Mentiras verdaderas

Cuando irrumpe con violencia, nos deja sumidos en el más profundo caos y descontrol.
Slavoj Žižek.
Slavoj Žižek. (EFE)

México

En su documental A Pervert’s Guide to Cinema, Slavoj Žižek interpreta de la siguiente manera la escena inicial de Blue Velvet, de David Lynch: el padre del protagonista riega apaciblemente el hermoso jardín de su perfecta casa cuando sufre un infarto. En ese momento, Lynch cambia la perspectiva para mostrarnos la infernal vida subterránea que yace debajo del césped impecable, y vemos el ajetreo incesante de gusanos y otras criaturas que nos resultan repugnantes por el mero hecho de existir. Para Žižek, representan el sustrato de lo real que se encuentra sumergido por esa ficción llamada realidad en la que desarrollamos nuestras vidas. Cuando irrumpe con violencia, nos deja sumidos en el más profundo caos y descontrol.

En años recientes, algo similar ha ocurrido con la narrativa occidental de la democracia liberal, que en un despliegue de gran arrogancia incluso llegó a considerarse como el “fin de la historia”. Con una ironía que recuerda al aprendiz de brujo que desata fuerzas que después ya no consigue controlar, las nuevas tecnologías han desembocado en filtraciones como las de Wikileaks, Edward Snowden, Sony Pictures y, más recientemente, las del mayor banco del mundo, HSBC, que han fungido como una violenta irrupción de lo real, agujereando sin remedio la narrativa global en cuanto a cómo está estructurado el mundo. Es manifiesto que lo filtrado no aporta nada que en el fondo no intuyéramos pues ¿en verdad sorprende constatar que las potencias se comportan como si el mundo fuera el tablero de un juego de mesa cuyo fin es el de acumular para sí mismos la mayor cantidad de poder y de recursos posibles? ¿Sorprende leer la correspondencia de dos altos ejecutivos de Sony Pictures que se burlan de que Obama sea negro y lo equiparen a un esclavo? ¿Sorprende conocer que HSBC aconsejaba de manera sistemática a sus clientes sobre cómo evadir impuestos a través de paraísos fiscales (por no mencionar las revelaciones de hace unos años que revelaron una trama gigantesca de lavado de dinero)? El efecto duradero de todo lo anterior no yace tanto en abrirnos los ojos a una realidad que desconocíamos, sino en volver inviable la ficción de que nuestro mundo está estructurado a partir de una serie de preceptos y valores universales, que aplican de igual manera para todos los seres humanos, un poco como si a media función el ayudante de un mago desvelara frente al público el mecanismo que sostiene a los trucos que los maravillan. Quizá uno de los principales rasgos necesarios para los políticos, empresarios, sacerdotes y potentados financieros del futuro no consista en exigirles transparencia y que no mientan, sino en educarlos con rigor para que no arruinen nuestra fantasía y por lo menos aprendan a mentir mejor.