Mero parloteo "La historia de mis dientes"

Seis libros componen La historia de mis dientes. En apariencia, siguen la huella a ratos picaresca y a ratos sobradamente inocua de Gustavo Sánchez Sánchez, el "mayor héroe" de Ecatepec de Morelos.
La historia de mis dientes
La historia de mis dientes (Especial )

México

No hay nada que esperar de la más reciente novela de Valeria Luiselli; nada, por supuesto, asociado a la inteligencia creativa o, cuando menos, a un par de horas de entretenimiento. Un lector bien intencionado podría objetar al botepronto estas líneas iniciales. ¿Nada hay en verdad que esperar de una novela escrita por quien ha sido saludada como la nueva revelación de las letras hispanoamericanas, como —según la opinión de Francisco Goldman— "la precoz dueña de una maestría deslumbrante"; nada de quien ha sido ungida por Granta y El País? No, nada, con todo y la alharaca mercadotécnica que desde la publicación de Papeles falsos (2010) se levanta cada vez que aparece impreso el nombre de Valeria Luiselli.

Seis libros componen La historia de mis dientes (Sexto Piso/ Conaculta/ INBA, México, 2013). En apariencia, siguen la huella a ratos picaresca y a ratos sobradamente inocua de Gustavo Sánchez Sánchez —o Carretera—, el "mayor héroe" de Ecatepec de Morelos. Avanzan eslabonando a toda velocidad, siempre a contrarreloj, una peripecia tras otra hasta producir una suerte de "autobiografía dental". Porque se trata de los dientes y Carretera ha dedicado su vida a maldecirlos por prematuros, o impresentables o podridos, o de plano a llorar su ausencia. Fin del argumento.

Si he dicho "en apariencia" es porque La historia de mis dientes no es más que un tributo al mero parloteo. Resulta que Carretera, después de una infancia y una juventud miserables, después de servir 19 años como guardia privado en una fábrica de jugos y de adquirir "la sagrada dentadura de la mismísima Marilyn Monroe" —a ésas vamos—, se convierte en "el mejor cantador de subastas del mundo", un maestro en la elocuente disciplina de transferir el valor emocional de un objeto a su valor comercial. Vende, en otras palabras, historias, sí, de dientes. Ya que no ha recibido los honores que cree merecer, Carretera siente la compulsión de hablar —o hacer valer sus mercancías— sin tregua. No es un ser a quien definen sus acciones sino el empleo incontinente de las palabras. De este modo, Valeria Luiselli va acumulando viñetas que pugnan en vano por alcanzar la profundidad del ensayo: de tanto confiar en el humor por el humor mismo funcionan apenas como ocurrencias. Es lo que ocurre cuando la risa se toma tan a la ligera que estalla en una gracejada. El acto de narrar queda reducido así al acto de parlotear sobre las peripecias dentales de algunos escritores coleccionables, da igual si se trata de Platón y Montaigne que de Borges y Vila–Matas.

Un espíritu que aspira a lo carnavalesco se pasea con desenfado por La historia de mis dientes. Uno se resigna a ver a Carretera coleccionando ligas y clips, presenciando una subasta en la cual un plátano alcanza el precio insospechado de 750 pesos, alimentándose de café soluble y galletas chinas. Pero la resignación es un dispositivo de mecha corta. Es difícil mantener la serenidad cuando encontramos que un vecino se llama Julio Cortázar, el operador de pasteurización responde al nombre de Salvador Novo, el de servicio a clientes pasa por Joselito Vasconcelos, el pobre diablo que termina por conducir la novela es Beto Bálser, etcétera, etcétera. Valeria Luiselli invoca a medio centenar de figuras menores, medianas y poderosas de la literatura haciéndolas interpretar el papel de comparsas, con la suficiencia de la hechicera que transforma a una bestia salvaje en un perrito faldero. Al diablo con la tradición, al diablo con la sacralización, podría argumentar Valeria Luiselli. Muy bien. ¿Pero es que su "maestría deslumbrante" no conoce mejor modo de manifestarse que el de sumar momentos de humor bobalicón?

El Libro II, en el cual Carretera despliega su talento de merolico, responde a esa debilidad por la acumulación. Una de las viñetas —o argumentos de venta— refiere las penurias bucales de Virginia Woolf. Carretera sostiene su dentadura atormentada y, antes de pedir 8 mil pesos por ella, cuenta cómo Virginia Woolf padeció en silencio el diagnóstico de su psiquiatra, quien "elucubró una teoría según la cual sus males sentimentales provenían de un exceso de bacterias acumulado en torno a las raíces de sus dientes". Las dentaduras a subasta de Charles Lamb, Rousseau, Petrarca..., en fin, saltan a escena a la sombra de discursos ingenuamente disparatados. Valeria Luiselli tiene derecho a saber que, más que una novela sobre los dientes —ah, Joyce; ah, Nabokov; ah, Martin Amis, brillantes desdentados—ha escrito una broma de mal gusto porque ha confundido la gracia con una sesión ad nauseam de chascarrillos que solo podrían celebrar los amigos.

La historia de mis dientes cierra con 18 fotos que consignan el paso de Carretera por las calles y las moradas de Ecatepec de Morelos, la clase de aditamentos con los cuales la voluntad de impresionar toma el lugar de la voluntad de narrar. Otra cosa: cada uno de los seis libros inicia con un epígrafe en caracteres japoneses —a saber si fueron traducidos correctamente o son otra broma de mal gusto—. ¿Cómo es que al pie del colofón no se le ocurrió a Valeria Luiselli incluir además un boleto para participar en una rifa para asistir con todos los gastos pagados a la final de la Copa de Futbol en Brasil? Si no una recompensa, de perdida la lectura habría tenido un acicate material.