Una ofrenda a mi maestro

Cuando Héctor y Vlady fundaron la Galería Prisse, en 1952, se reunían algunos pintores que conocí en La Esmeralda y les posaba como modelo. 
laberinto julia
(Cortesía)

Ciudad de México

Conocí a doña Frida Kahlo por medio de la sobrina de Alfonso Reyes, Aurora Reyes, quien le dijo a ella: “Tengo una modelo”. En una ocasión se reunieron, y Frida le dio una tarjeta para que yo se la entregara a Antonio Ruiz, “El Corcito”. Y ahí fue donde me hice popular. Héctor no dio clases en La Esmeralda, pero por recomendaciones me solicitó como modelo. Fue a principios de los años cincuenta, cuando Héctor vivía enfrente de la Plaza de Melchor Ocampo, y justo atrás de ese edificio vivían Pita Amor y Juan Soriano. En ese entonces estaba casado con Eddia —después ya no supe qué sucedió con ella— y, años más tarde, a finales de la década, conocí a Miriam, su compañera.

Cuando Héctor y Vlady fundaron la Galería Prisse, en 1952, se reunían algunos pintores que conocí en La Esmeralda y les posaba como modelo. Estaban José Luis Cuevas, Alberto Gironella, Vlady con Isabel y Enrique Echeverría. Héctor Xavier era punto y aparte.

Con este último, la rutina era que yo llegaba para posar sin ropa por cierto, muy respetuoso y muy correcto y empezábamos a trabajar. Era un tipo maravilloso, simpático, agradable; tenía unos dientes preciosos. No era muy alto. Como todos, tenía su genio pero al momento se le pasaba. Yo le decía “Héctor, cálmate, ya no estés de escandaloso ni de chismoso…”, porque nos llevábamos así, de a cuartos. “Ay, Prieta, la que se debe callar eres tú”. Prieta para allá y Prieta para acá. Después me dijo la Güera. Yo le decía: “Eres un desgraciado, cómo me puedes decir la Güera cuando tengo un color oscuro”. “Pues te lo digo así para que te sientas segura”, me contestaba. Luego me decía: “A mí me gustan las mujeres guapas”. “Ah, pero yo no soy guapa”. “Sí lo eres. Por eso eres mi modelo”. Tuvimos una amistad preciosa.

Alguna vez, en uno de los dibujos que realizó, le dije: “Ésta no soy yo”. “Qué te importa. Yo así lo quiero dibujar”, me respondía. Y alguna vez hizo otro y me lo regaló —porque nunca le pedía nada, así lo quiso—: “Ése sí se parece a mí”. “Pinche Güera, te lo voy a regalar, te lo voy a dedicar”. Así fue como llegó el dibujo a mis manos.

Platicaba de su pueblo, Tuxpan, Veracruz, donde se juntan el mar y el río. Decía que había cangrejos de unos colores morados y rojos. Yo le reclamaba: “Desgraciado, no te los comes, porque en Guerrero sí se comen y son muy ricos”. Héctor refutaba: “No, ahí los aplastan con los autos”. Lo irónico era su personalidad. Siempre manteníamos largas conversaciones de nuestros respectivos pueblos. Nos la pasábamos platicando mientras yo posaba y seguíamos durante los diez minutos de descanso, pero lo raro es que no me platicaba de su familia. Le preguntaba: “Bueno, ¿tú no tienes familia? ¿No te parió tu madre?” Él me respondía: “Si no me hubiera parido mi madre, no estuviera yo aquí”. “Ah, bueno, menos mal”, le contestaba.

Era un hombre muy discreto; no era tan fácil de contar cosas ni la cuestión económica, aunque tuvo una época de mucho auge, fama y vendió mucho. Le preguntaba: “Oye, Héctor, por qué no das clases”. Siempre se negó a hacerlo.

Para los pintores la estabilidad económica ha sido con mucho esfuerzo, ha habido épocas de carencias, pero como las galerías y los coleccionistas han vivido de los pintores, también hubo oportunidades sobre todo cuando alguien los daba a conocer, como doña Inés Amor, por medio de la Galería de Arte Mexicano, que se relacionó con Rufino Tamayo, Carlos Mérida, Pedro y Rafael Coronel, y otros. Fue una época muy interesante, muy apacible. Se ayudaban unos a otros.

Muchos años después, cuando Héctor ya vivía en la calle de Holbein, me hablaba por teléfono. Fui en dos ocasiones a su estudio. Salíamos a caminar. Después me decía: “Lárgate”.

Esa era su personalidad. También adoraba a Miriam, que era una de las cosas que a mí me gustaba mucho. Siempre estaba hablando de ella. A lo mejor no se lo decía en persona, pero sí conmigo. Comentaba: “Es una mujer maravillosa, muy trabajadora, muy buena madre”. Le echaba flores. “Eso me gusta, Héctor, que le eches flores a la persona que está contigo, que es tu pareja”. En esa época, años sesenta y principios de los setenta, Miriam trabajaba con Inés Amor y fui testigo de todos sus embarazos. Siempre fue una mujer muy trabajadora. Yo la admiro y la he querido muchísimo porque es como mi hermana adoptiva. Aunque no nos hablemos seguido, la tengo en mi mente. Y entonces hicimos una gran amistad y por eso sé quién es.

Héctor Xavier fue un artista que me dejó enseñanzas. Principalmente que fuera yo puntual, porque él lo era. También me decía: “No hables, no oigas, no veas, porque te vas a meter a muchos estudios donde habrá otras cosas. Ni le digas a los demás pintores dónde vas a ir a posar, ni lo que viste en sus estudios”. Tengo todavía esas reglas: no veo, no oigo ni digo.

En la sala de mi casa hay una ofrenda dedicada a todos mis maestros y mi familia que me dejaron este trabajo. La mejor paga es el agradecimiento, porque vi a los grandes maestros pintarme. Entonces me preguntaba: “¿Por qué no puedo pintar como ellos?” Por ejemplo, trabajé con “El Corcito”, Francisco Zúñiga, Agustín Lazo, Raúl Anguiano, Rosa Castillo.

Hay veces que me siento en mi sala y empiezo a nombrar a cada uno de los amantes y los amigos. Les digo: “Estas frutitas son para ustedes, que vengan y se las chinguen”. Claro que me las como yo para que no se echen a perder. “Por eso las compro: para ustedes y para mí. Muchas gracias por haberme dejado este quehacer. Muchas gracias por verlos tanto. Por ver tanto pintar”. Y todo el tiempo es así. Además me siento apapachada, porque ellos me compraron obra cuando expuse por primera vez: el maestro Carlos Orozco Romero, el general Beteta, Héctor Xavier. Los precios eran de a peso, es decir, no eran caros. Era una exposición en la que cualquiera podía comprar. El cuadro más caro costaba 35 pesos. Así empezamos todos: si das barato, se puede comprar, pero no cualquiera podía comprar algo de tres mil pesos.

Héctor Xavier me enseñó muchas cosas, dándome buenos consejos, porque él era así. Tenía una facilidad para pintar. Sorprendente. Con un solo trazo, ya. Era maravilloso.