Mentiras que matan /I

Es un drama que se convierte en la fotografía mordaz de una sociedad contradictoria, donde se demuestra lo terribles y dañinas que son la ignorancia, la intolerancia y la mentira.
Fotografía de una sociedad contradictoria.
Fotografía de una sociedad contradictoria. (Especial)

México

Hay varias razones para hablar de Robert Mulligan, entre ellas que el próximo día 20 es el aniversario de su fallecimiento, lo cual es un buen pretexto para analizar una de sus películas, que es, quizá, la más intensa de la industria estadunidense: Matar a un ruiseñor.

Está basada en la novela de Harper Lee, con la que obtuvo el premio Pulitzer en 1961; el guión es del también novelista Horton Foote, autor de la novela The Chase, en la que se basó Lillian Hellman para escribir La jauría humana, película dirigida por Arthur Penn. Todo está conectado por el contenido: es un drama que se convierte en la fotografía mordaz de una sociedad contradictoria, donde se demuestra lo terribles y dañinas que son la ignorancia, la intolerancia y la mentira.

Cabe mencionar algunos elementos: la actuación de Gregory Peck es una lección en la caracterización; Mary Badham, en el personaje de Scout, pone la piel chinita; la escenografía nos deja con la boca abierta; la fotografía en blanco y negro es perfecta, y la dirección de Mulligan le valió el premio especial en el Festival de Cannes de ese año.

Pero donde hay que detenerse es en la quintaescencia de esta obra maestra: el guión. Allí está el quid del asunto: nadie hubiera logrado nada sin el trabajo de Horton Foote, pues hace que los detalles que parecen insignificantes, como el pago en especie que hacen los campesinos al abogado, sirvan para otorgarle fuerza a la historia y ayuden al desarrollo de los acontecimientos para lograr un clímax.

La acción transcurre en un poblado sureño a principios de los años treinta, época de la Depresión, cuando la pobreza y el desempleo están extendidos en Estados Unidos. Ahí está Atticus Finch, viudo que deja a sus hijos Jem, de diez años, y Scout, de seis, pasear por cualquier parte del pueblo, pues sus múltiples quehaceres como abogado no le permiten atenderlos.

Los niños son, en buena parte de la película, los personajes principales, pues los acontecimientos se ven desde su punto de vista: primero nos enteramos a qué juegan —se meten en una llanta que hacen rodar por la calle—; sabemos qué piensan de sus vecinos, como que creen que el papá de Bú —el apodo del joven Arthur— es el hombre más malo del mundo porque trata mal a su hijo; los niños piensan cosas terribles de Bú y eso les da miedo.

Al principio creemos se trata de cosas de niños, pero cuando un adulto apoya lo que dicen, los autores han creado expectativas y Bú se nos transforma en un ser de dos metros que se alimenta de gatos, que tiene una cicatriz en el rostro y babea.

 

“Matar a un ruiseñor” (Estados Unidos, 1962), dirigida por Robert Mulligan, con Gregory Peck y Mary Badham.