Mezcaleros erigen biblioteca en el Valle de Oaxaca

La comunidad aporta dinero propio y recibe apoyos de algunas empresas.
Para realizar la obra, los vecinos practican el tequio, es decir, el trabajo comunal.
Para realizar la obra, los vecinos practican el tequio, es decir, el trabajo comunal. (Javier Ríos)

Oaxaca

Diana Paola Méndez, niña de nueve años, sonríe cuando habla de la biblioteca que se construye en su barrio, El Rosario. Ella y más de 200 niños que habitan en Santa Catarina Minas, Oaxaca, viajan una hora diariamente para asistir a la escuela en el centro del municipio. Cuando terminen la secundaria tendrán que trasladarse a Ocotlán, un pueblo todavía más lejano, y para la universidad tendrá que ir a la ciudad de Oaxaca —si a su papá le alcanza el dinero.

Otras opciones para Diana y esos niños es emigrar a la Ciudad de México o a Estados Unidos o, definitivamente, no estudiar.

“¿Cómo generar el interés en los niños y los jóvenes por seguir estudiando cuando no tienen los recursos, cuando ir a la escuela te cuesta una hora de ida y una hora de regreso, cuando tu papá gana 150 pesos al día y tú necesitas 80 para ir al bachillerato? Es casi imposible”.

Quien habla es Graciela Ángeles Carreño, pobladora de este municipio y productora, junto con su familia, del mezcal Real Minero. Ella, junto con otros siete mezcaleros, está invirtiendo el ciento por ciento de sus ventas en una biblioteca para mejorar el futuro de la comunidad. “Esto es posible porque, a pesar de que está de moda esta bebida, aquí casi nadie vive de ella. Todos combinan su producción con otras actividades, como la agricultura o el comercio”, dice Carreño.

“Aquí los niños —explica Jacobo Márquez, director de la empresa Sabrá Dios, que gestiona recursos y promueve la venta del mezcal de esta zona— empiezan a trabajar desde muy pequeños en el campo; pero si empezamos a darles más educación, a generarles otra visión, a dotarlos de más herramientas y mejores técnicas, les brindaremos mejores oportunidades.

“El problema no se va a resolver de un día para otro, pero en algún momento debemos empezar, porque gran parte de los abusos que aquí se dan, sobre todo ahora con el boom del mezcal, es que a los pobladores los hacen firmar contratos totalmente injustos. Como no saben leer, los engañan, y cuando no saben firmar les piden su huella digital. ¿Qué decía el contrato? No saben, y resulta que cedieron todos los derechos de su producción, por ejemplo”.

Sin profesionistas

El año pasado se constituyó la asociación civil La Biblioteca El Rosario; en enero de 2014 el señor Constantino Damián López Barriga cedió un terreno de 4 mil metros cuadrados, ubicado en la loma más alta del barrio. Con ayuda de la empresa Sabrá Dios y a través del fondeo de la Transformadora Ciel y otros donativos, se han reunido recursos para iniciar la construcción.

El proyecto de la biblioteca incluye un salón para ensayos de la banda musical infantil Los luceritos de El Rosario y una explanada para representaciones escénicas, entre otras instalaciones.

También se tiene proyecto un salón para talleres, donde se enseñarán técnicas nuevas para sembrar. Asimismo, se recuperarán conocimientos ancestrales que se han perdido, como las ahora denominadas “técnicas de ecoconstrucción”, que incluye la fabricación de adobe con guarape, fibra sobrante de la destilación del mezcal.

“Lo que se hace es mezclar arena con tierra arcillosa y la fibra del agave, que en el caso de esta comunidad productora de mezcal se utiliza en lugar del excremento de burro habitual en otros lugares. Aquí le echan el residuo de la destilación, una especie de miel, para darle más cuerpo; es un aglutinante perfecto”, dice el arquitecto de la obra, Alejandro Muñoz.

Por el momento ya se cuenta con los cimientos de la biblioteca, un muro de contención, adobes y materiales como madera, piedra, tierra y paja. Además, Francisco Toledo está haciendo una selección de los libros que estarán en la biblioteca.

“Piensas que poner una biblioteca significa que todo mundo querrá venir a leer, pero no es cierto. Yo nací aquí, sigo viviendo aquí y sé que el problema más grande es que mientras tú no le enseñes a los niños que hay un mundo inmenso por explorar, por conocer, el niño va a crecer pensando que esto es el mundo”, dice Graciela Ángeles Carreño.

Por su parte, Juana Arango, también vecina del barrio, quien sabe que El Rosario no tiene un solo profesionista, dice sobre la biblioteca: “Yo comprendo que sí la necesitamos nosotros, porque, pues, ni yo ni mis hijos sabemos leer, pero quisiera que mis nietos y mis bisnietos vayan arriba. No es justo que, debido a que nosotros no sabemos, los hijos no sepan; ahorita ya todo va muy diferente: a fuerza de letras se hacen las cosas”.

Además de los donativos económicos y en especie, cada mes visitan la construcción estudiantes, en su mayoría de arquitectura, aunque la convocatoria (www.consultorio.coa.wordpress.com) está abierta para todas las personas que deseen aportar su trabajo o tequio.

“Yo estoy bastante orgulloso de que se esté haciendo este proyecto. ¿Por qué? Porque eso les va a dar mucho a los niños y jóvenes: van a tener ahí libros que les van a servir de mucho. Muchas personas que me conocen ya están juntando libros para la biblioteca, y se entusiasman porque dicen que es muy difícil que en un pueblo se haga este tipo de cosas”, dice Lorenzo Ángeles Mendoza, maestro mezcalero.

Así es como a principios de 2015 estará listo este nuevo recinto, en el que Diana Paola Méndez podrá leer esas historias que tanto le gustan, como Los animales no usan ropa, uno de los contados libros que ha podido leer.

Numeralia libresca

Un millón de pesos, costo de la construcción.

800 mil pesos, lo que se lleva invertido.

Mil libros, los que tendrá la biblioteca.

200 niños, público potencial del inmueble.