Miradas a la Gran Guerra

Por todo lo que se ha escrito sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial, ahora más gente sabe que fue el 28 de junio de 1914 cuando ocurrió el asesinato del heredero al trono del imperio ...
Primera Guerra Mundial
(Reuters)

Ciudad de México

El historiador inglés Eric Hobsbawm lamentaba que pocas personas se dieran cuenta en su momento del simbolismo de la fecha que eligió el presidente francés François Mitterrand para alertar sobre la crisis de Bosnia (28 de junio de 1992). Por todo lo que se ha escrito sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial, ahora más gente sabe que fue el 28 de junio de 1914 cuando ocurrió el asesinato del heredero al trono del imperio austrohúngaro, hecho que detonó la guerra. Pero en los días que apareció su libro Historia del siglo XX. 1914–1991 (Crítica, 1995), Hobsbawm remataba con desasosiego: “La memoria histórica ya no estaba viva”.

En estos tiempos en que, como él mismo observaba, los jóvenes “crecen en una especie de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven” (y si lo toman en cuenta es para señalar que el pasado copia al presente), se vuelve imperativo recuperar la antigua idea que guiaba el propósito de la Historia: “estudiar el pasado para mejorar el futuro”, que no por utópica ha perdido vigencia. Para Hobsbawm, los historiadores “deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria”. Acercarse entonces a la Primera Guerra Mundial, o Gran Guerra (1914–1918), a un siglo de distancia implica hacerlo de un modo crítico para que “la memoria histórica” siga viva.

Un libro que por su título parecería acercarse a esta idea es el del español Juan Eslava Galán: La Primera Guerra Mundial contada para escépticos (Crítica, 2014). Pero resulta decepcionante porque se trata de un libro de divulgación no para escépticos sino para gente que simple y llanamente desconoce el tema. El autor no es un historiador stricto sensu, sino un doctor en Letras. Libro oportunista, los datos que presenta no ofrecen ninguna novedad y pueden encontrarse en cualquier manual escolar. Su “aportación” es supuestamente el modo en cómo expone la historia, con un estilo “ligero” y plagado de observaciones “ingeniosas” que más bien trivializan los hechos; lo insufrible son las situaciones inventadas en las que participan sus compatriotas que, a manera de coro griego, comentan las acciones. Si hay que exaltar alguna virtud, son las citas literarias (por ejemplo, las del escritor austriaco Stefan Zweig) y las ilustraciones que siempre permiten tener una visión más objetiva de los hechos.


II

Llegamos a París

En el momento en que los carteles de la movilización

Estaban siendo instalados

Y mi compañero y yo comprendimos entonces

Que el pequeño coche de motor nos había llevado hacia

una nueva época

Y aunque ambos éramos mayores de edad

Acabábamos de nacer


Los versos del poeta francés Guillaume Apollinaire muestran parcialmente el sentimiento que vivía la población, en especial los jóvenes, en aquellos días. Por su violencia y crueldad, la Primera Guerra Mundial significó el final de varios ideales. Desde un punto de vista filosófico, se creía vivir en la última fase del positivismo: la fase científica o positiva. En general, se pensaba que el dominio total de la naturaleza ya se había alcanzado. (¿Ir más allá del ferrocarril, el telégrafo, el teléfono y la electricidad? Imposible.) Por otro lado, 1914 significó asimismo el fin de la Belle Époque. Luego de la guerra franco–prusiana (1870–1871), que tuvo como consecuencia la unificación de Alemania, ya no hubo grandes conflictos en Europa y desde entonces hasta 1914 lo único que podían hacer los europeos era gozar la vida. Hasta ese año, escribió Eric Hobsbawm, la palabra “paz” tenía un sentido; después “no merecía ese nombre”.

No es arbitrario que 1914. De la paz a la guerra (Turner, 2013), de la historiadora inglesa Margaret MacMillan, comience recordando la exposición mundial de París de 1900, en la que muchos países invitados presumieron sus logros. Sí, superficialmente nada parecía que iba a romper la paz europea, pero en lo profundo las circunstancias se iban acomodando para hacer inevitable el conflicto. Erróneamente, como su libro lo demuestra, MacMillan considera que faltó un líder que detuviera la guerra. Desde antes del asesinato de Francisco Fernando, el sistema de alianzas europeo estaba conformado para que ocurriera el enfrentamiento.

El libro se centra en la rivalidad entre Inglaterra y Alemania, la primera carrera armamentista del siglo XX, lo que provocaría la guerra. El trasfondo fue el imperialismo y el reparto del mundo. Tras derrotar a Francia en 1871, Alemania emergió como la nueva gran potencia europea y quiso su parte, pero resultaba que ya había muy pocas tierras por repartir. África era el único continente que podía darle colonias, pero esto no satisfacía las ambiciones del káiser Guillermo II. Por ser nieto de la reina Victoria de Inglaterra, parecía que la alianza Inglaterra–Alemania era natural, pero las cosas no fueron así. Dueño de una inestable personalidad, Guillermo II no generaba confianza entre los ingleses que manejaban el gobierno. Al alcanzar el trono, el káiser despidió al primer ministro Otto von Bismarck —artífice del triunfo contra Francia en 1870–1871 y quien convirtió a Prusia en la cabeza de la recién unificada Alemania— porque consideró que no estaba en sintonía con sus ideales. Gran diplomático, Bismarck trató de mantener a Francia al margen de la política europea para poder hacer alianzas con otros países. El ambicioso Guillermo II consideró que esto no era suficiente; basándose en el darwinismo social del triunfo del más fuerte, creyó que Alemania ya había llegado a su madurez. Y dado que Inglaterra, por más esfuerzos diplomáticos que hizo, no le daba su lugar y, para colmo, se alió con Francia, el monarca se involucró en una carrera armamentista, en especial relacionada con la construcción de una flota que rivalizara con la inglesa, lo cual será el verdadero origen del conflicto. El asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo solo fue un pretexto, y por el sistema de alianzas que se formó —Alemania y Austria–Hungría, por un lado; Inglaterra, Francia y Rusia, por otro—, la guerra se generalizó. Rusia era aliada de Serbia, así que cuando el imperio austrohúngaro le declaró la guerra a este país, Rusia se vio obligada a participar. Pero si se involucraba Rusia, Alemania tendría que ayudar a Austria–Hungría; y si Alemania entraba al conflicto, lo mismo tenían que hacer Francia e Inglaterra con respecto a Rusia. Vuelvo a Hobsbawm: llegados aquí, solo restaba la victoria total.


III

La Primera Guerra Mundial rompió con el romanticismo que rodeaba a “la defensa de la patria”. Si al principio todo parecía una fiesta, las nuevas armas que se manejaron hicieron ver que se estaba en una forma novedosa de lucha mucho más cruel. Hobsbawm consideraba que el submarino fue la única arma de importancia, pero no fue así. Ametralladoras de cientos de tiros por minuto, cañones de gran potencia, gases asfixiantes, lanzallamas, tanques y aviones fueron algunas de las nuevas armas que se involucraron. La Gran Guerra. 1914–1918, que en su versión española lleva el subtítulo de Historia militar de la Primera Guerra Mundial, del inglés Peter Hart, es una pormenorizada exposición de los dos frentes en que se dividió la lucha siguiendo el plan alemán o Plan Schlieffen: el Frente Occidental, donde participaron primordialmente Alemania contra Francia e Inglaterra, y el Frente Oriental, en el que se enfrentaron Rusia, el imperio austrohúngaro y Alemania. Las batallas del Marne, del Somme, Tannenberg, Galípoli están presentes. Un rasgo que le da un valor extra al libro es el hecho de que Hart cita testimonios de los participantes, lo que intensifica la carga emocional del libro.