Mundaneum, el comienzo de la era de la información

Los belgas Paul Otlet y Henri La Fontaine imaginaron recopilar y clasificar el saber mundial en un solo lugar, la Ciudad Global; así crearon el primer instituto bibliográfico en 1895.

Mons, Bélgica

Qué loca ambición puede ser intentar acumular el saber mundial en un solo lugar. Qué esfuerzo sobrehumano es necesario para que todo lo conocido sobre artes y ciencias esté disponible para que cualquier persona pueda consultarlo desde cualquier lugar y a cualquier hora. Qué utopía la de recopilar y organizar todo el conocimiento humano en un espacio creado ex profeso para ello.

El ambicioso e inacabable sueño parece imposible, lo fue; aún así, hace 120 años dos belgas creyeron que era posible reunir y ordenar todo lo que hasta entonces había sido publicado en papel, desde la creación de la imprenta de Gutenberg, para que cualquier persona pudiera consultarlo. Aquellos dos entusiastas del saber arrancaron lo que se conoce como la ciencia de la bibliografía y de la documentación, y sin querer dieron inicio a la era de la información.

Camino en la penumbra, entre el laberinto que forman los viejísimos armarios de madera de castaño del Mundaneum, un espacio instalado hace 16 años en este lugar, un edificio de cuatro plantas que originalmente fue una tienda departamental de la otrora pujante ciudad minera de Mons, al este de Bélgica, pero que fue ideado para ser el equivalente de los grandes servidores electrónicos que hoy guardan cientos de Terabytes de información para subir cada día a internet.

Los estantes de casi dos metros de altura están compuestos por 15 mil cajones que en su interior contienen apenas una parte de los 18 millones de fichas bibliográficas que Paul Otlet (1868-1944) y Henri La Fontaine (1854-1943) redactaron y organizaron durante 40 años con la ayuda de cientos de personas alrededor del mundo, incluidos mexicanos. Juntos, llevaron a cabo una empresa casi imposible, la cual se convirtió en el primer motor de búsqueda, muchas décadas antes del nacimiento de que apareciera Google.

Ahora, al frente de cada fichero no hay clasificación ni ninguna otra guía que indique a qué área del saber universal pertenecen cada uno de ellos. En este lugar, lo que queda es la memoria de un proyecto único en su tipo que desafortunadamente se detuvo, pero que por su contribución al saber humano y tras muchas décadas de permanecer en el olvido logró trascender.

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Hace 120 años, Bélgica estaba sumida en una etapa de transformaciones importantes. El país era un sitio próspero gracias a la actividad industrial que tenía. Sin embargo, las condiciones laborales de los trabajadores de las minas y de las fábricas de textiles llegaban a ser de explotación; además, la gente no tenía derecho a participar en la política mientras la educación estaba prácticamente reservada para las familias más acomodadas. Esta situación generó un amplio análisis de parte de los grupos intelectuales interesados en las ciencias sociales.

En este contexto, Paul Otlet, un joven abogado bruselense alumno de las universidades de Lovaina, París y Bruselas e interesado en los libros y en el conocimiento en general, coincidió con Henri La Fontaine, también abogado y político, para llevar a cabo en Bruselas la primera Conferencia Internacional de Bibliografía en 1895. Como resultado de aquellos trabajos, en el otoño de ese mismo año y con el apoyo del gobierno belga, fundaron el Instituto Internacional de Bibliografía (IIB), un espacio que tendría su sede en la misma ciudad y sería también conocido como la Oficina Internacional de Bibliografía (OIB).

Esta institución sería la encargada de reunir un gran catálogo, una extensísima base de datos sobre cualquier publicación en cualquier soporte documental utilizado por entonces (libros, folletos, maquetas, mapas, fotografías, entre otros), que se hubiera publicado hasta ese momento mediante una red de colaboradores ubicados en todo el mundo.

Para lograr el ambicioso proyecto, Otlet y La Fontaine desarrollaron un sistema para capturar la información documental en fichas bibliográficas que llamaron la Clasificación Decimal Universal (CDU). Este método organiza todas las ramas del saber humano y lo clasifica sistemáticamente a través de números en una estructura coherente, en la cual los diferentes campos del conocimiento están relacionados e interconectados a partir de una clasificación primaria. Algo como lo que ahora se denomina en el ámbito de la informática el "hipertexto".

En los pasillos del edificio que hoy guarda la vieja colección de fichas de papel, Delphine Jenart, directora adjunta del Mundaneum, me explica que la CDU fue creada bajo una estructura de 10 casillas, del uno al cero. "Cada uno de los números representa un área del conocimiento —dice mientras me muestra una viejísima gráfica circular hecha a mano que cuelga de una de las paredes. El uno, por ejemplo, es la filosofía; el dos, la religión; el tres, la sociología; y así... Cada uno de esos números, por su parte, se subdividen en otros 10 y esos, a su vez, pueden ser divididos tantas veces como sea necesario para organizar la información".

Según Jenart, al utilizar números para indexar los documentos y no letras, Otlet y La Fontaine, quien recibió el Nobel de la Paz en 1913 por sus esfuerzos en fomentar las buenas relaciones entre Francia y Alemania, ayudaron a que, sin importar el idioma que hablara, cualquier persona pudiera hallar lo que estuviera buscando por más específica que fuera el área del saber.

Por ejemplo, todos los trabajos concernientes a la electricidad están numerados con el número 537. El primer dígito, 5, indica que el tema está relacionado con la quinta clase del conocimiento, que son las Matemáticas y las Ciencias Naturales. El segundo decimal determina la división de la ciencia, en la CDU, todos los trabajos de Física se clasifican con el número 3. Pero la Física tiene también subdivisiones, en la cual la electricidad es la séptima.

La primera edición del CDU fue publicada en 1905 y revolucionó la ciencia de la bibliografía y la documentación, es decir la forma en cómo se organizan los materiales en las bibliotecas y en colecciones para su consulta más avanzada y precisa. Tablas de generalidades aplicadas, atributos específicos de las diferentes áreas y un sistema de símbolos fueron añadidos al método que hoy se continúa utilizando alrededor del mundo.

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En 1900 Paul Otlet y Henri La Fontaine presentaron el CDU en la Exposición Universal de París, aquella magna celebración de la cultura y la ciencia que mostró a orillas del Río Sena inventos tan importantes como la propia luz eléctrica. En ese evento, el sistema de los belgas fue merecedor de una medalla de oro por su contribución a la cultura universal.

Diez años más tarde, en el mismo evento pero en su edición llevada a cabo en Bruselas y ya con casi un cuarto de millón de fichas bibliográficas redactadas gracias a la red de colaboración —mucho antes de la llamada idea de colaboración en línea conocida como crowdsourcing—, ambos intelectuales lograron que su idea trascendiera y fuera instalado el llamado Museo Internacional, en el Edificio del Cincuentenario, un hermoso palacio que forma parte del complejo que el rey Leopoldo II inauguró en 1880 como parte del quincuagésimo aniversario de la independencia de Bélgica.

El lugar que alojó a la Oficina Internacional de Bibliografía fue bautizado como el Palais Mondial (Palacio Mundial) o Mundaneum. Según cuenta Delphine Jenart, con este espacio Otlet quiso borrar la idea de que el saber era un bien reservado para una élite y crear un sitio en el que el público en general pudiera acceder y aprender sin restricción alguna. Gracias al apoyo que recibieron del gobierno belga, el museo fue inaugurado con una amplia colección de objetos e ilustraciones dedicadas a la historia universal, la geografía, la ciencia y la tecnología repartidos en 150 salones.

"El Centro Internacional organiza colecciones de importancia universal —publicó un panfleto inglés en 1914—. Estas colecciones son el Museo Internacional, la Biblioteca Internacional, el Catálogo Bibliográfico Internacional y los Archivos Documentales Universales. Estas colecciones fueron concebidas como parte de un cuerpo único de documentación, como una enciclopedia del saber humano, como un enorme almacén de libros, documentos, catálogos y objetos científicos".

Pero el proyecto que Otlet y a La Fontaine imaginaron iba más allá de un museo y de ser sede de otras instituciones relacionadas. Su idea cumbre era levantar una urbe completa a la que llamarían la "Ciudad Global", en la que el intercambio y el entendimiento entre diferentes culturas pudiera darse. "La intención de Paul Otlet era poner ladrillos alrededor de ideas", explica Jenart justo al acercarnos a uno de los borradores que muestra del trazado de la ciudad y que forma parte de la colección.

Ese bosquejo, en el que se encuentra un edificio al centro como una torre de Babel en forma de pirámide —según me cuenta inspirada entre otras cosas en la cultura maya—, fue uno de los diseños que afamados arquitectos como Le Corbusier y Karel Teige, presentaron a Otlet para construir la Ciudad Global en Ginebra, Suiza, en 1929. Desafortunadamente, el clima político y social entre la primera y la segunda guerras mundiales en Europa detuvo el proyecto e hizo que el Mundaneum se quedara sin apoyo incluso del gobierno belga.

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Durante 40 años, al edificio del Cincuentenario que alojó a la Oficina Internacional de Bibliografía no pararon de llegar solicitudes de información provenientes de todo el mundo a través de correo postal y telegrama; según Delphine Jenart, hasta mil 500 al año. Un equipo de no más de 35 personas recibía y atendía las peticiones de prácticamente cualquier tema a cambio de una módica cantidad.

En el sótano, que contiene parte de los 12 millones de fichas y objetos que calculan guarda la colección, Jenart consulta sobre la participación de México en el Mundaneum a una de las investigadoras del centro, encargada de la clasificación de la colección, trabajo que me comenta aún está en proceso luego de que los materiales se encontraran en muy mal estado en un almacén subterráneo del Metro de Bruselas, antes de ser traídos a Mons en 1998.

La investigadora asegura que existen registros de la participación de un grupo de entusiastas mexicanos en la labor de Otlet y La Fontaine, pero que es muy difícil, bajo las condiciones de la colección, determinar con exactitud quiénes fueron.

En 1934, sumido en una crisis al ver que no había podido hacerse de la sede de la Liga de las Naciones, el gobierno belga decidió retirarle el apoyo al Mundaneum, lo que marcó su declive. Seis años más tarde, en 1940, cuando los nazis entraron a Bruselas, algunos de los 150 salones del Palais Mondial fueron desalojados. En lugar de los enormes armarios de madera de castaño que ambicionaban contener el saber mundial, fueron colocadas piezas de arte clásico pertenecientes a una exposición del Tercer Reich.

Cuatro años más tarde, frustrado, arruinado y olvidado, Paul Otlet murió sin dejar un solo día de redactar fichas bibliográficas. Al mirar el globo terráqueo que es el corazón del Mundaneum vuelvo a pensar en su loca ambición, en el esfuerzo sobrehumano que hizo al embarcarse en una empresa tan utópica como era acumular el conocimiento universal. Antes de dejar el edificio, Delphine Jenart me lee unas líneas de "Tratado de documentación" (1934), de Otlet, unas que serían sorprendentemente proféticas para nuestra era de la información en internet:

"Sobre la mesa de trabajo no hay libros. En su lugar se levanta una pantalla y, bien a mano, un teléfono. A lo lejos, en un edificio inmenso se encuentran todos los libros y todas las informaciones. Desde allí se hace reaparecer sobre la pantalla la página que se debe leer para tener la respuesta a la pregunta planteada por teléfono".