Miguel Ángel: la victoria y la muerte

Empieza a circular en México una monumental biografía del artista italiano, de la que MILENIO ofrece un fragmento.
"Miguel Ángel. Una vida épica", comienza a ser distribuido en México bajo el sello de Taurus.
"Miguel Ángel. Una vida épica", comienza a ser distribuido en México bajo el sello de Taurus. (Luis Miguel Morales C. )

México

A los 37 años de edad, Miguel Ángel Buonarroti ya había creado La Piedad, David y El Juicio Final en la Capilla Sixtina, quizá sus obras más emblemáticas. Se le consideraba el mejor artista de Italia y, con ello, de los más importantes del mundo, pero al mismo tiempo fue el mejor ejemplo de las relaciones entre el arte y el poder, en particular de la Iglesia romana.

“No faltan motivos para tenerle aversión a Miguel Ángel Buonarroti. Es fácil comprender el comentario de Giovanni Battista Figiovanni según el cual no habría bastado la paciencia de Job para lidiar con aquel hombre durante un día entero”.

Las palabras son de Martin Gayford, quien durante años investigó la vida de Miguel Ángel (1475-1564). Hizo una biografía que oscila entre el reconocimiento a la obra del artista y la mirada a un ser humano que sus enemigos llegaron a considerar, por decir lo menos, arrogante y extravagante.

Durante sus casi seis décadas de vida creativa, Miguel Ángel enfrentó y se hizo cómplice de los personajes más importantes en la historia europea en una etapa que el especialista llama “el paso del Renacimiento a la Contrarreforma”. De allí el título del volumen de alrededor de 600 páginas: Miguel Ángel. Una vida épica, que comienza a ser distribuido en México bajo el sello de Taurus.

De acuerdo con el crítico de arte de las publicaciones The Spectator y The Bloomberg News, uno de los objetivos del libro era conjugar la enorme bibliografía ya existente sobre el personaje, una documentación que conspiraba “para dificultar la visión del hombre y de la obra como un todo coherente”.

Con la autorización de Penguin Random House, MILENIO  ofrece un fragmento de esta obra:

El final

Durante unos meses más Miguel Ángel siguió al mando de las obras de la basílica de San Pedro, pero la vida se le estaba escapando de las manos. El 28 de diciembre de 1563 escribió una última carta a Lionardo Buonarroti dándole las gracias (por una vez, gentilmente) por “doce excelentísimos y deliciosos quesos de marzolini” y disculpándose por no haber respondido a varias cartas de su sobrino, pues ya no podía utilizar la mano para escribir. Murió solo seis semanas más tarde.

Algunas semanas antes de que muriera Miguel Ángel, el 21 de enero, el Concilio de Trento había emitido un decreto exigiendo que se taparan aquellas partes de El Juicio Final consideradas obscenas. El trabajo comenzó en agosto de ese año, emprendido por el amigo de Miguel Ángel, Daniele da Volterra, que les puso brague, o paños menores, a varias figuras. El proceso de cubrir la desnudez de las creaciones de Miguel Ángel con suspensorios y briznas de paños voladores se prolongó durante siglos, al menos hasta la década de 1760.

Pese a todos los esfuerzos de Miguel Ángel y sus admiradores, a largo plazo sus intenciones para el diseño de la basílica de San Pedro fueron desestimadas. La cúpula la completó en 1580-1585 Giacomo della Porta, que aumentó su altura y su curvatura, e introdujo otros cambios. Medio siglo después de la muerte de Miguel Ángel se realizó una alteración mucho más drástica: se añadió una nave, como siempre habían deseado numerosos clérigos. En consecuencia, el efecto de conjunto quedó transformado tanto interior como exteriormente. La iglesia que había construido Miguel Ángel solo puede verse por detrás, en los jardines del Vaticano, a los que se permite acceder a muy pocos visitantes.

Al igual que la tumba de Julio II, San Pedro del Vaticano acabó siendo, al menos en parte, un fracaso. En otros sentidos, sin embargo, a la muerte de Miguel Ángel le sucedieron triunfos. En Florencia, cuatro meses después de la llegada de su cadáver y de su entierro, en marzo, se celebraron unas magníficas honras fúnebres. Se erigió un catafalco de diecisiete metros de alto en la iglesia de San Lorenzo, adornada con figuras reclinadas del Tíber y del Arno para simbolizar sus dos centros de actividad, cortinajes, otras estatuas y un ciclo de pinturas con escenas de su vida, poco menos que si se tratara de un santo: su encuentro con Lorenzo de Médici en el jardín de las esculturas; su construcción de las fortificaciones de San Miniato; pintando El Juicio Final; escribiendo poesías; presentando su modelo de la cúpula de San Pedro a Pío IV. Una inscripción lo describió como “el máximo pintor, escultor y arquitecto que nunca viviera”.

Cuatro siglos y medio después, habrá quien ponga en entredicho alguna que otra de tales afirmaciones, pero hay algo indiscutible. Miguel Ángel transformó todas las artes en las que trabajó, pero hizo algo aún más fundamental: gracias a su ejemplo y su ambición sin límites, transformó la noción de lo que podía ser un artista. Quizá sea ese el mayor de sus logros.