El regreso del Divino Marqués

En Saint Germain Des–Pres se exhibe el manuscrito de Los 120 días de Sodoma o la escuela del libertinaje, que escribió en la prisión de la Bastilla en 1785.
Marqués de Sade.
(Especial)

Ciudad de México

Donatien Alphonse François de Sade (1740–1814) ataca de nuevo y París le sirve una vez más de escenario: en Saint Germain Des–Pres se exhibe el manuscrito de Los 120 días de Sodoma o la escuela del libertinaje, que escribió en la prisión de la Bastilla en 1785 y que tras un largo y accidentado periplo vuelve a su patria de origen.


La edad del libertinaje

El siglo XVIII en Francia vio florecer no solo las ciencias y las humanidades; incubó también una sublimación del espíritu y de las costumbres que encontraron en el libertinaje su expresión más sensual. La Enciclopedia definía a este comportamiento como el hábito de ceder al instinto que nos lleva a los placeres de los sentidos. A medio camino entre la voluptuosidad y el exceso, el libertinaje floreció bajo los reinados de Luis XV y de Luis XVI, convirtiendo a París en la capital mundial del desenfreno. Luis XV detentaba un harem. A los “sodomitas reputados”, pese a ser personas conocidas, su alta cuna les evitaba ser encarcelados. Violaciones, pedofilia y el derecho de pernada eran asuntos habituales y una de las tantas razones por las que el pueblo detestaba a la aristocracia libertina. París y su periferia eran un conglomerado de grandes y pequeñas maisons consagradas a todo tipo de placeres. También las damas de la corte y los clérigos se entregaban al ritmo de las fiestas galantes. Fue en este contexto en el que Sade concibió los escritos que le dieron fama de provocador, transgresor y blasfemo. Esto último marcó su ruina puesto que al negar a Dios negaba también a la monarquía por derecho divino. Las órdenes reales de aprehensión lo persiguieron la mayor parte de su vida.

La primera lettre de cachet, u orden reservada, que recibió Sade fue en 1763 por decreto de Luis XV, y le valió un año de prisión. En 1777 recibió una segunda, esta vez de Luis XVI, ordenando once años de encarcelamiento. Para 1789 la Revolución acabó no solo con la monarquía sino con el disoluto ambiente parisino. Los revolucionarios necesitaban orden para poder gobernar pero sobre todo necesitaban un orden moral. Sin duda, los escritos de Sade y su condición de aristócrata no fueron bien vistos por la Revolución. Sade jugó al revolucionario por oportunismo, pero no tardó en renegar del Ser Supremo, ente emblemático del Terror. Maximilien Robespierre sellaría el futuro de Sade en los siguientes términos: “Aldonze (sic) Sade, ex–noble y conde, hombre de letras y oficial de caballería, señalado por conspiración contra la República”. El 27 de julio de 1794 escapó de milagro a la guillotina.

Las cosas no mejoraron para Sade bajo el Imperio napoleónico. En 1798 osó enviar Julieta o la prosperidad del vicio al emperador, quien no vaciló en decir que las obras del marqués eran “lo que el fuego necesita”. En 1800 apareció un panfleto contra Josephine de Beauharnais titulado Zoloé et ses deux acolytesque Bonaparte no dudó en atribuir al “marqués de la sombra”. A mediados de 1801 Sade fue encarcelado en la prisión de Sainte–Pélagie y dos años después en el hospicio de Charenton.

Tres regímenes distintos vieron en el marqués de Sade y en sus escritos un cáncer social que se propusieron exterminar de raíz. Los encarcelamientos no buscaban tanto castigarlo como aislarlo de la sociedad para evitar que ésta se contaminara. Durante la reclusión, la autoridad trató por todos los medios de evitar que Sade publicara sus obras esforzándose para encontrarlas y destruirlas. Algunas desaparecieron para siempre; otras, como el rollo de la Bastilla, lograron ver la luz.


El rollo de la Bastilla

La historia del manuscrito es carcelaria, rocambolesca y jurídica. Sade estuvo por primera vez en prisión a los 23 años; de hecho, entre 1763 y 1814, año de su muerte, pasó cerca de 28 años cautivo bajo tres regímenes distintos. Paradójicamente, el encarcelamiento fue el motor de la escritura pues la mayoría de sus escritos nacieron tras las rejas.

Para que los carceleros no dieran con el manuscrito de Los 120 días de Sodoma o la escuela del libertinaje, Sade decidió escribirlo en un formato fácil de esconder: un rollo de papel. Cada noche, durante 35 días, entre las 19:00 y las 22:00 horas, del 22 de octubre al 28 de noviembre de 1785, transcribió sus borradores a 35 pliegos de papel de 11 centímetros de ancho que su esposa introdujo en prisión. Sade había unido los pliegos hasta conformar un rollo de 12 metros de longitud. Valiéndose de una escritura fina, difícil de leer y utilizando ambas caras del rollo, concluyó la que es tal vez su obra más polémica.

Guardado en un estuche de cuero y oculto entre dos piedras de la celda, el manuscrito fue recuperado durante la toma de la Bastilla por el revolucionario Arnoux de Saint–Maximin que no bien tuvo la oportunidad lo vendió a la familia Villeneuve–Trans. Pasaron tres generaciones antes de que cambiara de manos: a principios del siglo XX, el sexólogo berlinés Iwan Bloch adquirió el rollo por motivos científicos en vista del tratamiento que Sade hace sobre la naturaleza y la variedad de las perversiones sexuales. Bajo el seudónimo de Eugen Dühren, Bloch transcribió y publicó por vez primera el manuscrito en 1904, agregando el siguiente comentario: “Este manuscrito debe ser considerado como la obra principal del marqués de Sade, en el cual ha reunido todas sus observaciones y sus ideas sobre la vida sexual del hombre, así como sobre la naturaleza y la variedad de las perversiones sexuales. Está dispuesto según un plan sistemático, en un agrupamiento científico de los ejemplos citados. […] Es aquí donde veo la gran importancia científica de la obra para médicos, juristas, antropólogos, y para todos aquellos que puedan ocuparse de este asunto desde un punto de vista científico”.

La transcripción de Bloch, sin embargo, estaba plagada de errores. Tras su muerte, el vizconde y mecenas Charles de Noailles compró y repatrió el manuscrito a Francia. Tenía más de una razón para hacerlo pues su esposa, Marie–Laure Bischoffheim, era descendiente de Sade. El nuevo propietario comisionó al escritor y editor Maurice Heine para que realizara una edición más fiel al texto original, que apareció entre 1931 y 1935. Pero el periplo del rollo de la Bastilla no paró ahí. A la muerte de la pareja De Noailles, su hija Nathalie heredó el documento. Sin la experiencia del padre en asuntos de incunables, Nathalie de Noailles prestó el documento al editor Jean Grouet con el propósito de que éste lo estudiara. El 17 de diciembre de 1982, la noticia de su venta al coleccionista suizo Gérard Nordmann causó revuelo en el medio literario y frustración en su dueña, quien recibió solo el estuche de cuero vacío.

Así dio inicio una batalla jurídica. El 11 de junio de 1990 el Tribunal de casación francés rechazó la apelación de Jean Grouet y la Corte de París confirmó su condena por robo y exportación sin autorización de una obra de arte. Para Francia, el manuscrito debía ser devuelto a sus propietarios originales, la familia Noailles. Aunque del otro lado de la frontera, la justicia veía el caso de modo distinto. Para el tribunal federal, Gérard Nordmann había adquirido el manuscrito de buena fe, por intermedio de un librero parisino de reputación intachable. En mayo de 1998, el tribunal falló en su favor.

La última etapa de este periplo iniciado en 1789 con la caída de la Bastilla comenzó a principios de la década actual, cuando los sucesores de Gérard Nordmann se mostraron dispuestos a vender el manuscrito en disputa. Luego de tres años de negociaciones llegaron a un acuerdo de venta: 7 millones de euros a repartir entre la familia Nordmann y Carlo Perrone, heredero de Natalie de Noailles. Gérard Lhéritier, presidente del grupo Aristophil y del Museo de Cartas y Manuscritos, fue el artífice de que el manuscrito regresara a Francia, a París, donde se exhibe por vez primera en el recinto de la rue Montalembert.

El rollo de la Bastilla es la pieza central de la exposición que el Museo de Cartas y Manuscritos presenta en torno al libertinaje desde el siglo XVI hasta nuestros días. Para su agitada vida, el documento está razonablemente bien conservado. Sorprende su solvencia y belleza caligráfica. Habituado a escribir en condiciones desfavorables, el marqués de Sade cultivó una caligrafía precisa y poco vacilante (en su época, la escritura autógrafa era imprescindible para la creación literaria). El rollo marginado limitó a Sade a escribir en una longitud de línea de casi diez centímetros, tarea doblemente ardua si se toma en cuenta que durante noviembre en París oscurece a las cinco de la tarde. El tamaño de letra es tan exiguo que para poder leer el texto se requiere de una lupa. Esto da cuenta de la dificultad para su transcripción y eventual publicación sin la ayuda de su autor.