Miles de mariposas amarillas iluminaron el cielo oscurecido

Dentro y fuera del recinto se realizó el homenaje luctuoso al periodista colombiano, en el cual se reunieron presidentes, políticos, escritores y sobre todo lectores.

Ciudad de México

Mercedes, su esposa, su viuda, soportaba estoicamente el dolor por esa muerte que le llegó en jueves. En el recinto, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, sonaban piezas de Beethoven, de Schubert, de Brahms, de Mendelssohn. Era la música que, además del vallenato, le gustaba a su compañero. Ella fijaba la mirada en cualquier punto: ojos perdidos, dolientes. Miraba una vez el enorme retrato en blanco y negro del hombre bigotón que había sido colgado junto a las puertas de la entrada principal hacia el salón de conciertos. Miraba de reojo la frase colocada al pie de la imagen:

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda para contarla”.

Se ponía de pie para hacer la primera guardia de honor junto a sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo; el presidente de Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, y María Cristina García Zepeda, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes. Doña Mercedes, ataviada de negro, no observaba mucho la urna, el recipiente de vetas cafés donde yacían los restos de Gabriel García Márquez.

La mujer volvía a su sitio, a sentarse en una silla; regresaba a sus introspecciones. A su duelo. Escritores como Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta y Jorge F. Hernández se aproximaban a expresarle sus condolencias. Lo mismo hacían políticos como Porfirio Muñoz Ledo (quien tenía dificultades para caminar y usaba silla de ruedas al volver a la calle). También periodistas como Jacobo Zabludovsky y Guillermo Ochoa. La señora Mercedes asentía, agradecía con un leve movimiento de cabeza, y regresaba a sus cavilaciones reflejadas en sus ojos, que miraban con melancolía.

Se abrían las puertas del recinto después de las cuatro de la tarde, y cientos y cientos de personas que habían hecho largas filas en los alrededores de Bellas Artes pasaban los filtros de seguridad y los arcos detectores de metales colocados por el Estado Mayor Presidencial. Y ahí andaban los fieles lectores del escritor y periodista, luego de sufrir calor y lluvia, admiradores de todas las edades que desfilaban uno a uno ante las escalinatas que llevaban hasta las cenizas. Cientos y cientos de personas que no hacían tumultos para ver una estrella del cine fallecido o un ídolo musical muerto, sino las cenizas de un escritor. Apenas contaban con unos segundos para observar la cajita mortuoria, a unos seis metros de distancia; tomaban un par de fotos con sus teléfonos móviles y eran apurados por guardias presidenciales. Unas cuantas inhalaciones y exhalaciones para rendirle homenaje al hombre que los condujo a experimentar, a través de unas cuantas hojas, fantasías sin límites.

Un hombre, que se decía sonorense y que llevaba un viejo ejemplar de Cien años de soledad bajo el brazo, salía del lugar con semblante tristón, y contaba, reconocía: “A mí me obligaron a leerlo en secundaria, la verdad; pero desde entonces fue como un alucine que ya no dejé nunca, del que ya no salí nunca”.

Como él, muchos admiradores del colombiano, hombres y mujeres de todas las edades (más jóvenes que viejos), llevaban ejemplares de las novelas del hombre convertido cenizas. Algunos portaban aves y mariposas amarillas de papel que hacían juego con las flores del mismo color que fueron colocadas en varios puntos del recinto. A otros, mientras esperaban para ingresar, les daba por cantar “México lindo y querido” acompañados por una trompeta. Otros recitaban “Macondo”, de Celso Piña, el músico. Un hombre ensombrerado procedente del Departamento de La Guajira, allá en Colombia, ingresaba al lugar con todo y acordeón, aunque todita su canción compuesta para García Márquez mejor la dejaba para cantarla en el templete ubicado en el exterior del palacio.

Allí, varios seguidores del hombre fallecido leían partes de un par de capítulos de Cien años de soledad, mientras que un grupo colombiano, Guatapurí, interpretaba melodías de vallenato.

A las siete de la tarde la entrada de los fervorosos macondianos fue interrumpida. Estaban por arribar los presidentes de México y Colombia. Una vez que concluyeron sus discursos, su homenaje al periodista, el Estado Mayor Presidencial concedió la entrada de nuevo a gente que llevaba horas esperando. De 65 en 65 iban entrado los simpatizantes del coronel Aureliano Buendía. Ahí iban, húmedos, sudorosos, a vivir tres segundos frente a… las cenizas de un escritor.

Y de pronto allí, en las jardineras del Palacio, como si Renata Remedios, como si Meme esperara desnuda y entre alacranes a su amado Mauricio Babilonia, miles de pequeñas mariposas amarillas iluminaron el cielo ya oscurecido…