“Hace falta un hedonismo político”: Michel Onfray

Primero quiso trabajar como conductor de ferrocarriles, y solo como alternativa se matriculó en la universidad. Fue ahí donde su relación con la filosofía.
El pensador y escritor francés Michel Onfray.
El pensador y escritor francés Michel Onfray. (Cortesía)

Ciudad de México

La pasión por la filosofía del pensador y escritor francés Michel Onfray (1959) resulta en principio insólita. Su madre era ama de casa y su padre agricultor. De hecho, primero quiso trabajar como conductor de ferrocarriles, y solo como alternativa se matriculó en la universidad. Fue ahí donde su relación con la filosofía —dice— surgió como un amor a primera vista. Lo que le interesaba, siguiendo las enseñanzas de su maestro Lucien Jerphagnon (1921-2011, autor, entre muchos otros libros, de Los dioses nunca están lejos), era la erudición al servicio de la práctica. Según sus primeras lecciones, no se trataba de hacer erudición por hacerla, sino de encarnar la filosofía en la vida cotidiana. “Traté entonces de saber lo que era ser epicúreo en la Antigüedad y trabajar sobre un texto, refinar la traducción de una frase, de un verso, por ejemplo, de Lucrecio. Aprendí que se podía ser epicúreo y que ello tenía efectos en la vida cotidiana, y esto fue para mí una revolución porque pensé que si una vida epicúrea era posible entonces había que intentar llevarla adelante día a día, en los detalles. La universidad nos enseña una filosofía que no es practicable, una filosofía teorética: el placer consiste en la teoría misma y no en la práctica”.

Autor de más de 40 libros sobre filosofía, arte, ética, pedagogía, el amor y la política, Onfray reconoce que en su juventud no sabía que la enseñanza de la filosofía es ideológica. “Cuando uno tiene diecisiete años no está al tanto de la historiografía que nos enseñan, porque los historiadores de la filosofía nunca escriben una historia de las historias, en este caso de la filosofía. Así que había que preguntarse por qué un día un filósofo se considera importante y al otro no; por qué se dice que Demócrito era un presocrático cuando sobrevivió 40 años a Sócrates. En la historia de la filosofía no se enseña por qué Epicuro escribió más de 300 libros y sin embargo no nos queda casi nada, apenas tres cartas —una a Meneceo, otra a Pitocles y una más a Herodoto— y algunas máximas. Tampoco se dice por qué Epicuro desapareció y sin embargo se conservó todo Platón. ¿Por qué no se hace historiografía, por qué no nos enseñan los detalles? Por eso me propuse, según avanzaba el tiempo, hacer yo mismo una historiografía de lo que no se contaba en la universidad, o sea, hacer una historia de las historias de la filosofía, proponiendo mi propia historia”.

Hace más de una década, Onfray creó la Universidad Popular de Filosofía en Caen, Normandía, para enseñar la filosofía alternativa o de forma alternativa. Por ejemplo, estudiando a los filósofos olvidados. En esto ha consistido su Contrahistoria de la filosofía, un corpus histórico-reflexivo sobre el devenir del pensamiento hedonista (materialista, sensualista, existencialista, utilitarista, pragmático, ateo, corporal, encarnado) en seis volúmenes —cuatro de ellos traducidos al español—, en oposición a la historiografía “oficial” de la filosofía idealista (en su triple fórmula: platónica, cristiana y alemana), que tiene como finalidad sacar a la luz un continente sumergido desde hace siglos que, desde los gnósticos licenciosos o el epicureísmo cristiano hasta los libertinos barrocos, los ultras de la Ilustración, el socialismo dionisiaco y el nietzscheísmo de izquierda, se desarrolla en el caos de la filosofía como material en bruto de acuerdo con el principio del rizoma deleuziano. “Hay una ruptura total entre la Antigüedad y la Modernidad cuando de un lado encontramos una filosofía practicada y de otro una filosofía que ya no se practica. El cristianismo rompe esa forma de proceder y hacer, porque la filosofía de la Antigüedad, ya sea Tertulio o San Agustín, era una forma de vivir filosóficamente, y no se escribían libros para comentarla. Un libro tenía una economía particular en la filosofía antigua: uno escribía un libro para saber lo que había que hacer, lo que había que practicar. Cuando Epicuro escribe tratados sobre todo tipo de temas, hay que leerlos y comentarlos, pero sobre todo vivirlos. No era solo el caso de Epicuro, sino el de todos los filósofos. Los estoicos, los cínicos, los escépticos, eran filósofos que invitaban a llevar una vida filosófica. Y eso significaba vestirse de una cierta manera, cortarse el pelo de una cierta forma, comer unas cosas y no otras. Entre los pitagóricos; por ejemplo, se llevaba lino o no se llevaba; los cínicos portaban una barba larga, un abrigo y una vara para castigar a los discípulos. Por tanto, en la Antigüedad la filosofía no representaba una actividad exclusiva para teóricos. El filósofo no hablaba a filósofos de profesión, sino primero al hombre y a la mujer comunes. Se trataba de convertirse, una expresión filosófica que tiene que ver con el vocabulario de la filosofía antes de que se usara como vocablo religioso: uno se convierte a la filosofía. Entramos, nos hacemos filósofos porque llevamos una vida filosófica, y a partir de ese momento se es. Uno no es un funcionario filósofo de nueve a cinco, no toma vacaciones o se jubila. No. La filosofía está 24 horas en la vida, en todo lo que uno hace, en lo que es”.

Onfray ha dedicado más tiempo al profesorado que a la filosofía como tal. Esa es la razón por la que creó la Universidad Popular de Caen. “Me di cuenta de que había una historia de la filosofía más o menos oficial, hegeliana, que consiste en enseñar sin decir cómo se enseña. Conocemos la historia, de un linaje espiritualista, judeocristiano, que va de Pitágoras hasta Heidegger pasando por Platón, Aristóteles, San Agustín, los padres de la Iglesia, Descartes, Kant, el idealismo alemán y la filosofía pura y dura que se estudia en la universidad. Pero a mí lo que me interesa es la contrahistoria; es decir, filosofías contemporáneas que no se enseñan. Hay nombres que nunca escuché en la universidad, donde pasé ocho años. Cuando me hice doctor nunca había oído hablar de Gassendi, de Lorenzo Valla o del utilitarismo de Maupertuis, filósofos que he abordado en mi Contrahistoria de la filosofía, cuyo objeto es demostrar que hay un linaje incompatible con el cristianismo”.

El dualismo, que habla de cuerpo y alma, es la filosofía compatible con el cristianismo —recalca Onfray—. Platón, el pitagorismo, en cierta forma el estoicismo y la filosofía del dolor, se conocen y estudian. Platón se ha copiado, recopiado y transmitido a través del corpus que, antes del cristianismo, era compatible con él. Por eso, argumenta, tenemos las obras completas de Platón y no tenemos nada de Epicuro, el personaje que está enfrente, que desarrolla una filosofía radicalmente ajena al cristianismo. “Respecto a la moral epicúrea, la quintaesencia del pensamiento de Epicuro es esencialmente materialista. Es un pensamiento que nos dice que solo hay átomos que caen en el vacío y que todo es un producto atómico; es la ordenación de partículas lo que crea dioses, botellas de agua, seres humanos, la voz y el hecho de que podamos comunicarnos. Todo es materia en la física epicúrea. Los átomos caen en una lluvia vertical y no se tocan, aunque un día uno de los átomos puede no seguir la vertical: se cruza con otro átomo y produce el mundo. Me refiero al clinamen, un puro efecto de la física. Cuanto menos sabe uno más fe profesa y cuanto más se avanza en el saber menos susceptible es uno de arrodillarse ante los dioses”.

En este sentido, para Onfray la filosofía no es una cuestión de filósofos. “La filosofía no es de dialécticos o de teóricos, ni de instituciones ni de profesores, sino una cuestión de vida filosófica: cada uno, si lo desea, sin ser filósofo de profesión, puede hacerse filósofo. La filosofía no está pensada para los profesores y puede llegar a cualquier lugar. Y la forma de vivir es la forma de comer, de tener relación con los demás, con la gente que se ama. Por tanto, hay una relación con el tiempo, con el honor, con las riquezas. Es toda una sabiduría de rabiosa actualidad y esta exposición es todo un manifiesto ético y político para hoy y para mañana. Epicuro está más vivo que nunca”.

En cuanto al estado de la filosofía actual, si responde a los problemas del mundo o más bien se olvida de ellos, Onfray dice que “No podemos hablar de filosofía, sino de los filósofos, ya que hay filósofos ateos y filósofos creyentes; filósofos cristianos y filósofos musulmanes; filósofos de derecha y de izquierda; filósofos cómplices de los poderosos, ya sean de derecha o de izquierda, y rebeldes a todos los poderes; filósofos conservadores o reaccionarios y filósofos progresistas. De modo que hay siempre un filósofo para decir una cosa y uno que dirá lo contrario. Pero no pidamos a los filósofos que se preocupen de la verdad, porque a la mayoría le da igual. Los banqueros, los genios de las finanzas, los jefes de Estado, los mafiosos, soltarían una gran carcajada si les habláramos de filosofía”.

En este sentido, Onfray considera que ciertos filósofos justifican el liberalismo. “Bernard-Henri Lévy, por ejemplo. Por mi parte, no tengo ningún deseo de elegir entre un tirano capitalista y liberal y un tirano marxista y autoritario. No hubiera escogido ni a Estados Unidos ni a la URSS durante la Guerra Fría, y ahora tampoco elegiría entre liberales y marxistas. Yo me quedo con el socialismo libertario. Soy socialista frente a los liberales y libertario frente a los marxistas”.

¿Son entonces el epicureísmo y el hedonismo una respuesta a la ausencia de placer, al trabajo como el máximo valor de nuestras sociedades? “Hace falta, en efecto, pensar la sociedad en términos hedonistas, pero no respecto al hedonismo consumista contemporáneo, que es la ley de nuestros días, sino respecto del hedonismo filosófico: el hedonismo del ser contra el hedonismo del tener. Hace falta un hedonismo político que sea social: ‘la mayor felicidad para la mayoría’, según la fórmula del siglo XVIII, que supone la participación, la solidaridad, la fraternidad, la mutualidad, la cooperación y otros valores de la izquierda libertaria”.

En suma, la propuesta filosófica de Onfray comprende un nuevo humanismo, una nueva manera de enseñar la filosofía y, por tanto, de concebir la educación. “Mi proyecto es global. He consagrado al menos un libro a cada cosa que, entiendo, constituye los cimientos esenciales de un edifico hedonista: a la ética con La escultura de sí. Por una moral estética (1991); a la política con Política del rebelde (1997) y El postanarquismo explicado a mi abuela (conferencia de 2012); la estética con Arqueología del presente (2003); la bioética con Magias anatómicas (2003), la pedagogía con Antimanual de filosofía (2001), Devolverla razón popular y La comunidad filosófica (2004). Esto revela entonces una posible coherencia sistemática de una teoría hedonista”.

Una teoría de la que no es ajena la pareja, el amor y el matrimonio. “La pareja, al menos como funciona hoy, es una imagen inventada por el cristianismo. Antes del triunfo del cristianismo las parejas existían solo para juntar a propietarios de familias. El amor no tiene nada que ver con el matrimonio y la sexualidad también está disociada del matrimonio. El amor aparece más tarde. El cristianismo no nos pide amor. San Pablo nos dice que hagamos como él: nada de sexo. El matrimonio es una forma inventada por san Pablo para intentar aprisionar el deseo a falta de poder destruirlo. Creo que hemos neurotizado los cuerpos a partir del cristianismo. Primero se dice a los hombres que hay que parecerse a Jesús. Una ficción pues Jesús no tiene cuerpo; solo come símbolos y alegorías. El cuerpo de Jesús es un anticuerpo y uno tiene que imitar ese anticuerpo, tener el cuerpo de un ángel. También se puede imitar al Jesús de la Pasión y entonces hay que imitar a un cadáver que es crucificado, que tiene una corona de espinas, que tiene una herida en la costilla. Así que hay que imitar a un ángel o a un muerto. Y a las mujeres se les dice: hagan lo que hizo María, ser virgen y madre de familia. Por tanto, hay un modelo antierótico. Hay eróticas hindúes como el Kamasutra, o eróticas japonesas para saber lo que es la sexualidad, las posturas que conducen al placer, las técnicas de respiración. Pero entre los cristianos no hay erótica; hay que parecerse a un cadáver, a un ángel o a una virgen que tiene hijos. Si con eso es con lo que hay que hacer una pareja, es evidente que nada puede funcionar. Nietzsche propuso una forma contractual en la que cada uno debe inventar su sexualidad, inventar su pareja, pues lo que vale para uno no vale para el otro. En Lucrecio hay, incluso, una disociación entre el amor y la procreación. Hoy en día es posible tener hijos sin sexualidad (mediante la procreación in vitro) o sexualidad sin hijos; se puede tener sexualidad sin amor o amor sin sexualidad. Lucrecio inventó estas configuraciones tan distintas y pensó en la pareja como un ser contractual. ¿Y qué hay en el contrato? Pues sencillamente lo que uno ponga. La filosofía política de Epicuro casi no se conoce porque sus textos desaparecieron, pero en las tres máximas que quedan se hace referencia al contrato, que encontramos en Rousseau, quien lo obtuvo de Hobbes quien a su vez de Epicuro. La teoría del contrato social es anticristiana. Si la política es contractual, se trata de algo inmanente, horizontal, algo que tiene que ver entre seres humanos. Yo creo que puede inventarse una pareja en función del cuerpo, el temperamento, la libido. Por tanto, propongo que cada uno ejerza actos que inviten a conocerse a sí mismo, a saber quién se es fisiológica, sexual, libidinalmente, y a partir de ello busque a quien le convenga. Entonces podremos inventar una pareja contractual. La pareja puede parecerse a lo que queramos hacer con los deseos. Lo dijo Nietzsche cuando habló de inventarnos nuevas posibilidades de existencia. Tras los excesos del post 1968 hay lugar para un contrato libertario que cada uno deberá inventar en función de lo que quiere y puede; por tanto, hay que conocerse a uno mismo y al otro, crear un lenguaje común. No es la pareja la que nos hace; somos nosotros los que hacemos a la pareja. Esta es la teoría del cuerpo amoroso”.

Interrogado sobre las consideraciones de Byung–Chul Han, el filósofo alemán de origen asiático, quien sostiene que al hombre contemporáneo le corroe la búsqueda de éxito, y a quien el sistema neoliberal le ha interiorizado la represión, lo que le provoca depresión y cáncer, Onfray sentencia: “Creo que el Occidente judeocristiano se encuentra al final de su civilización; es lo que explica el nihilismo contemporáneo. Mil años, si se quiere mil 500 años, son el tiempo de una civilización. La nuestra está perdida. Le ha llegado su hora. Una barbarie se anuncia, y tiene la característica esencial de destruir los libros y de abolir al lector en beneficio de una tiranía de la pantalla que formatea la multiplicidad en una sola manada dócil”.