“Me concibo como un autor que escribe para todos”: Antonio Ortuño

Además de la charla que este medio sostuvo con el escritor jalisciense se presenta el fragmento del primer capítulo con el que inicia la novela que se presentará el 30 de noviembre en la FIL.
Antonio Ortuño anunció que presnetará su libro en la FIL
Antonio Ortuño anunció que presnetará su libro en la FIL (Cortesía)

Guadalajara

Méjico ya vio la luz, qué es lo que tuvo que pasar para llegar a este momento?

Caray… varios años, no de trabajo articulado y continuo. Tal vez ocho... por diversos motivos dejaba y volvía al texto. Finalmente lo concluí a principios de este año, en todo ese tiempo me involucré en varias épocas hasta que logró redondearse…

Y el resultado ¿cuál fue?

Una especie de thriller e historia de aventuras. No tengo pudor en describirlo de esta forma. Hay mucha literatura contemporánea que es contemplativa y busca la no acción o la acción por otros medios. A mí me interesa que sea dinámica… el accidente…  que se desenvuelva la historia en muchas otras. Espero que la gente se entretenga y que se mantenga en el filito del asiento esperando cómo se va resolviendo la trama. Espero dialogar con el lector. Me concibo como un autor que escribo para todos, no para pequeños grupos de élite pero busco que si me leen encuentren elementos interesantes en la estructura y en otros detalles..

¿De dónde surge el interés de abordar temas como la violencia y la Guerra Civil española? 

Mi madre murió el año pasado, era española. Mi familia se vino a vivir a México después de la Guerra española. Méjico es una novela que hila dos historias que ocurren en países que sufren convulsiones políticas y sociales. Está la historia de la familia de los Almanza que tiene que salir de España por la Guerra Civil y la historia de  Omar un descendiente de ellos que en el México contemporáneo debe salir huyendo también de la violencia y la impunidad que es objeto hacia España...

¿En qué se diferencia de tus otras obras?

Los primeros libros los escribes un poco de manera azarosa porque no sabes cómo hacerlos, después te planteas varios retos. No me arrepiento de ninguno. El libro nuevo tiene más que ver con quien es uno en ese momento. Este me gusta porque tiene una dinámica narrativa que puede abrir en el lector un diálogo interesante y cuenta con recursos narrativos que tratan de alejarlo del tedio. Hay un juego que trato de hacer con un lenguaje mexicano contemporáneo y otro que tiene que ver con el español de mis abuelos y el de mi propia madre así como de los autores que ellos leían y frecuentaban. Lo que yo he publicado hasta ahora es ficción pero creo he utilizado herramientas del periodismo que me ayudan a desarrollar la historia.

MÉJICO
Guadalajara 1997
A LA SEGUNDA DETONACIÓN SE SUPO MUERTO.
No por herida directa, físicamente imposible pues se había ocultado como un gato bajo la cama de la habitación del fondo, sino porque era evidente que si el Mariachito estaba vivo lo trituraría. Y si no, se encargaría el Concho, ese malencarado súbdito suyo.
Ingratitud: antes de preocuparse por la suerte de Catalina decidió huir y, en pocos segundos, recordó (y así recuperó) el cajón donde guardaba una armónica heredada que no tocó nunca y el pasaporte español, carátula roja y hojas amarillentas, sin estrenar y a punto de vencerse, porque lo que urgía era irse al fin del mundo y hasta decidió desde cuál teléfono público llamaría al ejecutivo del banco –era necesario avisar del viaje para que no le bloquearan la cuenta corriente, se alarmó ya en la primerísima hora de lo que sería su intento de huida. 
El dinero de la cuenta, no sobra decir, estaba a su nombre porque Catalina lo escondía para el Mariachito o quizá porque la cantidad atesorada, sin duda excesiva, era algo así como su salario, la contraprestación le llamaría un abogado, que percibía por acostarse con el tipo, y alguna clase de escrúpulo la obligó a desentenderse y ocultarlo bajo la identidad de alguien más. 
¿Cómo saberlo? A Catalina le gustaba burlarse de su amante pero no decía más que lo indispensable sobre la naturaleza de sus relaciones. Algo muy turbio debía suceder entre ellos porque cualquier referencia a sus negocios terminaba entre susurros. 
La tarjeta del banco era azul, brillante y su propio nombre y firma la decoraban. Aunque el dinero era el menor de los inconvenientes. El más temible sería la cólera del sirviente: ese hijo de puta acechante, siempre listo para escupir un cuágulo de saliva, ese malnacido que, sin remedio, iba a romperle el culo, a machacarle el rostro, a joderlo bien jodido por haberse quedado, a la vez, huérfano de patrón y expuesto.
Porque cuando la policía diera con los cuerpos y rebuscara en los archivos de la tienda, el Concho tendría que salir por patas. A menos, claro, que la policía también estuviera en el bisnes del saqueo de trenes. O fuera completamente incapaz de echar luz en el asunto. Que imposible no era. 
Se dilataba el silencio. Ni Catalina clamaba por ayuda, como se hubiera esperado si respirara aún, ni el invasor se arrastraba en pos de su escondite. Abandonó al fin la guarida, tembloroso y precariamente vestido; no había sido fácil recolocarse la ropa bajo el camastro, porque estaba desnudo como un filete cuando entró el atacante y Catalina, aterrada, le rogó que se metiera en algún rincón para intentar que su mentira se mantuviera en pie. 
Y ahora se sabía cadáver.

Págs. 15-17