La mirada de Steve McCurry

Antes que lucrar con los tragedias del mundo, este fotógrafo ha transparentado la fuerza del espíritu humano en medio del drama, por ello pertenece al selecto grupo que ha llevado su disciplina a ...

México

Decía Vladimir Nabokov que la curiosidad es la insubordinación en su forma más pura. El curioso intenta ir más allá de la mera apariencia, profundiza, trasciende. Steve McCurry es un maestro en estas lides. A lo largo de más de tres décadas este osado trotamundos se ha dedicado a encontrar la dignidad humana aún en los sitios más conflictivos del planeta.

A su forma de ver a mujeres y hombres se le deben algunas de las placas más emblemáticas de la historia, varias de las cuales son parte del libro Las mejores fotografías de Steve McCurry (Phaidon, 2013).

“Esencialmente mi trabajo consiste en conectar a las personas entre sí, más allá de su raza, religión o lenguaje”, ha comentado el artista. Sus imágenes lejos de caer en la apología del pobre o de redundar en el drama de la guerra, se guían por la necesidad de reivindicar la fortaleza que supone reponerse ante la adversidad y la tragedia.

Cansado de tomar fotografías en fiestas de graduación para periódicos escolares, y después de coquetear con el cine documental, McCurry juntó un poco de dinero para viajar a la India. Aquella sería la primera de muchas incursiones en Medio Oriente. Del otro lado del mundo su vocación tomó un segundo aire. Conoció la guerra de primera mano y aprendió a hacer del riesgo un eterno compañero de ruta.

En 1978, mientras estaba en Nueva Delhi, un par de desconocidos le convidaron a mostrar al mundo la situación de miseria y violencia prevaleciente en Afganistán. Motivado por la curiosidad, McCurry aceptó, incluso antes de saber que la única manera de ingresar al país era vía ilegal. Quince días fueron suficientes para conseguir un material invaluable. Escondió los rollos en sus calcetines y ropa interior para esquivar a los vigilantes e impedir que le confiscaran la película.

Sus reveladoras placas fueron su pasaporte a revistas del calibre de Paris Match, Times, Newsweek, Life y National Geographic, esta última habría de ser su principal vitrina. Desde entonces no ha dejado de pisar territorio afgano, ha vuelto en varias ocasiones y de todas las maneras posibles, disfrazado, con papeles y sin ellos. De hecho fue ahí donde tomó su fotografía más famosa, La muchacha afgana (1985). Hoy la pieza es un clásico de la disciplina, su trascendencia fue tal que el propio McCurry se dio a la tarea de, tiempo después, buscar a la niña retratada. Pasaron años, antes de que en 2002 descubriera que responde al nombre de Sharbat Gula. Para dejar testimonio del episodio National Geographic produjo el documental, En búsqueda de la mucha afgana. “Me causó una gran alegría descubrir que seguía viva en un país tan devastado. Cuando caminé hacia ella esperaba ver a esa niña de 12 que fotografíe y cuando la vi me impacto ver cómo había cambiado físicamente y en su gesto. Me alegro de haberle ayudado. Con la primera imagen reunimos un millón de dólares para ayudar a niñas afganas”, declaró entonces el fotorreportero.

Su método de trabajo no es secreto. A través de los rostros y el manejo de color Steve McCurry imprime el sello de su casa. Nunca usa el blanco y negro; siempre pone atención en las miradas. Se alimenta de la calle y la espontaneidad que ofrece. Acostumbra intercambiar dinero por una pose. La relación con sus personajes es horizontal, si no conoce el idioma consigue intérpretes locales para comunicarse. El destino lo define su propia curiosidad. No investiga demasiado sobre el lugar en turno para evitar decepciones.

McCurry tiene más vidas que un gato y siempre cae de pie. Lo han arrestado en doce ocasiones; en Afganistán le dispararon; lo golpearon en la India y estuvo a punto de morir ahogado ahí mismo; en Bosnia, el ultraligero en que volaba sufrió un percance. Gajes del oficio, diría él.

Frente a sus ojos han pasado guerras en Centroamérica, Asia, los atentados a las Torres Gemelas. La tentación de lucrar con el drama ha estado al alcance de su mirada y no lo ha hecho. Desde temprano puso en el foco de su obturador el rescate de la belleza aun en las situaciones más extremas. Sus fotografías cuentan historias donde siempre cabe un halo de esperanza. No es que sea un promotor del optimismo, simplemente es un defensor de la estética como elemento redentor.

Todavía en 2013, cuando fue invitado a ser el fotógrafo del Calendario Pirelli —publicación que reúne a grandes fotógrafos con cotizadas modelos—, hubo quienes dudaron de su capacidad para desenvolverse fuera de su campo natural. El resultado sorprendió a propios y extraños. Sus imágenes son algo más que chicas guapas semidesnudas.

Miembro de la mítica agencia Magnum, Steve McCurry pertenece al selecto grupo de fotorreporteros que llevaron su disciplina a niveles artísticos. Aún ahora, cuando el drama es lo que vende y se privilegia aquello que pasa en televisión o YouTube, sus tomas conservan fuerza y vigencia, quizá porque a través de ellas se filtran la crónica y la historia, pero sobre todo respeto por el otro.