Montaje de Hierro /y II

El fin de San Petersburgo  no resulta una apología al socialismo y mucho menos a la barbarie estalinista.
Película antibélica que destapa la cloaca.
Película antibélica que destapa la cloaca. (Especial)

México

Mientras el gobierno ruso intenta mantener el poder a toda costa, el pueblo sostiene una guerra con los ojos vendados sin saber por qué y para qué lucha, hasta que llega el momento en que hace conciencia y declara la guerra a la guerra.

Pudovkin sabe qué está sucediendo en su país, en los campos de batalla, con los soldados de todos los ejércitos que participan en una masacre que se prolonga por más de tres años pretextando el honor a la patria.

Aunque El fin de San Petersburgo es una película de encargo con el propósito de conmemorar la revolución de 1917, no resulta una apología al socialismo y mucho menos a la barbarie estalinista; al contrario, es una película antibélica que sabe destapar la cloaca de una casta maldita, emponzoñada por el dinero de manera irracional.

Lo que no sabía el Estado soviético, afortunadamente, es que el trabajo se lo estaban pidiendo a Pudovkin y a Eisenstein, dos artistas que habían captado con visión e inteligencia las cualidades del montaje cinematográfico que habían visto en las películas de Griffith y Chaplin, y, por lo tanto, el resultado iba a ir más allá de la simple propaganda con intención de manipular conciencias. Se obtuvieron dos conceptos específicos del armado de películas que es irrepetible.

Para Eisenstein, el montaje busca un concepto dialéctico, donde dos elementos yuxtapuestos cambian su significado para dar un concepto nuevo y diferente, por ejemplo la imagen de Kerenski yuxtapuesta a la estatua de Napoleón da como resultado un pavorreal que extiende su plumaje con prepotencia; para Pudovkin, el montaje busca un concepto psicológico, emotivo, que llegue a las entrañas, como los soldados que mueren en la trinchera comparados con los corredores de bolsa que miran ansiosos cómo suben sus valores.

Para Pudovkin el montaje es a priori, es decir, desde el momento en que se escribe el guión, porque no se reduce a una combinación de trozos en un orden o en otro; es un trabajo de creación en la mente del artista, no una yuxtaposición mecánica de fragmentos de película según su longitud. Para Eisenstein es a posteriori, después del guión.

La concepción de montaje entre los artistas ocasionó sonadas discusiones, gritos y sombrerazos como lo describen Stoynov-Bigor y Giusi Rapisarda; lo más excelso fue cuando preguntaron a Dovjenko a quién apoyaba, y contestó como lo que era, otro poeta de la cinematografía: “Ambos miran hacia abajo/ Uno ve el pantano;/ el otro, las estrellas./ A cada quien lo suyo”.

 

“El fin de San Petersburgo” (Unión Soviética, 1927), dirigida por Vsevolod Pudovkin, con Iván Chvelev y Vera Baranovskaya.