El mitómano

Caracteres.
pinocho, mentirasm nariz grande, mentiroso, crecer nariz

Ciudad de México

La más inocente de sus incontables mentiras (aunque no es seguro que pueda hablarse de inocencia en la manía de mentirse a sí mismo) se refiere al nombre de pila. En realidad, se llama Jerónimo. Pero él, desde muy joven y por un afán italianizante que nada en su biografía justifica, se presenta como Girólamo (con la ge pronunciada como elle).

Nadie sabe cuándo empezó a inventarse no una mera persona: una vasta personalidad. El propio Llirólamo el mitómano asegura que sus primeras palabras no fueron la edípica y tradicional mamá, ni la escatológica y culpable caca, sino el muy filosófico aserto estoy aquí, que formulado como pregunta da origen a toda una ontología.

A este mito originario se debe, tal vez, que Llirólamo se proclame filósofo en las semblanzas que los incautos moderadores leen antes de las presentaciones de libros o de las mesas redondas en las que todavía, por ignorancia o por inercia, lo invitan a participar. Y si tú, que también estudiaste la licenciatura en Filosofía y a diferencia de Llirólamo sí obtuviste el título de licenciado, le preguntas con sorna: “¿de cuándo a acá eres filósofo?”, él con filosófica suficiencia finge no escucharte.

Otras baladronadas menos probables adornan la imagen que Llirólamo se esmera en proyectar. En su juventud, que pese a haber coincidido con la tuya abarca numerosos hechos más, fue según él un sobresaliente futbolista y habría sido centro delantero del equipo universitario si no se hubiera fracturado un fémur. Poco antes o poco después, en un viaje a África, se enfrentó con un chita o con un leopardo (según la versión) al que mató o (según la versión) hizo huir a balazos. Y por esos años, aunque en un país andino, escaló no recuerdas qué alta montaña hasta cuya cima fue el primer mexicano según él en subir. ¿O el segundo?

Ejecutadas estas proezas inverificables, pero no desmentidas por su cuerpo atlético y su afición a los deportes televisivos, Llirólamo optó por la vida del espíritu. Una muy breve noveleta de iniciación, un Bildungsromancito nunca vuelto a editar, le dio a sus treinta un renombre de narrador que él se ha encargado de prolongar hasta sus sesenta.

Siempre que te lo encuentras en un coctel o en un velorio, Llirólamo te informa, sin mediar curiosidad de tu parte, que está terminando una nueva novela. O un libro de cuentos. O uno de ensayos. O incluso un largo poema narrativo.

Y a nadie, quizá ni siquiera al propio Llirólamo, lo incomoda que esas obras prometidas desde hace tres décadas no se publiquen jamás. Porque a los lectores (para qué engañarse) no les hacen falta más libros sino tiempo para leerlos. Y a los otros escritores, como a ti, no les interesa sino lo que ellos escriben. Y a Llirólamo, adepto de una filosofía que deriva según él de la de Berkeley, no le importa ser sino parecer.

Mientras haya editores que le den trabajo y jóvenes autores que asistan a sus talleres de creación literaria porque lo creen escritor, Llirólamo el mitómano está satisfecho. Según él.