Intersticios: El Único y sus cadenas

En el caso de Stirner, su defensa del egoísmo absoluto, basada de inicio en la idea de que no hay mayores ególatras que Dios y que el Estado, no encaja con las posturas actuales del ...
El libro clásico  de Max Stirner
El libro clásico de Max Stirner (Especial)

México

Como bien apunta Roberto Calasso en el ensayo que escribió sobre El único y su propiedad, de Max Stirner, lo raro en el caso de pensadores como Stirner o como Nietzsche es que no hubieran sido enarbolados por causas o regímenes de todo tipo, incluida, sobre todo en el caso de Nietzsche, la famosa y burda asociación entre su pensamiento y el nazismo. Y es que frente a la manía moderna de clasificar y encasillar todo de la manera más aséptica posible, la aparición de un pensamiento atípico, inquietante, que de ser tomado en serio sacudiría nuestra concepción de nosotros mismos y del mundo, genera tal rechazo que, además de la táctica preferida de ignorarlo, la otra vía más sencilla para neutralizarlo consiste en adherirlo a alguno de los moldes preconfigurados con los que pensamos y actuamos en el mundo.

Así, en el caso de Stirner, su defensa del egoísmo absoluto, basada de inicio en la idea de que no hay mayores ególatras que Dios y que el Estado (pues exigen obediencia y sumisión absoluta e incondicionales), no encaja con las posturas actuales del individualismo a ultranza, que en el nombre de la libertad de acumular en realidad instaura y defiende un régimen que en el nombre de todos enriquece y beneficia a una élite cada vez más reducida. Stirner contrapone la idea délfica del autoconocimiento con la idea moderna de individuos que actúan como poseídos por el mandato de códigos racionales y seculares, que al perseguir fantasmas niegan su cuerpo y se niegan a sí mismos, siempre en aras de metas cambiantes que por definición jamás alcanzarán: “En el frontispicio de nuestro siglo no se lee ya la máxima délfica: ‘¡Conócete a ti mismo!’, sino: ‘¡Explótate a ti mismo!’”.

Si la modernidad le cortó la cabeza a Dios y al Rey, fue solo para sustituirlos por ideas igual de esclavizantes, en cuyo nombre se justifican y legitiman atrocidades iguales o peores que aquellas que estaban llamadas a combatir. Como contrapartida al individuo gregario, Stirner propone el Único, el sujeto que hace suyos sus deseos y pensamientos, que no espera un código moral o social que le dicte cómo ha de vivir, sino que se atreve a valorar y aceptar las consecuencias de sus actos. El Único de Stirner no quiere ni todo para sí ni ceder ante cualquier impulso, y privilegia la asociación y la fraternidad electivas, nunca impuestas ni mezquinas. Quiere simplemente poder ser él mismo, no más, pero tampoco menos, y cortar las cadenas sociales y mentales que lo atan a una vida correcta, prefigurada y decidida en lo esencial incluso desde antes de su nacimiento.