¡Muerte al Fondo!

Los adherentes a codificar la realidad en pesos y centavos no alcanzan a entender que un libro no es simplemente un producto más, sujeto a las leyes de la rentabilidad y el beneficio
Padece embates fundamentalistas.
Padece embates fundamentalistas. (Nelly Salas)

México

En su libro Pobres magnates, Thomas Frank expone con lucidez la táctica demagógica de la ultraderecha estadunidense, consistente en buscar imponer su fundamentalismo de libre mercado, invocando precisamente a los principales perjudicados con su programa, los estratos más pobres de la sociedad. Entonces, en el nombre de los desfavorecidos se ataca al Estado y a las estructuras que funcionan como paliativos, siempre en búsqueda de la utopía de libre mercado, donde las corporaciones reinan sin restricción alguna.

En México, desde hace años existe también entre la comentocracia un sector que considera que los males endémicos del país se han de resolver simplemente gracias al mercado. Con motivo del 80 aniversario del Fondo de Cultura Económica (FCE) se han producido embates que cuestionan su existencia, pues al parecer hay un vínculo directo entre cualquier rasgo criticable que pueda tener una institución y su desaparición como solución inmediata. Las proclamas de “¡Muerte al Fondo!” más histéricas consideran un dispendio su presupuesto, pues en realidad los libros del FCE solo benefician a una pequeña élite ilustrada, y además ya tenemos al mercado y a internet para publicar todos los libros que hacen falta. El argumento alcanza niveles escalofriantes de ignorancia cuando leemos que se contraponen como opción a los libros del FCE las plataformas de autopublicación existentes en la red. Claro, ¿para qué queremos ediciones impecables, baratas y accesibles de grandísimos autores cuando en realidad podemos descargar gratis y al instante miles de libros que le interesan a muy poca gente además de a quien los escribió?

Los adherentes a codificar la realidad en pesos y centavos no alcanzan a entender que un libro no es simplemente un producto más, sujeto a las leyes de la rentabilidad y el beneficio, y de ahí que principalmente en los países con industrias editoriales robustas, el Estado siempre invierta en subsidiarlos, precisamente para evitar que el mercado arrase con la diversidad cultural. Los libros del FCE llegan a millones de lectores, muchos de ellos provenientes de estratos desfavorecidos, que incluso encuentran en los libros y la educación pública gratuita un vehículo para intentar sobreponerse a su brutal realidad. Entre criticar con razón que se utilice al FCE con fines políticos y proponer su desaparición media una brecha tan grande como el tamaño del fanatismo de quienes anhelan lo segundo.