Miquel Barceló. “Los Cuadernos de África”

El artista fundamenta su obra en la relación con la tierra y el lodo, tanto del continente negro, donde pinta en una cueva, como de su pueblo de Mallorca.

Ciudad de México

El pintor español Miquel Barceló escribió un diario de sus largas estancias en varios pueblos de África, en donde cuenta, además de su apasionante proceso creativo, la forma en que se va integrando con los nativos y las dificultades que debe enfrentar a la hora de construirse una casa para comer y dormir, porque sus jornadas de pintor transcurren dentro de una cueva que está cerca del pueblo. La mitad de una de las paredes de la casa era el grueso tronco de un baobab, esos árboles enormes que, en la historia de El principito, abrazan con sus raíces un planeta completo.

Una vez que el pintor construyó su casa, anclada al tronco del baobab, encargó una puerta de madera, a un carpintero de un pueblo vecino, que vio llegar semanas más tarde, amarrada al techo de una camioneta, que primero era un punto lejano al final de la estepa africana y poco a poco se fue convirtiendo en la puerta que había encargado. Entre las anécdotas de sus negociaciones con el jefe de la tribu, y las fiestas que ofrece, donde se beben cubetas de cerveza local, Barceló escribe sobre su oficio, que él aborda desde una perspectiva particular, siempre en contacto con la tierra y con el lodo, con los desechos que el transforma en arte, un proceso que él mismo pone por escrito en las páginas de su diario: "El artista que come oscuridad y caga luz".

Mientras trabaja, o reflexiona sobre su trabajo, escucha una y otra vez un soundtrack que resulta, también, muy apegado a la tierra: Tom Waits, Camarón de la Isla, "un disco de boleros mexicanos y canciones de Fauré".

En su ir y venir por la estepa africana, en su camino cotidiano hacia la cueva donde trabaja, va haciendo observaciones escatológicas; por ejemplo, nota que cuando va al baño, cuando se acuclilla debajo de un baobab, las cabras se comen sus excrementos y dejan intacto el papel que ha utilizado para rematar la faena. Esta imagen, aparentemente provocadora y vacía, tiene un profundo significado en su pintura que se nutre precisamente de esos materiales que cualquier otro pintor desecharía; Barceló tiene unas famosas composiciones articuladas con caca de los burros que andan por su pueblo, Felanitx, una pequeña población en la Isla de Mallorca de donde le viene al artista esa sólida conexión con la naturaleza, que ahora despliega en África, o en Nueva York, y que ha ido plasmando en obras monumentales, como la cúpula de la sede de la ONU, en Ginebra, que parece una prolongación de la cueva africana donde trabaja, o el inquietante retablo marino que hizo en la catedral de Palma de Mallorca. Yo una vez lo vi, en Barcelona, en una acción artística titulada Pasodoble, haciendo esculturas a partir de un muro de barro africano, del que iba sacando trozos para hacer vasijas, o máscaras, y al cual también se iba integrando, primero las manos hasta los codos y, poco a poco, iba metiendo todo el cuerpo en el barro hasta que terminaban, él y su obra, siendo la misma cosa, la unidad indisoluble, el unum que tanto inquietaba a los filósofos presocráticos. (Compruébelo usted mismo, escriba en el buscador de Youtube: Miquel Barceló Pasodoble).

Barceló, que es el pintor español vivo más universal, está permanentemente conectado a Felanitx, su pueblo en la isla de Mallorca, de ahí proviene su particular estilo y la estimulante furia con la que compone su obra; él mismo es la evidencia de que la universalidad con frecuencia sale del más profundo localismo, como también lo demuestran los cuentos de Rulfo y las novelas de Faulkner, por poner dos ejemplos muy famosos.

De Felanitx provienen también unos vinos estupendos, como el Ánima Negra, por mencionar el más visible y también otro, más modesto, un blanco fresco que se llama Quíbia, y cuya etiqueta lo sitúa en Falanis, que es el nombre que antes tenía Felanitx.

El vino arroja siempre pistas sobre la tierra de donde ha salido, en una copa de Ánima Negra o de Quíbia vienen codificados un montón de datos, y secretos, de ese suelo que ya se cultivaba en la época del imperio romano, y de cuya materia han salido no solo estos vinos estupendos, sino las obras de Miquel Barceló.

A 13 kilómetros de Felanitx, que esto es tanto como decir en el mismo suelo, está Manacor, el pueblo en el que nació, y se crío, el otro mallorquín universal que es el tenista Rafael Nadal, un hombre que, como es muy evidente, está tan pegado a la tierra como su paisano Barceló, y su obra proviene también de ahí: las canchas de tierra batida son su especialidad, esa superficie donde la pelota va impregnándose, golpe tras golpe, va poniéndose pesada por la cantidad de suelo que ha ido secuestrando cada vez que cae; de manera que Nadal, en determinado momento del punto que se está jugando, lo que hace es gestionar la porción de tierra que se ha impregnado en la pelota, igual que hace Barceló cuando traza sus cuadros con el lodo que obtiene del suelo de la cueva donde está pintando.

Para redondear la conexión que estoy tratando de establecer entre el pintor, el tenista y la tierra de donde los dos provienen, debo decir que yo mismo llegué a esta conclusión, que me cayó encima como un relámpago, después de beber un trago del vino que se cultiva en la tierra de ellos. Nadal es un tenista especialista en tierra batida al que le ha costado mucho adaptarse a las otras dos superficies, sobre todo a las canchas de cemento, porque las de pasto contienen una base de tierra donde ha logrado establecer su conexión. Las canchas de cemento se le dificultan, pero sobre todo las de cemento que son techadas, como las que ha pisado últimamente en el Masters de París y en el de Londres, porque tiene que lidiar con una pelota que al no recoger nada del suelo pesa muy poco, y también con el medio ambiente controlado que tienen las canchas techadas, con clima artificial, a diferencia de la multitud de matices que ofrece una cancha a la intemperie, donde el juego se ve afectado por la humedad y la temperatura, por el viento, por todos esos elementos que a él le son favorables pues se crío y creció, y aprendió a jugar al tenis en un pueblo de Mallorca. Digamos que la cancha de tierra a la intemperie es a Nadal lo que la cueva africana es a Barceló; los dos se desempeñan mejor cuando la tierra contamina su quehacer y tienen problemas para adaptarse a los ambientes artificiales; no es casualidad que Barceló, pudiendo trabajar en su estudio en Nueva York o en París, prefiera irse a una cueva en África y se construya una cabaña a partir del tronco de un baobab.

No creo que sea necesario hacer notar que estos dos hombres, tan cosmopolitas y universales, son en el fondo personas provincianas y pueblerinas, incluso primitivas, en el sentido elogioso del término, entendiendo lo primitivo como ese compendio de sabiduría atávica que suele confundirse con lo universal y con lo cosmopolita. Los dos saben, por experiencia, que ciertas acciones, repetidas metódicamente, repercuten en sus obras: "la repetición te da automatismos y los automatismos te dan el éxito", declaró hace unos días Rafael Nadal, y con esta idea, que leí precisamente cuando me bebía esa copa de vino de Felanitx, evidenció su naturaleza terrenal o, para decirlo de una vez, su pensamiento mágico; hay que ver el ritual que hace el tenista cada vez que brinca a la cancha, la forma en que manipula sus botellitas de agua y la cuidadosa formación que les impone, a un palmo de su pie derecho, o la manera en que ataca y brinca las líneas blancas que delimitan su territorio y, sobre todo, el rosario de movimientos, que un psicoanalista reduciría a tics nerviosos, que ejecuta antes de sacar la pelota; un rosario que va en un aumento y que por lo pronto va en corregirse por detrás el tiro del short, meterse el cabello detrás de las orejas, haciendo una leve escala en la nariz y después corregirse el tiro del short por delante, todo un ritual que ejecuta una vez tras otra, en un orden riguroso, cada vez que tiene que sacar, seguramente porque está convencido de que si no lo hiciera, o si no acertara en la intensidad y el tempo de sus movimientos, su juego se vendría abajo.

"Pintamos porque la vida no basta", escribe Miquel Barceló en sus Cuadernos de Africa; es su manera de explicar por qué se mete a pintar en una cueva, porque ahí su arte, integrado con la tierra, metido en ella, adquiere su más alta expresión; y decantando esta idea de Barceló hacia la cancha de tenis, podríamos decir que a Nadal se le dificulta el juego en cemento y bajo techo porque se trata de un escenario donde hay poca vida, donde se ve obligado a tirar bolas planas, asépticas, muy distintas de la diabólica curva liftada que lo ha hecho famoso; digamos que en tierra y a la intemperie tiene un margen creativo mucho mayor, una autonomía artística que no encuentra en la simplonería del juego en cemento bajo techo; una situación simétrica a la de su paisano Miquel Barceló, que se encuentra a sus anchas en la intemperie africana, en su cueva llena de tierra, mucho mejor que en los estudios urbanos que en ocasiones ocupa.

En sus Cuadernos de África, Barceló cuenta que para su amigo Paul Bowles, que entonces vivía en Tanger, era fundamental la pulcritud para la creación literaria, como lo es para él mismo, según explica, "la humedad ambiental, que hace que cambien los materiales, los soportes, las maneras de pintar, la velocidad y por tanto los temas", una idea que bien podría haber escrito Rafael Nadal, al describir su manera de jugar al tenis. Y también dice Barceló que sus cuadros se parecen a un mazo de cartas "con el as encima que esconde los sietes, los ochos, los nueves...". Más o menos como somos todos, una capa sobre otra capa, sobre otra capa, una línea descendente, o ascendente, de información genética que nos va llevando de un ancestro al siguiente y así hasta que llegamos a nuestro pariente originario, a ese autor de nuestros propios cuadernos, que viene necesariamente de África. D

@jsolerescritor

ENTRESACADOS

"Pintamos porque la vida no basta", dice en estos escritos a manera de diario

"La conexión entre el arte, el juego y el suelo, me surgió al probar el vino de esta isla Balear"