El abajofirmante

Caracteres.
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(Especial)

Ciudad de México

Un obstáculo entorpece las pesquisas sobre la personalidad del abajofirmante: su cercanía, que puede llegar a la plena identificación, con la personalidad del becario. No todos los abajofirmantes son becarios (aunque muchos quisieran serlo), pero casi todos los becarios son abajofirmantes (o lo serán).

Los hay aguerridos, voluntariosos, capaces de iniciativas al por mayor; son los abajofirmantes activos. Pero los especímenes más comunes suelen ser dóciles, obsecuentes, mejores para seguir que para conducir; en una palabra: pasivos.

Desde sus orígenes en la masificación de la prensa periódica, el abajofirmante (siempre muy sentimental) ha propendido menos a defender una causa que a pertenecer a una comunidad. Lo ideal sería que suscribieras un manifiesto porque entiendes de qué hablan quienes lo redactaron y estás de acuerdo; la verdad es que lo firmas porque los redactores son tus amigos o te gustaría que lo fueran.

La época heroica de la abajofirmancia coincidió con el progresivo relajamiento de la censura gubernamental a la prensa en las décadas de 1970, 80 y 90. El heroísmo de esa era no derivó, sin embargo, de los riesgos que asumía el abajofirmante pasivo al asociar su nombre a una causa ingrata al gobierno, sino del trabajo que, a falta de computadoras, le costaba al abajofirmante activo recabar el apoyo a sus proclamas. Cuánto esfuerzo para redactar a máquina el documento. Cuántas llamadas para conseguir las firmas. Cuánto tiempo que de otro modo se hubiera empleado en escribir.

Con el advenimiento de Internet, la abajofirmancia se volvió cosa de niños. Porque toma pocos minutos pergeñar el texto abajofirmable y difundirlo, cualquiera puede ser activo sin demasiado agobio. Y el pasivo ya no lo es tanto, puesto que retransmite el texto a sus contactos virtuales, que lo remitirán a otros, y así hasta agotar el universo de los abajofirmantes.

Pero la democratización de la abajofirmancia no ha tenido solo secuelas positivas. Ahora que es tan fácil pronunciarse sobre la causa del momento, resulta que todos somos expertos en todo. Pantólogos irresponsables, sabemos de fraudulentos algoritmos. De petróleo. De maíz. De guarderías. De festivales. De medicina forense y de la otra. Ningún tema le es ajeno al abajofirmante de corazón.

Hubo un caso paradigmático hace décadas. Herrante el abajofirmante, un novicio confundido por la humana urgencia de ver su nombre en el periódico junto a los de gente que apreciaba, suscribió en la misma semana dos desplegados sobre la misma causa. Lo cual no hubiera tenido mayor interés, de no ser porque uno de los documentos se manifestaba a favor de esa causa y el otro en contra.

Que arroje la primera descalificación quien no haya suscrito un solo texto de cuyo contenido no sabe apenas nada. De cuyas aseveraciones discrepa. Con algunos de cuyos abajofirmantes detesta coincidir. Tú, que te precias de mantenerte al margen, la arrojarías si no reconocieras que en una o dos ocasiones habrías querido que te invitaran a abajofirmar.