Luz e inspiración

Reseña.

Ciudad de México

Milton y Jerusalén son los poemas más complejos y consumados de William Blake. Revelan su intrincada cosmogonía y su dilucidación de la existencia humana, forjada de materia y espíritu, en relación con la historia terrenal y el universo entero. Ambos poemas lamentan que la humanidad esté dormida, a la vez que anuncian su despertar merced a la encarnación de la  presencia divina: el aliento del poeta y el Espíritu de Profecía.

Con la traducción de Bernardo Santano de ambos poemas para el segundo volumen de William Blake. Libros proféticos (España, 2014, 617 páginas) Atalanta culmina su entrega de los poemas proféticos de Blake íntegros en una edición bilingüe, con láminas que reproducen cuidadosamente las imágenes originales y que, como se mencionó en estas páginas con la aparición del primer volumen, constituyen la genuina puerta de acceso a la obra del artista visionario inglés para el lector de habla hispana. La imagen en la portada de Los (el espíritu poético y profético que se adentra en un umbral a lo desconocido, o la Muerte, con sus sandalias de oro y el sol en la mano) es por tanto una elección justa.

Leer estos extensos poemas, torrentes verbales que el autor afirmaba eran un dictado que él no se atrevía a cortar (de alguna manera precursor, como señala Santano atinadamente, de la escritura automática de las vanguardias), es un ejercicio que nos deja sin aliento. La labor de traducirlos debe ser titánica, pero uno de los mayores logros de Santano es el de haberse adentrado en dicho torrente sin arredrarse, sin intentar contenerlo, dividirlo ni domarlo. Los poemas son un inmenso canto y una épica y una letanía, con infinidad de digresiones y ramificaciones que se expanden en visión cósmica o se contraen en los límites mínimos del cuerpo humano. La experiencia de leerlos en castellano es abrumadora, desconcertante y vivificante a la vez: lectura extática que escapa a las riendas de la razón, y por lo tanto un reflejo fiel de su lectura en el inglés original.

Quizá por lo mismo la versión de Santano, que fluye sin trabas en la libertad del verso adaptado a la cadencia y extensión del dictado de la inspiración, tropieza en los fragmentos en que Blake se rinde a la “servidumbre” de la rima, como en el poema inserto a inicios de Milton (al que Hubert Parry puso música para crear el himno ahora conocido como “Jerusalén”, que no hay que confundir con el poema más largo del mismo nombre). En estos casos la rima llega a parecer forzada y resta fulgor a las hermosas y fieras imágenes del original. En cambio, fragmentos de enorme complejidad y belleza son traducidos con una inspiración a la altura de la tarea—que a veces es, ni más ni menos, que la de describir cuál es “la naturaleza del infinito”.

La inspiración es la luz que ilumina la obra de Blake; es también su fuente y su materia. En Milton dice: “¡Estoy inspirado! ¡Sé que es Verdad!, pues Canto de acuerdo con la inspiración del Genio Poético que es la eterna todoprotectora Humanidad Divina”. Si John Milton, venerado por Blake, se equivocó en su paso por la tierra, fue por no haber comprendido la dimensión plena de este Genio que se opone a la razón y a sus estrecheces: vitales, poéticas, morales. Es para remediar este error, tras la visión en que el poeta desciende en el jardín de Blake y como un meteoro lo penetra a través del tarso de su pie izquierdo, que Blake concibe el poema, en el que Milton abandonará la eternidad en que vaga perdido para reunirse con su emanación y hacer suyo el aliento de Los, personificación del espíritu poético y profético y alter ego de Blake en tanto que poeta inspirado.

Jerusalén, el producto del trabajo inimaginablemente laborioso de grabar palabra e imagen en cien planchas de cobre según el “método infernal” concebido por Blake, es la culminación del drama iniciado en Milton —o su expansión. El tema es de nuevo la tragedia de Albion: la humanidad ahora dormida, sometida, cuya esclavitud es indistinguible de la del espíritu.

Jerusalén es la emanación de Albion, y el drama se desarrolla merced al conflicto de los personajes a medida que se separan de sus emanaciones, buscan la reunión con infinita agonía y son subyugados por sus espectros. Esta simbología, cuyos equivalentes fueron desarrollados mucho más tarde por la psicología moderna, pero que encuentra también su espejo en las más antiguas tradiciones espirituales, alude a las dos dimensiones de la humanidad. Una es la plural: la historia, la caída y redención de todos los hombres, el rostro múltiple de todos los que han sido, los que somos, los que serán. La otra es individual. Albión es cada hombre y mujer. Todos los personajes de la mitología blakeana, las encarnaciones de sus cuatro Zoas, sus emanaciones y espectros habitan en cada uno de nosotros. Nuestro camino por la tierra, y nuestras derrotas o conquista espirituales, se suceden según la interacción de todas las fuerzas contrarias que albergamos. La reunión con Jerusalén, el retorno a nuestro reino original de amor, perdón, gozo y libertad, es el Juicio Final que atravesamos todos, una y otra vez.

Los es de nuevo el héroe, el herrero creador del tiempo que se opone a la tiranía de Urizen, dios obtuso de la razón. Junto a Enitharmon, su emanación y creadora del espacio, construye Golgonooza, ciudad visionaria de las artes y la ciencia. El redentor será el Cordero Divino, el Jesús radical de Blake que es uno con la Imaginación, y cuya gloria consiste en la salvación y la conquista por medio del perdón. Como bien sabemos, el perdón y la piedad son las manos abiertas del amor, y una de las virtudes más conmovedoras de Jerusalén es la fiereza con que Blake exalta la inocencia esencial, la belleza y la libertad del hombre. Esa exaltación se concreta en una de las ilustraciones más hermosas del poema (plancha 76), en que Cristo ya no pende de la cruz, sino de un árbol con frutos de oro, frente a un hombre desnudo a sus pies —un hombre libre— que  abre los brazos también, las manos extendidas, ya sin clavos que lo sujeten a ningún sitio.

Los pasajes verbales de esta celebración del prodigio de ser humano no son menos hermosos, y de nuevo la traducción de Bernardo Santano merece nuestros elogios (o quizá gratitud sea la palabra apropiada) al ser eco de esa exaltación que raya a veces (¡gloriosamente!) en la incoherencia.

En algunos pasajes he encontrado inexactitudes. Cito como ejemplo el prefacio al capítulo “A los cristianos” de Jerusalén, en que Blake hace referencia a la Parábola de los talentos: donde Blake habla del talento que es una maldición ocultar, Santano traduce “ese Talento que es una maldición que hay que ocultar”, lo cual invierte el sentido tanto del texto de Blake como de la parábola misma. Igualmente problemático me parece, más adelante, “¿Amarías a uno que nunca murió /por ti o que jamás moriría por uno que no hubiera muerto por ti?”, cuando el sentido es “¿Amarías a uno que nunca murió /por ti o llegarías a morir por uno que no hubiera muerto por ti?”.

Menciono estos casos aislados porque la alteración del sentido me parece de gravedad, pero sería injusto pretender que un par de errores demeritan una traducción en verdad admirable.

Este segundo volumen de los Libros proféticos cierra con un útil glosario —el hilo dorado que nos guía por un “complejo y desbordante caudal de conceptos, nombres y referencias”— que toma como punto de partida el Blake Dictionary de S. Foster Damon. En ocasiones desconcierta que entradas de personajes fundamentales en Blake sean más breves que las dedicadas a conceptos menos cardinales, como en el caso de Los, que queda definido casi únicamente por sus rasgos negativos.

Por lo demás, la publicación completa de los Libros proféticos de Blake en estos dos volúmenes, a manos de Atalanta, es un logro editorial cuya trascendencia para el mundo de habla hispana seguirá viva por muchas generaciones.