Literatura e Infancia

Libros, palabras, letras y estrellas, acompañando el desarrollo de un pequeño.

Durango, Durango

Crecí rodeado de libros en la Ciudad de México. En casa de mis padres colecciones de libros llenaron los estantes y libreros.

Mientras creían que hacía tarea, leí. Muchas historias y páginas se borraron de mi mente. O son parte de la química corporal.

El lenguaje es ficción, imaginería, lo supe como una verdad nata, instinto. La ficción, el lenguaje y la realidad son la misma cosa. Un comprender activo.

"El llano en llamas" de Juan Rulfo fue el libro que iba en la maleta de vacaciones. Durango fue el destino por muchos años.

Poanas, un municipio sureño, lleno de labores de frijol y chile rojo. Con cordones de nubes haciéndose pasar por pasacalles de cualquier fiesta patronal.

En mi familia se dedican algunos de la ganadería y la agricultura, y fue común llegar a Cieneguilla para terminar con los últimos kilómetros de terracería antes de llegar al rancho que fue de mi abuela Lucila.

Era común conocer las historias de los muertos en los bailes en las bodegas para frijol del lugar. Los asesinos prófugos que luego de años regresaban, campantes, con la culpa enterrada en el exilio.

Mientras los autores de los crímenes huían, por las noches, los ladridos de los perros fueron historias para mí.

Detrás de una pared gruesa de adobe, por los resquicios de los vidrios entraba el eco vago de algún coyote, y claro, un moribundo acompañado recriminando una mala vida antes de fallecer. Antes que el silencio se llevara el último aliento. Alguien que dejó de oír ladrar los perros.

Alumbrado con un quinqué pasaba las hojas hasta la hora de la cena. Una taza con chocolate y quesadillas, luego a mirar las estrellas, una sinfonía de luces. La belleza de la inmensidad.

Ese clamor antiguo, la hermandad. Un poema de Octavio Paz escrito a Ptolomeo el astrónomo griego, Hermandad:

"Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea".

Desde pequeño comprendí lo ínfimo de la existencia humana. Las estrellas llameantes a los lejos me lo recordaron toda la infancia, mientras ellas, me deletreaban. Mientras el universo cambiaba y cambiaba dentro de mí.

Comprendí también, que el lenguaje es una frontera. El sentido y la voluntad humana se encuentran más allá de la forma de nombrar y darle cause al mundo. Ese es el alcance real de la literatura, el no nombrar al mundo sino reorganízalo en papel, en bits.

No tengo palabras para definir mi solitaria infancia, la intimidad con las letras le arrastró fuera de las relaciones sociales. Jugué cual otro niño, pero siempre abrevó el sentido de nociones e ideas que hasta años después, muchos, comprendí.

De regreso a Ciudad de México, debajo de la cama —tal vez para apartarme del mundo o para que no supiera mi madre lo poco que me interesaba la tarea escolar— "Confesiones de una máscara" de Yukio Mishima acompañaba mis tardes.

En aquella cantidad enorme de libros, imágenes de las dos guerras mundiales —principalmente la segunda—, de la lucha racial en los Estados Unidos, de la Revolución mexicana, encontré complicidad con el protagonista y autor del libro.

Pasar por las páginas del libro fue para mí una complicidad. En las primeras páginas, Mishima habla de las imágenes que su padre traía de Europa por ser funcionario de Gobierno durante las entreguerras mundiales, las mismas que miraba en el pequeño encierro, décadas después en libros de historia y enciclopedias.

España y sus mujeres llamaron mi atención. En casa de mi abuela, infinidad de majas pintadas y muñecas adornaban las paredes y las repisas. Para Mishima los hombres. A paso de los párrafos, la descripción de la atracción, me hacía su cómplice. No tenía las palabras para entender la sensación de magnetismo carnal.

La lectura fue un diálogo, comunicación. Fue una manera de comprender sin pasar por el entender. Amistad. Cómplices al fin escritor y lector al transcurrir de las páginas.

Así, también, eliminé el concepto social de la atracción carnal y de los límites sociales del rechazo a la homosexualidad, entendida como una sensación, sentido y voluntad humana, como la mía es la heterosexualidad.

Sigmund Freud habla que infancia es destino, una obviedad detestable repetida por décadas, y esperemos que no en siglos. La infancia es arte, es literatura, es la vida trasminada en el tiempo, en la hermandad. Algo que agradezco, ese contacto prematuro con los libros y sin censura.

JFR