“Mucha gente cambia de religión y ya no cree... pero hay que tener fe”

Desde hace 40 años, Margarita Lara se dedica a la comercialización de ramilletes y espigas frente a la céntrica parroquia.
Desde las 2:00 ocupa su lugar.
Desde las 2:00 ocupa su lugar. (Roberto Alanís)

Monterrey

No fue a la escuela y no sabe contar, pero Margarita Lara, a sus 72 años, afirma que eso de armar y cobrar racimos de palma, manzanilla y laurel para el Domingo de Ramos le sale “re-bien”.

Desde hace cuatro décadas no falla, su hija acude al Ayuntamiento regiomontano a pagar 500 pesos por su permiso de comerciante, y como cada año, surte su material en el Mercado Juárez para vender ramos y espigas a las afueras de la Catedral de Monterrey.

“No fui a la escuela, y me dicen luego: ‘Oiga y cómo vende’, pero pues el dinero sí lo conozco”, refiere entre risas, “ya si son muchas cosas las que me compran, la gente me ayuda; el asunto es que uno tiene que trabajar”.

Sus manos están heridas de laborar con la palma y necesita de un bastón para andar, pero eso no es impedimento para que doña Margarita, quien vive en la colonia Independencia, llegue a las 02:00 a su espacio de venta.

“Dicen que para todos amanece Dios, déjeme ver acá qué amaneció para mí hoy ya que ni he dormido de llegar tan temprano”, señala mientras trabaja con la palma, el laurel y la manzanilla.

Tampoco sabe cuántos vende al final del día, pero se queda hasta que oscurece, que es cuando se va el último cliente.

En tanto, refiere que a lo largo de los años ha visto cómo el negocio para el Domingo de Ramos ha ido a la baja.

“Aparte mucha gente se cambia de religión y pues ya no creen en esto, pero como quiera hay que tener la fe, y mientras que Dios nos dé licencia aquí hay que estar, ¿qué le hacemos?”, dice.

Cada ramo lo vende en 30 pesos, pero también reconoce que cada vez la ganancia es menos.

“Uno luego dice: ‘Hubiera surtido más’, pero todo está bien caro. Nada más el manojo de laurel está en 200 pesos, el de manzanilla en 60 y la docena de espigas en 200, pero ya veremos cómo nos va porque ahora no pudimos surtir mucho”, expone.

Nunca termina de vender, asegura, pero lo que le sobra, lo tira a la basura o lo usa para té.

“La manzanilla la pongo para té, y pues el laurel para la comida, sale muy sabrosa, lo demás lo tiro”, menciona.

Por otra parte, el comerciante de ramos David Balleza Zamora no pierde su tiempo.

Mientras el señor Balleza Zamora desayuna unos tacos de harina con frijoles, a un costado de la puerta principal de la Catedral de Monterrey trata de llamar la atención de los feligreses que buscan comprar un racimo de palma a las afuera del templo mayor.

“Un ramito, seño, empieza la bendición de la palmita”, grita una y otra vez, come, toma refresco y repite la frase.

“Son ramitos de Cristo, seño, mire empieza la bendición, pásele”, vuelve a decir.

Casi a la fuerza accede a hablar con este medio de comunicación, debido a que, asegura, está ocupado y no puede perder ventas.

“Ahorita la venta está media floja, hay poca gente y luego aparte la Iglesia está vendiendo ramitos y nosotros vendemos particularmente.

“La Iglesia es la competencia, porque ahí es lo que quiera dar, o sea, por cooperación, ¿verdad?,  pero nosotros los damos a 20 o 25 pesos”, indica.

A decir del comerciante Balleza Zamora, a las afueras de la Catedral de Monterrey venden entre 100 a 150 ramos.

Aunque reconoce que no es mucho, es “algo” para su familia y para él, que quedó incapacitado por un problema en la pierna. “La venta de los ramos nos sale de perdido para el taquito de frijol”, dice.