La sumisión

Ambos mundos.
El escritor francés Michel Houellebecq.
El escritor francés Michel Houellebecq. (The Independent)

Ciudad de México

Sumisión es el título de la última novela del escritor francés Michel Houellebecq, probablemente el más excéntrico y extraño de los escritores vivos de la actualidad; también el más repudiado y puede incluso que odiado por el modo frío en que aborda temas durísimos, golpeando a la sociedad biempensante de su país que en el fondo es la misma de Europa y buena parte del mundo. Yo creo, pero esto es muy personal, que es el mejor novelista de hoy, al lado del español Javier Marías, aun si son como el día y la noche.

Como suele ocurrir con los libros de Houellebecq, Sumisión da en el clavo del gran tema actual de Occidente: el fracaso de los proyectos racionales de bienestar social (políticos e incluso tecnológicos) hace casi inevitable que en un futuro cercano la sociedad mire hacia atrás y reconsidere la conversión religiosa. Que tienda hacia una voz que responda a sus plegarias y acabe con el vacío de sentido que mantiene al ser humano en la soledad, el híper individualismo y la decepción. Como argumenta el filósofo Gilles Lipovetsky, la alegría material es la mayor fuente de placer, pero la felicidad del consumo pronto se agotará y ya no habrá más remedio que mirar hacia atrás.

En este contexto, la conversión al Islam de una parte de Europa, empezando por Francia, no es para nada ciencia ficción, y menos del modo en que Houellebecq lo presenta: por la vía de la entrega política, a través de un pacto entre la Hermandad Musulmana de Francia y el Partido Socialista, para enfrentar en las urnas a la ultraderecha católica del Frente Nacional. Los islamogauchistes, como los llama Houellebecq, abrirán una puerta hace tiempo clausurada en Francia por el laicismo y la concepción republicana del Estado.

Lo que observa Houellebecq es que ese hombre perdido y solitario de inicios del siglo XXI sí tiene a dónde acudir y no está solo, pero primero debe convertirse. Como en las guerras del pasado, la derrota no solo supone la pérdida del territorio, sino la conversión a nuevos dioses. En este caso es la derrota de un sistema. El hombre moderno, enfrentado a una soledad esencial y a un enorme vacío, inmerso en un narcisismo hedonista y material, busca consuelo en viejos dogmas pero antes debe entregar su alma y puede incluso que su destino. A cambio accede a algo que había perdido y es la experiencia colectiva del amor y la tranquilidad de saber que en el fondo su vida sí tenía sentido. Es lo que hace el personaje de Houellebecq, un solitario profesor de la Sorbona especialista en Huysmans, quien después de verse derrotado por la vida se convierte al Islam y encuentra alivio, un sentido a su existencia que es a la vez intelectual y erótico. Todo a cambio de la sumisión. Porque lo curioso, observa Houellebecq, es que para sobreponerse al tedio de la modernidad o a la “melancolía del saber”, el pobre ser humano, solo frente al universo, vuelve a las mismas preguntas que hace dos o tres mil años, y la respuesta está por fuera de él.