Mucha suerte, vodka "tónic"

“Para una persona por respeto a otros inquilinos, honesta, trabajadora, limpia y cumplida con la renta. Céntrico”. No estoy segura de ser honesta, ese cuarto no es para mí, pienso en todas las ...
Mucha suerte, vodka tónic.
Mucha suerte, vodka tónic. (Jesús Martínez)

México

No me gustan las personas. Todos aquellos con los que sentí una especie de conexión están muertos. Agua quina, hielo, vaso alto, vodka espeso de tan frío, le cuesta salir del envase. Esas botellas de vodka vacías son la forma en que la muerte grita “¡nunca es suficiente!”. Destapo otra botella en honor al pasado, ese que no regresó nunca, destaparla me hará destapar diez o más. Suelo comprar el vodka por caja, una botella para cada mes del año, la caja se acaba en menos de un mes. Quisiera que el vodka helado dejara de joder mi garganta, estoy afónica desde hace días. Veo personas que sufren por ganar unas cuantas monedas o billetes, se arrojan como buitres sobre el lodazal de su ambición, quieren dinero, desean todo lo que nunca podrán tener. Me conformo con todas esas botellas vacías que tengo en la cocina, una gran compañía.

¿Qué es lo mejor que has tenido en la vida? ¿La felicidad? ¿La seguridad? Pobre de ti, creo que nunca has estado vivo. La máquina de escribir es un cementerio. Desolada, muerta, metálica, pesada, muda. Los gatos, son tres, no me suicidio por ellos. El amor saca lo peor de nosotros: creer en la esperanza, desear vivir, intentar ser buenos, convertirnos en carne de buena calidad. “Las personas que se drogan no son felices, nunca serán felices, los drogadictos son basura en el mundo, a nadie importan, ¡muérete!” es ella, gritando mientras baja las escaleras, le reclama una vez más, estoy acostumbrada a las peleas en la madrugada de mis vecinos. Abro el periódico. Gastarse el erario en drogas, vinos, fiestas, viejas, no cabe duda que son como adolescentes. Sanguijuelas, se alimentan de otros, da igual si chupan dinero de sus viejos o sus amigos o del Estado; son detestables. Ser parásito es muy cómodo en vidas jodidas, sucede en el mundo, en todos sus vértices: familia, ciencia, arte, burocracia, empresa privada, política, todos tenemos trapos sucios.

Tiempo, me hace falta, meses enteros revisando algún indicio, alguna falla, lo único que sabemos es que todo empezó en un anuncio clasificado, las cuatro últimas víctimas buscaban un cuarto en la azotea para vivir. Un letrero llamó mi atención, “Cuarto para una persona sola. Compartiendo baño con dos personas, los cuartos son en la azotea, quinto piso, independientes. Para una persona por respeto a los otros inquilinos, personas honestas, trabajadoras, limpias y cumplidas con la renta. Céntrico. Gracias y mucha suerte.” No estoy segura de ser honesta, ese cuarto no es para mí, pienso en todas las personas que he conocido, no sería para nadie. Llamo, contesta una mujer, su voz es vieja

—Bueno.

—Llamo por el anuncio.

—¿Cuál anuncio?

—Cuarto para una persona sola, céntrico, personas honestas.

—Renta dos mil el mes, pido comprobantes de pago del trabajo. ¿A qué se dedica?

—Soy mesera, tengo tres gatos.

—No se permiten mascotas. No me gustan los gatos.

—Mis gatos no son mascotas.

—No se permiten mascotas. Mucha suerte.

—La necesitaré.

— ¿Qué dijo?

—Lo que oyó.

—¿Quién habla? ¿Marina, eres tú?

—Eso creo. No vi bien el número, de haberme fijado no hubiera marcado.

Colgué. La suerte, una perra hambrienta. La vieja, fue mi casera durante casi tres años, me echó porque no pude pagarle la renta, tenía 19. Repaso los últimos años. “Tú deberías cambiar la ginebra por el vodka”. Jamás, es imposible que una perra mañosa cambie de hueso. La perra con el lomo descarnado cambió, ginebra por vodka. Catorce años, por primera vez me pesaba la frustración, aprendí a vivir con ella, tolerarla, a verla como algo cotidiano. Me enfrento a casos difíciles, en algún punto todo me parece la misma porquería. Todos los anuncios son parecidos. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo tienden la trampa? Me he enfrentado a cuerpos tan mutilados desde que lo buscamos, hombre sádico, ¿cómo lo sabemos?

Un vendedor de periódico vio entrar a un tipo con la víctima al hotel donde fue encontrada la penúltima mujer asesinada. Deja las caras intactas, sin huella de violencia, ese detalle podrido me lleva a pensar en el sufrimiento de la víctima. Cuando te golpean tanto la cara, cierras los ojos a causa de los moretones o la sangre, si no tocan tu cara estás condenado a ver la forma en la que te mutilan hasta el final. Asesinato en Colombia. Asesinato en Matamoros, asesinato en la calle Peralvillo, mujer mutilada en el viejo hotel que lleva mi nombre: Marina. Cuerpo con disparos, mutilado, abandonado en la calle de Perú y Brasil, la calle de los suicidados por amor. Estoy cansada, harta, cuando las huellas son vagas o las pistas confusas siento esa energía que me impulsa a resolver el rompecabezas, mi hartazgo está a punto de pedir vacaciones.

Prendo la luz, destapar una lata de comida para gatos de la alacena. Apenas tengo fuerza para alcanzarla. Me obsesiona un rincón de Santo Domingo, pienso en él mientras estiro la mano para alcanzar la lata. Un ángel ahorcando al diablo, así me tiene la vida siempre, tirando, esa cadena al cuello que tritura mis angustias. Tomo el tazón de cada gato, sirvo las porciones mientras se arremolinan. No me gustan las personas, por eso escogí este oficio, trato más con personas muertas que con personas vivas. ¿Quién puede resolver eso? Pido a un psiquiatra que resuelva cada muerto “Cuarto para mujer sola, solvente, buenas costumbres, independiente, de preferencia que sea de provincia. Solicito referencias, no vicios, no se permiten visitas, muy cerca del Metro Guerrero”

—Buenas tardes ¿quién habla?

—Hablo por el anuncio, ¿cuál es el precio del cuarto?

—Renta en quinientos pesos semanales, es baño compartido.

—¿Cuándo puedo verlo?

—Cuando quiera, solo hay que avisarme dos horas antes para que pueda mostrárselo.

—Estoy cerca de la zona, dígame a qué hora lo veo.

—Pido referencias, quisiera saber algunas cosas, no se lo rento a cualquiera. ¿A qué se dedica? ¿Es solvente? ¿En dónde vive actualmente? No acepto personas con vicios.

—Soy mesera en un bar, solvente, sí. No tengo vicios, mi trabajo con borrachos hace que el alcohol me dé asco. Vivo en la colonia Tránsito, me queda algo lejos, gasto mucho en taxi, el bar en el que trabajo queda en Bucareli.

—Le queda muy cerca el cuarto que rento.

—Eso necesito ¿a qué hora lo veo?

—Dos últimas preguntas.

—Adelante.

— ¿Es usted del DF? ¿Tiene familiares aquí? Para referencias, pido también un depósito.

—No, soy de Sinaloa. No tengo familiares acá, tengo las referencias del dueño del bar, de meseras e incluso de mi casera, del depósito no hay problema, puedo dárselo hoy mismo si me gusta.

—La espero, le doy la dirección, Carlos J. Meneses #185, esquina con el Eje Uno, la puedo ver a las cinco de la tarde.

—Ahí estaré.

— ¿Cómo la reconozco?

—Tengo el cabello rojo, llevo un vestido de color verde. ¿Cómo lo reconozco?

—Soy alto, cabello castaño, llevo una chamarra azul marino.

—Lo veo al rato, gracias.

Clic. Hice dos llamadas al trabajo para indicar que teníamos un probable culpable, no es común que las personas te pregunten si estás solo a menos que quieran algo de ti. Instinto. El comandante Granados nunca llegó, se le atravesó un asfixiado en un hotel en Zaragoza, sola. Veinte para las seis, en una tienda compro una cajetilla de cigarros, deseo fumar. Llueve. Hace tiempo que la lluvia lava todo, hasta la mugre de mi patio de servicio, no tengo tiempo ni de pasar un trapo, estoy ocupada en otras vidas, desenmarañando a otros. Fumo, los minutos más tranquilos los paso fumando, observando lo que está fuera de mi como si no  me ocurriera, como si otros ojos recorrieran la existencia, lo que se mueve, lo que se agita en esta maldita ciudad, alguien ocupa mi lugar desde hace años.

Faltan apenas tres minutos para mi cita, nadie cerca. Quizás tengo mal la hora, mi reloj está adelantado diez minutos, existe la posibilidad de que la hora del observatorio esté equivocada. Veo pasar a una mujer de vestido verde en la otra acera, su cabello es nuez, no es rojo, se detiene en la esquina, está esperando cruzar. Un auto se detiene, un auto color plata, se baja un tipo de chamarra azul, la saluda, ella se retira, él parece no entender ese gesto,  toma su mano, se acerca demasiado, la estrecha, ella trata de huir. Una pistola, puedo verla cuando ella forcejea mientras él la pone en su cabeza, da batalla, una chica es fuerte, no puede someterla, intenta meterla al auto. Apago el cigarro contra el piso, desenfundo la Pietro Beretta, antes de que me la cambiaran en el trabajo por la Glock, argumenté un asalto. La Glock luce bien el buró, fierro inservible para los riesgos a los que me someto en las calles. La sostengo, dedo fuera del gatillo, regla básica: no accionarla si no estás seguro de desear cargarte a un mal parido. Pienso en mis compañeras indefensas haciendo su trabajo, ¿cómo carajos defenderse con una Glock? Alguien ocupa mi lugar desde hace años. “Mucha suerte” la voz de la vieja se diluye entre el sonido de un disparo.