Memorias sentimentales

Narrador, poeta y ensayista, Emmanuel Carballo fue uno de los críticos literarios más destacados del país. Lo recordamos con un texto publicado en el suplemento Laberinto.
El jalisciense falleció el pasado 20 de abril en la Ciudad de México. Mantuvo un estrecho vínculo con el ámbito cultural nuevoleonés, especialmente a través de la UANL.
El jalisciense falleció el pasado 20 de abril en la Ciudad de México. Mantuvo un estrecho vínculo con el ámbito cultural nuevoleonés, especialmente a través de la UANL. (Archivo Emmanuel Carballo)

México

Mi primer acercamiento fallido al sexo ocurrió en Guadalajara en los tiempos en que estudiaba el segundo y último año de bachillerato en el Instituto de Ciencias. Habituado a que me expulsaran de algunas escuelas en las que estudié, cuando los jesuitas me pusieron de patitas en la calle estuve de acuerdo con ellos: tenían poderosas razones para actuar de esa manera. Mi buena suerte no tuvo límites: me concedieron, además de unas largas vacaciones, derecho de examen. Mamá, para que me repusiera de semejante golpe, me envió con una amiga suya que administraba en Santiago, Colima, el hotel Anita.

Allí conocí y traté superficialmente a una pareja de recién casados: Edmundo O’Gorman y la Chacha Rodríguez Prampolini. Creí ver en ellos la manera de ser y vivir (desenfadada, libérrima) de los intelectuales de la Ciudad de México. No estaba del todo equivocado. Además, pese a las excelencias, la Chacha no fue el prototipo de las mujeres que pronto empezaría a cortejar.

Semanas después me instalé en la hacienda de unos cercanos parientes míos, los González Chávez, en San Isidro Mazatepec, donde comencé a leer y escribir con cierto orden y a lo largo de varias horas todos los días.

En un ropero semiabandonado descubrí el segundo tomo de las memorias de Vasconcelos, La tormenta. Aún hoy, a muchos años de distancia, recuerdo que gocé y sufrí las alegrías y los dolores de este hombre que se entregó completamente a una mujer sin pensar en el día de mañana ni tampoco en el día de ayer. Canceló su pasado amoroso y como los lotófagos de la Odisea no quiso saber qué le pasaría al día siguiente. En 1958, un año antes de su muerte, traté con cierta intimidad a Vasconcelos: en sus mejores momentos, y acuciado por mí, el de carne y hueso se parecía al de papel y tinta.

Mis borradores de esos meses fueron abundantes en número de cuartillas y reducidos en calidad de los escritos: un resumen campanudo de mis ridículas vivencias y experiencias y versos, muchos versos que copiaban servilmente al López Velarde menos valioso.

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Nunca me he acostado con prostitutas, casi siempre con mujeres amadas y deseadas. Para mí el sexo no ha sido sólo una necesidad carnal sino una urgencia del espíritu.

Mi vida sentimental ha sido un tanto heterodoxa: comencé por el matrimonio y posteriormente practiqué el noviazgo. Me remonto a los años de mi adolescencia. A partir de entonces y durante varias décadas soporté un atolondrado complejo de Edipo. La dedicatoria que le puse a El cuento mexicano del siglo XX es elocuente: “A doña Tula que me enseñó entre otras cosas a equivocarme solo”.

Acodado en el ventanal del segundo piso de la Escuela de Derecho de la Universidad de Guadalajara vi pasar, por la avenida Juárez, a la mujer más demoledoramente atractiva que conocí en mis primeros 18 años, Catalina Santana. Como pavo real desfilaba todas las tardes frente a la escuela con un solo propósito: retar con su belleza a los alumnos y deleitarse en su fuero interno con los piropos y majaderías que le lanzábamos excitados e incontrolables.

Catalina era una mujer extraña, de asombrosos ojos verdes y cuerpo perfecto que entallaba en vestidos ajustados y llamativos. En la Facultad los estudiantes de los primeros grados tratamos de aproximarnos a ella, inaccesible y déspota. Me gustó desde la primera vez que contemplé su belleza altanera y en el fondo desprotegida. Me acerqué a ella y le dije lo que un muchacho ávido puede decir a una mujer, pocos años mayor, por la que siente un deseo creciente y una curiosidad impostergable.

Pronto nos hicimos amigos. Dejé de asistir a las clases vespertinas para acompañarla en largos paseos sin rumbo. A su lado recorrí zonas enteras de la ciudad, desde el Parque de la Revolución hasta los confines de las Colonias, el sector residencial ubicado al poniente de la ciudad.

Catalina era una mujer misteriosa que no permitía a sus admiradores penetrar en su yo profundo. Se envolvía en sus complicaciones (unas verdaderas, otras ficticias) y, como una nueva Emma Bovary, nos daba como joyas sus humildes cuentas de vidrio.

No puedo decir que descubrí sus enigmas, sí que me percaté de algunas de sus complejidades: Catalina trataba sin conseguirlo de sobreponer a su verdadera personalidad (lujuriosa dentro de la más estricta castidad) una imagen devaluada de sí misma. Pese a sus aspavientos de mujer corrida era una virgen profesional. Deseaba que la viéramos no como era sino como ella se miraba a sí misma: una mujer hollada por los hombres (no en el cuerpo sino en el alma), hacia los cuales sentía un rencor bien educado e inextinguible.

Al oscurecer la acompañaba a su casa a bordo de un humilde camión de la ruta Oblatos–Colonias. Catalina habitaba en el oriente de la ciudad, en una zona pobre; ella que se sentía dueña de todo lo que abarcaban sus escandalosos ojos verdes.

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Mi primer amor real, de carne y hueso, fue Laura Villaseñor, 11 años mayor que yo. Era una mujer bella e inteligente. Un defecto físico congénito, el de tener una pierna más corta que la otra, la hizo retraída y recelosa. Creía que al verla la gente se burlaba de ella, sobre todo los hombres. Por esta razón dedicó su vida al estudio: cursó una carrera universitaria y fue una formidable lectora de literatura y ciencias políticas. Enemiga de su clase, se acercó a las reuniones inacabables de la gente de izquierda. Como tantos jóvenes tapatíos de la segunda mitad de los años treinta y principios de los cuarenta se entusiasmó con los discursos, entre didácticos y artísticos, de Vicente Lombardo Toledano.

Cuando la conocí durante una fiesta informal en el consultorio de su hermano Carlos, supe en ese momento que nuestras vidas no podían seguir, de allí en adelante, caminos diferentes. Se lo dije, y ella estuvo de acuerdo. Nuestro noviazgo formal fue breve e intenso.

Laura fue para mí, además de una revelación amorosa, una maestra de tiempo completo: a su lado fui el alumno más atento en literatura, historia del arte y nociones de política.

El deseo de estar juntos las 24 horas del día nos llevó pronto a un doble matrimonio, civil y religioso; éste último celebrado en una cripta–panteón a la hora en que los parranderos apenas se dirigen a sus casas. La elección de esa hora, las 8 de la mañana, era una mofa de la sociedad en que vivíamos y de nuestras prejuiciosas familias necias.

La hermosa vida que vivimos en Guadalajara, que duró escasos dos años, de pronto se vio interrumpida por una posibilidad más o menos al alcance de la mano: obtener una beca del Centro Mexicano de Escritores, auspiciado entonces por la Fundación Rockefeller. Me concedieron la beca y nos mudamos a la Ciudad de México el 15 de septiembre de 1953. Esta ciudad fue la tumba de mis convicciones de joven provinciano y el trampolín que me impulsó a ser el que ahora soy.