Maromeros indígenas emulan al Cirque du Soleil

El Laboratorio de Acrobacia retoma tradiciones prehispánicas; debutó hace 10 años en Cumbre de Tajín y ahora busca apoyos financieros.
Presentación con zancos artesanales.
Presentación con zancos artesanales. (Especial)

México

Desde niño Juan Daniel quiso ser maromero, por eso a la edad de siete años se convirtió en la sombra de su hermano mayor, quien desempeñaba este papel en las fiestas patronales de su comunidad, Santa Teresa Xochiapa, Veracruz. “Iba como jugando yo, así empiezan los niños de allá. Andan de cuzcos, pero poco a poco fui practicando y volviéndome más profesional”, relató.

A José Juan le ocurrió igual. “A los 13 empecé a practicar y mi debut fue en la fiesta patronal. Desde niño me gustaban estas fiestas y cuando los veía dar la función me decía ‘quiero ser como él, quiero ser maromero’”.

La Real Academia los denomina acróbatas, pero en Santa Teresa Xochiapa (un ejido de ascendencia zapoteca con poco más de mil habitantes) la realidad es que este oficio es desempeñado desde tiempos prehispánicos por muchas razones, menos por dinero. “Practicaba en la cuerda tensa que tenía uno o dos metros de alto. Es muy difícil cuando eres niño porque tus pies son frágiles y nos lastimamos, pero con el tiempo se va haciendo la callosidad y mientras más practicamos, más buenos nos volvemos”, confesó Juan Daniel.

Preocupados por lo que pudiera pasarle a José Juan, sus padres le negaron el permiso de ingreso, aunque no pudieron impedirlo. Y no porque el entonces niño metiera capricho, sino porque argumentó querer ser lo que su padre fue una vez: maromero. Descienden de padres y abuelos, quienes también fueron equilibristas de alambre y columpio. Pero su peculiaridad es hacerlo sin red por lo que, a la menor falla, caerán irremediablemente.

El Laboratorio

El circo indígena, una alternativa de entretenimiento poco explorada, es la única que retoma tradiciones prehispánicas de la cultura mexicana. Debutó hace 10 años en Cumbre Tajín y ahora busca apoyos culturales y financieros para que este proyecto se convierta a mediano plazo en un Cirque du Soleil mexicano.

Su nombre oficial es Laboratorio de Acrobacia Indígena (LAI) y su cabeza es Chloe Campero, una comunicóloga y gestora cultural, que tomó lo que estaba frente a las narices de todos, pero que nadie había visto. “Hay tradiciones acrobáticas rituales que son prehispánicas, pero otras son de herencia española, y los pueblos se adueñan de ellas por ser expresiones en donde el hombre —con su proeza humana de sobrepasar los límites naturales— va y se comunica con los dioses y baja su mensaje al pueblo”. Por eso, dice, LAI reúne estas expresiones de los pueblos originarios de México, que a la larga contribuyeron indirectamente al circo contemporáneo.

Mario Vázquez coordina este proyecto, pero también fue maromero. “Para nosotros es un ritual realizar estas danzas. Tenemos elenco totonaca y oaxaqueño, por eso se le llamó laboratorio, porque cada grupo fue experimentando y creando qué hacer para que su comunidad no perdiera la identidad”. Por su origen geográfico, la estatura promedio de todos los integrantes es de 1.63 metros y deben su buena condición física al trabajo de campo, donde caminan todo el día sembrando maíz y frijol. Hay quienes además estudian y se miran a futuro desempeñando licenciaturas enfocadas a la música y antropología.

Para todos fue difícil dominar las acrobacias sin entrenador, sin redes, seguro de vida ni gastos médicos, pues el equipo trabaja por intuición y creatividad propia inventando aquí, imaginando por allá, arriesgando por acá. Si satisfacen a su público es porque en cada función —por encima del temor natural— plasman sus ganas y amor a las tradiciones.

Todos se han caído, golpeado o fracturado, aunque el vértigo causado por la altura y el miedo terminaron siendo dominados. Aprendieron del error y ahora saben cómo hacerlo para salir lo menos lastimados posible; por ello en lugar de red, un payaso los espera en un intento por atraparlos.

No obstante, el principal enemigo de LAI es la migración causada por la falta de oportunidades y empleo de cada comunidad. Cuando los maromeros se casan suelen abandonar el grupo y emigrar adonde puedan ganar más dinero. Por eso este laboratorio busca aliados para consolidar el proyecto y que se convierta también en un empleo que enriquezca  a la cultura. “Ellos pueden aprender de otras tradiciones acrobáticas contemporáneas, son acróbatas natos y si alguien llega a enseñarles el mástil chino, lo aprenden en tres patadas”, enumera Chloe, quien sueña con crear la primera compañía de artes circenses indígenas de México, proyecto único en América Latina.

Los aplausos del público —ya sean en una plaza local o el Centro Nacional de las Artes— provocan en los integrantes de LAI muchas emociones. Mario Vázquez les da forma así. “Cada vez que hacemos este espectáculo y vemos que a la gente le gusta, se te enchina la piel. Y cuando regresas a tu pueblo te dan ganas de echar cuetes y decir ¡Ya llegaron los maromeros!”