para que no la envenenen, o que recrimina a Maximiliano y lo amenaza con clavarle espinas de maguey en el glande. Lo equiparo con algunas sinfonías de Shostakovich cuando Del Paso nos deja ver la victoria de la batalla en Puebla o nos hace testigos del peregrinaje de Juárez por todo el país llevando a cuestas su dignidad y honra innegables. También recuerdo la 5ª Sinfonía de Gustav Mahler, en su segundo movimiento, cuando José Sedano es víctima de la angustia al saber que lo alejarán de la Quinta Borda para que, dizque aprenda a plantar otro tipo de flores que le gustaban al Emperador, pero que en el fondo solo será un pretexto para que su esposa se bañe desnuda con aquel que llegó como dueño de México para desbaratarle vida. Podría dar más ejemplos de a qué suena la prosa de Del Paso, solo necesitaría citar la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák para recordar el primer pasaje de Palinuro de México, del mismo modo que veo su propuesta vanguardista a lo Györgi Ligeti en el resto de esta obra. Y si evocamos la historia de José Trigo podría decir que me viene a la mente algo más enigmático, como un ballet macabro a lo El sacrificio de la Primavera de Stravinsky. Todo esto sucede porque la escritura de Del Paso se vuelve música expresiva, imágenes que escalan en el aire, centellas que escriben en el humo del cuarto la historia de México, esa historia que huele a pólvora.

He mencionado la fuerza vivificante, que es uno de los aspectos propios de Del Paso, pero también está el azoro que, para el novelista en ciernes, provoca el estilo, las páginas, los capítulos y las novelas de nuestro autor. Un azoro equiparable al que brota cuando se piensa en Proust, en Faulkner o en Tolstoi. La perplejidad parecida al vértigo que surge cuando esas imaginaciones, esas fortalezas creativas, nos van llevando paulatinamente a un grado mayor de inquietud al ir percibiendo la fuerza de sus naturalezas. Esa sensación que hace sentir pequeñito a cualquiera que sepa el esfuerzo que se requiere para escribir una novela. Tan pequeñito que se sublima el acto de la escritura a grados vertiginosos, pero que es la legítima respuesta de una imaginación que ha sido puesta a prueba.

La voz narrativa de las novelas delpasianas apela a una ética que nunca cae en el dictado de la facilidad. Cuando describe las torturas de Bazaine, la corrupción de los mexicanos que trajeron a Maximiliano, la frivolidad de aquella corte invasora, su absurdo gusto por el boato, las miserias de Márquez o de Miramón, o la incongruencia de los países que apoyaron la Intervención, el lector es persuadido de que, de haberse dado la victoria extranjera, México se hubiera quedado en ruinas. Admiro la entereza de Del Paso al no caer en las posturas más conservadoras de muchos autores coetáneos suyos; valoro su rechazo a perder su mexicanidad y su capacidad para nunca confundir cosmopolitismo con malinchismo. No se necesita abundar mucho para subrayar que Del Paso sabe, igual que Juan Rulfo o que Daniel Sada sabían, que el arte se alcanza de forma centrípeta, de cara a la comunidad universal pero creando el idioma propio.

Su narrativa le habla de tú a todas las culturas porque sabe que es el trabajo y el esfuerzo los que otorgan el pasaporte para la grandeza de las tradiciones, sin necesidad de sentirse un entenado o alguien que deja en empeño su prestigio artístico para que le aplauda un auditorio ajeno. Quizá por eso, y por otros muchos motivos, Fernando Del Paso siempre ha sido un autor alejado de todas las escuelas literarias, inclasificable en el contexto mexicano, un maestro de maestros, un hombre de letras en el más alto de los grados posibles.