Volver al país

Ambos mundos.
Ambos mundos.
(Especial)

Ciudad de México

Creo que fue a Juan Villoro a quien le oí una ingeniosa frase: “Siempre que te encuentras a un mexicano en Europa te dice que regresa a México el miércoles próximo”. Esto es algo que México comparte con Francia: los escritores mexicanos y franceses viajan por el mundo, pasan temporadas aquí o allá, pero luego regresan, indefectiblemente, a vivir en su país. Trátese de Malraux o de Octavio Paz, o Sergio Pitol, o Carlos Fuentes, incluso de Rimbaud, que escapó con odio de Francia y de Europa durante años, pero volvió a ella para morir. Houellebecq intentó vivir un poco en Irlanda pero acabó regresando. El único francés que oficialmente no vive en Francia es J. M. Le Clézio, una excepción, como lo es en tantas cosas.

Esto a los colombianos nos parece curioso porque en nuestro caso fue más bien al revés: la mayoría de los escritores vivieron fuera del país y muchos murieron en esos exilios voluntarios. Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Porfirio Barba Jacob vivieron y murieron en México. Rufino José Cuervo murió en París, donde vivió sus últimos diecisiete años de vida. Y autores vivos como Fernando Vallejo, Luis Fayad o Laura Restrepo han vivido la mayor parte de sus vidas por fuera. Y así muchos más. ¿Por qué? Sin duda Colombia —y esto en el fondo es una obviedad— no contaba con los mismos atractivos culturales de México o de Francia, ni a nivel de medio ambiente ni mucho menos de infraestructura, y por eso quienes encaminaban su destino por las lides del espíritu y la letra tarde o temprano debían salir, migrar hacia ecosistemas más favorables, pues el país se les quedaba pequeño y resultaba asfixiante.

La experiencia de mi generación fue también de viajes y lejanía. Muchos escritores se formaron —nos formamos— viviendo por fuera, en París o Nueva York o Londres o Barcelona. En mi caso podría decir que fue una pura intuición de lector: ¡estaba harto de leer fotocopias! En la triste Bogotá de principios de los ochenta no se conseguía casi nada en librerías. No exagero si digo que el 80% de lo que leí en cinco semestres de Literatura fue copiado de la biblioteca. La situación era insostenible y por eso cuando llegué a Madrid y fui a la Casa del Libro tuve alucinaciones. Y no solo eso: en España los escritores eran personas respetadas, a diferencia de la Colombia de esos mismos años, donde la sociedad biempensante consideraba que querer ser escritor era equivalente a graduarse de bohemio y de vago. Huyendo de esa ingrávida atmósfera autores como Tomás González, Héctor Abad o Juan Gabriel Vásquez, y muchos otros, incluyéndome, decidieron irse, y por eso hoy, cuando incluso a mí me llegó la hora del regreso, compruebo que casi todos los que se fueron ya han vuelto, y que hasta Fernando Vallejo compró una casa en Medellín. ¿Será que, entre los muchos cambios que se nos avecinan, nos llegó a los escritores colombianos una especie de “momento mexicano” con nuestro país? Ojalá esté justificado, aunque aún está por verse.