Mathias Goeritz, la emoción artística

Este arquitecto, escultor y escritor de origen alemán que encontró en nuestro país cobijo para su creación, es fundamental en la historia de la arquitectura mexicana de la segunda mitad del siglo XX.

Ciudad de México

Salir de una exposición sin dejar de sonreír, eso sí que no tiene precio. Una sonrisa de satisfacción; una que devuelve literalmente el alma al cuerpo, que nos reconcilia con el arte desde la emoción y el concepto, nos devuelve la fe. Al salir de la muestra El retorno de la serpiente de Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional, que se presenta en el Palacio de Cultura Banamex (Palacio de Iturbide), en la Ciudad de México, uno ya no es el mismo, uno ya está tocado por la sensibilidad y la inteligencia de este artista alemán, nacido en Gdansk en 1915 y fallecido en México en 1990, que encontrara en nuestro país su hogar y un laboratorio donde explorar y desarrollar sus ideas, la gran mayoría de avanzada. Sin duda, un creador que supo leer el Zeitgeist (espíritu del tiempo) y tomarle ventaja.

Como espectador, reconforta contemplar las más de 500 piezas (pintura, escultura, fotografía, maquetas, documentos y dibujos, entre otros), de esta retrospectiva-homenaje de un artista que, harto de las mañas de los ambientes creativos de su época, se atrevió a criticar, a jugar y, sobre todo, a hacer. Porque Goeritz nos recuerda (y que no se nos olvide) que el arte del siglo XX es conceptual, que la inteligencia se ejercita y que el humor es una herramienta que no debemos dejar oxidar.

Goeritz usó ese sentido del humor como una herramienta para indagar su presente, herramienta que sumada a su curiosidad intelectual —que le era distintiva e instintiva— integró materiales y procesos novedosos (véase sus láminas perforadas o sus esculturas en madera Las puertas a la nada), y su arquitectura emocional lo confirma. Ávido lector de su tiempo, exploró el espacio tanto como la escritura (fue un practicante devoto de la poesía concreta), siempre jugueteando con el pensamiento.

En su éxodo fue dejando huella: en España, la Escuela de Altamira y un discurso histórico frente a los miembros de la Academia Breve de Críticos de Arte, en donde les recordó que la crítica debe ser crítica y no antropología ni sociología. No es difícil imaginar que su paso por dicha academia fue fugaz, subrayando la falta de crítica de los críticos. Esa capacidad de análisis está presente en su obra que hoy nos es un deleite contemplar. Su plástica es inteligente, no solo en discurso, sino en el uso de materiales y en la problemática que plantea. Su trabajo cuestiona al espectador y genera una cadena de preguntas que son el eje de su quehacer artístico. Es un preguntón. Más que las respuestas, genera más preguntas, ése es el motor de su proceso. Y así, de pregunta en pregunta exploró pintura, escultura, arquitectura y poesía.

Esta curiosidad inteligente es la que atrapa al visitante y la que explora con una minuciosidad académica y curatorial Francisco Reyes Palma, quien con una discreción —ya poco practicada entre los curadores— propone una lectura compleja y completa de Mathias Goeritz. El espectador contempla al artista, y esta aproximación, en la era del reinado de los curadores, es de una elegancia casi en desuso.

Si bien los chilangos (y antes los tapatíos) hemos convivido con Goeritz aún sin saberlo (las Torres de Satélite, el Museo Experimental El Eco, sus poemas concretos en la colonia Juárez —hoy destruidos— la Ruta de la Amistad, el Pedregal de San Ángel, los tapices-biombos inspirados en la cultura huichol en el Museo Nacional de Antropología, los vitrales en Catedral Metropolitana que duraron pocos años) es un descubrimiento para generaciones jóvenes y un gozo para los más grandecitos reencontrarnos con una exposición rigurosa y atenta al valor visual de este artista fundamental en la historia de la segunda mitad del siglo XX en México. Las piezas en exhibición son una extensión del diálogo continuo entre teoría, experimentación formal y matérica y una reflexión constante entre lo público y lo privado (su aportación al urbanismo).

Recorrer esta exposición nos lleva directamente a buscar sus escritos, no solo sus manifiestos de los Hartos y de la Arquitectura Emocional, sino los publicados en revistas, periódicos, catálogos, en los que reflexiona sobre el arte, el espacio, la poesía y en los que explora distintos conceptos a través de la obra de artistas mexicanos y extranjeros. Sus textos son parte fundamental de su tarea, una extensión de su humor y de plantear preguntas. Al leerlo es fácil entender por qué fue invitado por la Universidad de Guadalajara para abrir la Escuela de Arquitectura (así es como llegó a este país) y más tarde, a dar clases en la Universidad Iberoamericana. Su labor pedagógica también fue fundamental en la internacionalización del pensamiento de las generaciones posteriores; sobre todo, Goeritz planteó la necesidad de un diálogo más argumentativo.

Esta exposición —exhibida ya en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, y que itinerará al Museo Amparo, en Puebla— celebra el centenario del natalicio de este artista de origen alemán, quien encontró en el mundo hispano (España y México), un impulso y un cobijo para realizar su obra.

Cabe señalar que a la muestra actual se le añadieron piezas que la enriquecen, consolidando el argumento curatorial e invitando al visitante a sumergirse en el universo de Goeritz, en el cual la emoción no está peleada con el conocimiento, y cuya obra también cuestiona la función del autor y su relación con la comunidad.

Para quienes creen que lo conceptual es repelente a lo estético, o para quienes consideran que la estética ya no debiera ser hoy una preocupación del arte, ver esta exposición es un reto y una lección: la sociología del arte no es lo mismo que la creación artística. También es un recordatorio para quienes creen que la única función del arte es ornamental y que las ideas no importan. Un artista se cuestiona, reflexiona y problematiza.

Mathias Goeritz es un (h) artista harto que nunca dejó de trabajar ni de cuestionar ni de polemizar. Esa personalidad y ese enfoque está presente en esta retrospectiva —la más completa hasta la fecha— en la que el espectador se conmoverá por la propuesta atrevida y vanguardista, y porque su obra, como poca, nos toca el espíritu a través de las ideas.

El retorno de la serpiente de Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional.

Palacio de Cultura Banamex, Ciudad de México, hasta septiembre de 2015.

Museo Amparo, Puebla, México, octubre de 2015 – febrero de 2016.