“Moctezuma tenía muchos penachos”

María Olvido Moreno Guzmán, especialista del INAH, dio hoy una conferencia sobre la restauración de este objeto, ubicado en el Museo de Etnología de Viena.

Ciudad de México

La doctora María Olvido Moreno Guzmán, especialista en arte plumario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), presentó hoy una conferencia magistral sobre la restauración del Penacho del México Antiguo, mejor conocido como el Penacho de Moctezuma.

Titulada “El Penacho de Moctezuma: Restauraciones de los siglos XIX y XXI”, la plática se realizó en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. En ella se abordó desde cómo surgió la posibilidad de que Moreno Guzmán viajara al Museo de Etnología de Viena, donde se encuentra la pieza, hasta los problemas con los que se encontraron los especialistas en el proceso de restauración.

En entrevista con MILENIO previa a la conferencia, la autora de títulos como “Las aves y la conservación de la plumaria, Plumaria mexicana contemporánea” y “Escudos rituales en el mural del Sacrificio del Maíz, en Cacaxtla”, entre otros, explicó que el proyecto nació de una iniciativa binacional entre Austria y México, que tenía como propósito original el estudio del objeto, su diagnóstico de estado físico, la restauración y la nueva puesta museográfica.

La actual coordinadora del Seminario Permanente de Pintura Mural Prehispánica en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), comentó que estos cuatro objetivos se cumplieron durante los últimos tres años: “Aunque el proyecto inicialmente estaba planteado para hacerse en un año, nunca imaginamos el universo tecnológico y la complejidad de la manufactura que tiene el penacho, por lo que el estudio del mismo tomó más de dos años y la restauración seis meses”.

El penacho mide un metro ochenta por uno treinta en su posición actual. Sus dimensiones pueden variar un poco más o un poco menos porque es dinámico. En su estado original, fue flexible, se podía enrollar, doblar y era ligero. Su condición cambió con la restauración de fines del siglo XIX, explicó la doctora en Historia del Arte por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

En el siglo XIX se documentó que tenía 450 plumas; más adelante, en el siglo XX, se reportaron 400, mientras que el estudio realizado entre 2010 y 2012 contabilizó 374, considerando las que se pueden enumerar por delante y cotejar por detrás. Pero hay una serie de fragmentos de plumas que ya están deterioradas por distintas plagas, otras que están dobladas, reposicionadas, y finalmente algunas más que no se pudieron contar porque son de la cara posterior y están en capas, por lo que el mejor cálculo es el segundo.

“Todas las plumas verdes largas del Quetzal macho son originales, así como las cafés y las rojas; las verdes cortas y las azules se incorporaron a finales del siglo XIX, porque en esas áreas había faltantes que se habían comido los insectos, de tal manera que la pluma azul es del pájaro Martín Pescador, pero por debajo están los rastros de la pluma de Cotinga”, argumentó.

Egresada de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía del INAH, Moreno Guzmán habló de los mayores retos de la restauración de la pieza: “Quizá, abordarlo por la cara posterior. El penacho tiene la cara frontal, que es la que nosotros conocemos, pero tiene toda la cara de atrás; ésta, originalmente estuvo aderezada con plumas de quetzal, de tal manera que el penacho lucía esplendoroso desde cualquier ángulo que se le viera”.

Al hacer el diagnóstico del estado físico del objeto, las investigadoras se dieron cuenta, desde el primer momento, de que no lo podían mover ni cambiar de posición, por lo que otro de los retos fue diseñar mesas de estudio, moverlo a través de una malla casi como paciente de hospital, y pasarlo de una mesa a otra: “Encontramos el penacho en un soporte con una tela negra, detenido con alfileres de 1992; decidimos eliminar este soporte para construir otro sustento en 2012”.

Asimismo, destacó, otro de los retos a los que se tuvieron que enfrentar en este proceso de restauración fue el de encontrar información documentada de lo que se le había hecho a la pieza en intervenciones anteriores, que desafortunadamente no existe. Fue a través de la lectura de entrevistas que supieron que el penacho tuvo una intervención en la mitad del siglo XX.

Titulada con la tesis “Conservación de arte plumario mexicano”, la especialista del INAH aseguró que uno de los factores fascinantes de este proceso de trabajo fue saber que estaban ante una pieza que realmente nunca se ha estudiado: “En realidad, los estudios que hay están enfocados a si el penacho pertenecía o no a Moctezuma; si era penacho, capa o delantal, y en gran parte a su iconografía y a la historia de su traslado desde el nuevo continente a Europa”.

En cambio, argumentó, el tema del siglo XXI es: “Cómo está hecho, cuáles son las técnicas que se aplicaron al realizarse, los materiales que se emplearon, así como la realización de un diagnóstico preciso y puntual de su estado físico, para que de manera integral sea restaurado respetando su historicidad. El penacho que vemos no es, en cierta medida, el que salió del taller de los Amantecas: ya contiene la historia de viajes, de maltratos, de rapiñas, de restauraciones, de cuidados”.

Moreno Guzmán aseguró que en la actualidad ninguna investigación podría determinar que este preciado objeto para Austria y México fue o no de Moctezuma: “El primer documento que se tiene del objeto es de 1596, cuando se elaboró el inventario de la sucesión hereditaria del Castillo de Ambras de Fernando II; digamos que entre que el penacho salió de América y apareció el inventario, la historia no está clara.

Hay interpretaciones de las crónicas para pensar que sí puede ser uno de los que Hernán Cortés envió a España, también puede ser alguno que un soldado tomó y que puede haber sido hecho ex profeso para los envíos, y evidentemente era procedente de la Casa Real. A mí me gusta comentar que no es el penacho de Moctezuma, sino que éste tenía muchos penachos”.