La arquitectura emocional de Goeritz vuelve a brillar

'El retorno de la serpiente' será inaugurada hoy en Madrid; después se exhibirá en el DF y Puebla.

Madrid

El legado más importante que dejó el artista mexicano de origen alemán Mathias Goeritz (Danzig, 1915-México, 1990) es la noción ampliada de obra de arte, que va más allá del producto final de lo que se suele considerar como tal, un legado "de absoluta actualidad", dice a MILENIO el historiador de arte, crítico y curador mexicano Francisco Reyes Palma.

"Para Goeritz el proceso de creación es fundamental, pero también el efecto que produce, de manera que se puede apreciar cómo tuvo en cuenta muchos elementos a la hora de concebir sus obras, a las que podríamos enmarcar en el concepto de arte de mediaciones, en el que el museo, la historia, las religiones son elementos afectivos y emotivos, entre otros que forman parte de la obra", sostiene Reyes Palma.

El también curador de la exposición El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional, que hoy se inaugura en el Museo Reina Sofía, explica que "lo que define esta exposición es la multiplicidad de miradas respecto a la obra de Goeritz, cuya riqueza apela a la necesidad de crear espacios, obras y objetos que causaran al hombre moderno la máxima emoción frente al funcionalismo, el esteticismo y la autoría individual, algo que abre muchas posibilidades de considerarlo política, estética y estratégicamente desde la lógica de un nuevo tipo de arte".

La muestra —que reúne más de 200 obras entre dibujos, bocetos, maquetas, fotografías, esculturas y cuadros, entre los que destacan La serpiente de El Eco (1953) o el excepcional cuaderno manuscrito con contactos pegados de obras realizadas en Marruecos y España entre 1941 y 1947— revela el carácter experimental, analítico e incluso lúdico de la producción del artista, y se centra principalmente en el período de Goeritz en México, a donde llegó en 1949 procedente de España; se instaló primero en Guadalajara, y al año siguiente se trasladó de manera definitiva al Distrito Federal.

"En México", sostiene Reyes Palma, "ha habido una especie de eclipsamiento de Goeritz a partir de la disputa con el arquitecto Luis Barragán (por la autoría de las Torres de Satélite), y todo se ha centrado en una cuestión que lo único que hace es empobrecer la obra de Barragán y la obra de Goeritz. Se olvida que fue una relación muy fructífera y casi simbiótica, aunque no al grado de no saber quién hace qué. Para ello hay que revisar los libros de 1968 para atrás, donde se ven todas las obras de Goeritz que están firmadas y después empiezan a ser de otros arquitectos".

Por su parte, Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, subraya que Goeritz "estableció un diálogo con el arte de los lugares donde vivió. En México había una hegemonía del muralismo cuando llegó, y la guerra fría significó también una guerra simbólica entre un realismo de corte pedagógico y el arte basado en el gesto y la abstracción. Es en ese contexto donde entra Mathias Goeritz, quien resulta esencial para comprender que no hay una sino muchas modernidades".

Tras su exhibición en España, la exposición viajará a México, donde se presentará para conmemorar el centenario del natalicio del artista en el Palacio de Cultura Banamex del 27 de mayo al 20 de septiembre de 2015, y posteriormente en el Museo Amparo de Puebla.

CLAVES PARA ENTENDER UNA OBRA

Francisco Reyes Palma aclara que son dos las claves para entender esta exposición: primera, la arquitectura emocional —concepto que congrega diversos medios como pintura, escultura, diseño de muebles y arquitectura para realizar un mismo poema visual monumental— con el que comienza esta exposición y que tiene su punto de partida con la creación del museo El Eco (1952-1953), fundado por Goeritz y que define toda su obra posterior.

Segunda, la noción de guerra fría, un arte de confrontación que permite al curador dar a la muestra una solidez visual con quiebres en los que se presentan obras de otros artistas con fines de diálogo, entre ellos Henry Moore, Carlos Mérida, Germán Cueto, Alexander Calder, Joan Miró y Ángel Ferrant, este último como parte de un capítulo especial sobre la presencia de Goeritz en España, donde fundó en 1948 la llamada Escuela Pictórica de Altamira, un movimiento artístico que intentaba dar impulso a un sector de vanguardia: los nuevos prehistóricos, cuya abstracción poética se alimentaba del modelo de formas primigenias y primitivas.