Mentiras que matan /II

Una noche cruzan la cerca de la casa que les causa terror para asomarse por la ventana, y por atrás aparece la sombra de 'Bú' como un Nosferatu: los ojos de los niños lo dicen todo.
Lo importante: equilibrar la narrativa.
Lo importante: equilibrar la narrativa. (Especial)

es un gran personaje: hay un halo de misterio a su alrededor, atrae porque ha sido descrito por la imaginación de dos niños a los que causa miedo y por ende atracción. Espiarlo se vuelve seductor.

Una noche cruzan la cerca de la casa que les causa terror para asomarse por la ventana, y por atrás aparece la sombra de como un Nosferatu: los ojos de los niños lo dicen todo. Pero la sombra ni siquiera los toca y desaparece como entró; los niños huyen, pero a Jem se le atora el pantalón en la cerca y tiene que quitárselo. Ya escondidos, Jem quiere evitar la tunda de su padre si ve que llega sin pantalón, y le pide a Scout que se quede mientras regresa por la prenda. Scout quiere acompañarlo pero Jem la convence de que se quede, le pide que cuente hasta diez y estará de regreso.

Guionista y realizador son la sinergia para tener atrapado al espectador. La forma en que está resuelta la secuencia acrecienta el suspenso: Scout cuenta del uno al diez sin perder de vista el hueco de la barda por donde desapareció su hermano; cuando llega al trece, un disparo, la alarma de Scout y la música dramática hacen pensar en lo peor. Entonces aparece Jem con el pantalón en la mano, se lo pone y se integran a los vecinos histéricos por el disparo, pues el papá de Arthur dice que alguien andaba merodeando por su cerca. Al otro día, Jem platica a Scout que cuando regresó por sus pantalones los encontró a un lado, bien doblados y no sabe quién lo hizo.

¿Por qué director y guionista decidieron resolver este último momento con diálogo? Esto demuestra que los cánones de la dramaturgia cinematográfica viven en función de cómo el artista quiere contar su historia, no se trata de seguir el manual que dicta el "abc", sino que lo importante es equilibrar la narrativa.

En el cine, el uso excesivo de diálogo ha sido vituperable, pero aquí hay un resarcimiento, pues da información que ayuda a involucrarnos; por eso Mulligan se ciñe al guión preocupándose en cómo se va a ver la película y en medir la actuación para no dejar que se escape la intensidad de las manos.

El juez del condado pide a Atticus se haga cargo del caso Tom Robinson, un negro acusado de golpear y violar a una mujer blanca; es el primer punto de inflexión, una situación que va a aparecer a lo largo de la película. El señor Ewell, un borracho empedernido, es quien acusa. El conflicto crece, pues Atticus sospecha que Tom es inocente.

El universo de los niños y la defensa de un negro, dicho de manera despectiva, nos tiene sumergidos en la historia.

Matar a un ruiseñor (Estados Unidos, 1962), dirigida por Robert Mulligan, con Gregory Peck y Mary Badham.