Museo de las relaciones rotas, huella del adiós

Surgida como una ocurrencia en Croacia, la idea de una exhibición de objetos que evoquen el desamor fue un éxito en Europa.

Ámsterdam

El "siempre" no es nada, el "nunca" no existe. Un día de 2003, Olinka y Drazen decidieron que ya no querían estar juntos. Su relación de cuatro años había llegado a su final y sabían que, como los personajes de La Despedida de Remedios Varo, sus vidas tenían que tomar caminos distintos.

Muy poco, o nada, les costó dividir los discos compactos, las películas, la televisión, el tostador, la cafetera y otros objetos que formaban parte de lo que hasta ese momento había sido su hogar. Sin embargo, entre las pertenencias de la pareja croata apareció la figura afelpada y discordante de un muñeco de peluche que había acompañado a cualquiera de los dos durante sus viajes cuando el otro se quedaba en casa.

La productora Olinka Vistica y el pintor Drazen Grubisic se encontraron entonces ante una disyuntiva: quien se quedara con el tierno objeto de la discordia tendría que soportar el sentimiento —bueno o malo— que le causara cada vez que se lo encontrara en el ático o en su baúl de los recuerdos.

No obstante, por esos días, Grubisic se enteró de una convocatoria para apoyar proyectos de arte en Zagreb, la capital de Croacia, y pensaron que su tierno peluche viajero podría ser la primera pieza de una colección de objetos de relaciones fallidas. La primer convocatoria que Olinka y Drazen lanzaron fue entre sus amigos y tuvo mucho éxito, así comenzaron a darle forma al museo del desamor.

Para 2006 ambos artistas, que irónicamente quedaron unidos por el proyecto, lograron acumular suficientes piezas para crear una exposición itinerante la cual llamaron el Museum Of Broken Relationships (Museo de las Relaciones Rotas), la cual hasta ahora ha recorrido 27 ciudades de 17 países, y que por estos días es exhibida en esta ciudad de Ámsterdam, Holanda.

En la popular avenida Damrak, una de las vías de entrada a esta urbe de hermosos canales y famosa por su estilo de vida liberal, un joven deja caer discretamente al piso una bolsita de plástico. Aquí no es raro encontrar a la orilla de las calles los empaques vacíos de drogas con metanfetaminas o hachís que venden los traficantes minoritarios.

Aquel joven quizá desconozca que a unos metros de ahí —dentro de una antigua iglesia convertida en galería llamada Oude Kerk— se exponen tres bolsitas similares a las que dejó caer que contienen una pequeña pastilla blanca. Ese objeto, perteneciente a la colección de casi dos mil piezas que hasta hoy componen la colección del Museum Of Broken Relationships, cuenta una sorprendente historia de desamor entre una pareja de traficantes de drogas locales: "Antes de que pusiéramos a la venta un nuevo lote de pastillas de éxtasis mi novio y yo siempre las probamos. Nos asegurábamos de la calidad del producto que vendíamos y que consumíamos", escribió una anónima chica al donar el objeto.

Lo que comenzó como una forma de pagar por las drogas que la pareja consumía pronto se convirtió en un negocio lucrativo. No obstante, el precio del éxtasis cayó por lo que decidieron vender cocaína de alta calidad.

"Compramos 100 gramos, una báscula y dividimos meticulosamente el polvo blanco en cien bolsitas de plástico —se puede leer en la reseña que acompaña las pastillas—. De inmediato fue un éxito. Sin embargo, nuestro tipo de clientes cambió. De los fiesteros que buscaban un par de pastillas para el fin de semana pasamos a los adictos que tocaban a nuestra puerta a todas horas rogando por una dosis".

Pero para aquella chica algo más cambió por entonces: "El chico dulce que conocí y del cual me enamoré se había transformado lentamente en alguien que miraba el mundo con desconfianza y que no siempre podía controlar sus tendencias agresivas".

Casi al finalizar sus estudios la chica asegura que terminó aquella relación de seis años de altibajos y su vida giró radicalmente: "Ahora estoy trabajando para la policía. Hasta ahora había guardado esta bolsita de plástico que contiene unas pastillas de éxtasis que no tenían la suficiente calidad para su venta como un recuerdo de mis tiempos como dealer" y, evidentemente, de aquel viejo amor.

Junto a las pastillas, sobre unas columnas de madera, se encuentran otros objetos que sin las historias que los acompañan podrían parecer material para una tienda de segunda mano. Entre ellos se hallan un muñeco vudú, un par de tenis Converse, una caja con cientos de mensajes que dicen "te amo" escritos en tiras de papel de china rojo, un envase de vidrio con pollitos en formol, un contenedor de lágrimas, un juguete sexual y muchos otros.

Por su historia hilarante, desde que llegó, una virgen de plástico de las que portan agua bendita llamó la atención de Ester Serrano, jefa de comunicación del Oude Kerk. Frente a ella, Serrano cuenta que un chico peruano que recorría Europa conoció a una holandesa aquí en Ámsterdam. Vivieron juntos por dos meses, pero un día él se fue sin decir adiós. En su lugar, el chico dejó la virgencita junto a un mensaje de despedida que decía: "He traído esta figurita de Perú con la esperanza de encontrar el verdadero amor". "Lo que no sabía —asegura Ester— es que unos días antes la chica había abierto su maleta y había encontrado una bolsa de plástico repleta de virgencitas".

Al fondo de la galería, la cual está ubicada justo en el corazón de la zona roja de Ámsterdam, famosa por las prostitutas que ofrecen sus servicios en aparadores, una zapatilla negra descansa inerte.

Este objeto, como todos aquí, no tendría nada de especial de no ser por la increíble historia de amor que cuenta: "Era 1959 y yo tenía 10 años. 'T' tenía 11 y estábamos completamente enamorados (...) Pasamos momentos increíbles hasta que cumplí 15 años y él se mudó a Alemania. Hubo muchas lágrimas y promesas de que nos escribiríamos cada semana, que no nos casaríamos con nadie más", se lee. No obstante, la vida llevaría a esa mujer a ser parte de la industria sexual neerlandesa.

"En 1998 dejé el sexo servicio y quería escribir un libro sobre S&M (sadomasoquismo), para ello quería trabajar con una dominatriz —se puede leer—. Justo el segundo día, aquella mujer con la que trabajaba me permitió dominar a un cliente. Primero lo hice que me lamiera los tacones. Pero, como no parecía suficientemente sumiso al llamarme 'señora' y no 'mi gran señora' lo golpeé intensamente. Sin embargo, en ese momento lo reconocí. '¡¿T, eres tú?!', le pregunté".

Sorprendidísimo, "T" también la reconoció y le contó que cuando era niño su papá solía golpearlo repetidamente y que esa podría ser esa la razón de su gusto por el sadomasoquismo. Por varias horas charlaron sobre su vida y sus promesas incumplidas. "T" se encontraba en su segundo matrimonio y ella al final de su vida en la industria sexual. Al final de su encuentro, pensaron que era mejor no volver a verse. Antes de partir, "T" le pidió un favor, si podía quedarse con una de sus zapatillas negras como recuerdo, ella accedió: "En ese momento supe que la otra no me pertenecía más así que decidí donarla".

"Por supuesto que a cada lugar al que hemos llevado el museo buscamos historias que nos hablen de cómo aman las personas que lo habitan", cuenta Drazen Grubisic vía telefónica desde Zagreb. "Pero lo que queremos mostrar es que a pesar de nuestras diferencias la manera en que aman las personas es igual en todo el mundo", asegura.

Seguramente, así podrá verse a partir del próximo 12 de marzo en la Ciudad de México cuando la muestra del Museum Of Broken Relationships, el cual ya existe permanentemente en la capital croata, sea inaugurada en el Museo del Objeto (MODO).

De acuerdo con Paulina Newman, directora del MODO, el 8 de enero se lanzó la convocatoria en México para donar objetos de desamor y ese mismo día se rompieron todos los récords de recepción de historias. "En sólo 18 horas recibimos 200 objetos. Hasta ahora llevamos más de mil piezas y la convocatoria se cierra el próximo 16 de febrero".

Una de las piezas, que, aclara no va a estar necesariamente incluida en la muestra porque falta la selección final de los artistas croatas, es un vestido de novia del cual solo queda la mitad. "Una mujer decidió quemarlo tras la ruptura de su matrimonio, pero al ver el tamaño de las flamas prefirió apagarlo y así lo donó".