María Kodama: La elegancia es un refinamiento del alma

En esta charla, el eje no es Jorge Luis Borges sino su viuda, quien habla de su juventud y sus lecturas, de su gusto por el mar y por la ropa. “Sería divertido abrir una casa de modas”.

Ciudad de México

Esta entrevista se publicó el 19 de agosto de 2012, en el primer número de Milenio Dominical.

María Kodama es mejor conocida como la viuda Jorge Luis Borges. Pero, antes o después de ser esposa de uno de los escritores más importantes en lengua hispana, ¿quién es ella...? En su más reciente visita a la Ciudad de México, la heredera del legado borgiano, en entrevista con Milenio Dominical, habla de sus intereses, de su infancia, de su historia; de todo aquello que desea realizar, entre otras cosas, poner una casa de modas.

Quisiera hablar de usted, no de Borges.

Pero yo no soy interesante, bueno, quizá algo que pueda ser interesante.

¿Qué la hacía feliz en su niñez?

De mi niñez prefiero no hablar.

¿De su juventud?

Leer. Desde mi niñez lo que me hacía feliz era leer. Mi abuela me leía todas las noches. Yo imaginaba lo que iba diciendo, y un día abrí los ojos mientras ella hablaba y vi que el libro no tenía dibujos. Yo me preguntaba dónde estaba lo que yo veía y mi abuela me explicó que estaba en la imaginación. "Entonces, cómo pude hacer para ver eso todo el tiempo", le dije. "Cuando aprendas a leer...", contestó. Así que pedí a los cuatro años aprender a leer. Mi abuela no quería, pero mi padre le dijo que si yo me cansaba lo parase. Así, a los 5 años, ya sabía leer.

¿Ahora, hay algo que la haga feliz?

Estar a la orilla del mar. Algo que me provocó mucha felicidad fue ver el amanecer de un nuevo siglo en una carpa del desierto en los Montes Atlas. Disfruto viajar y reencontrar a mis amigos en cada viaje. Borges adoraba a su abuela y él un día me dijo que yo era como ella. "Ah, qué maravilla, ¿por qué, Borges?" Él contestó que no había conocido a nadie como ella que tuviera la conexión lúdica que yo tenía con la vida. Eso fue una cosa maravillosa. Así que, evidentemente, no sé, debo ser feliz y transmito esa sensación.

¿Hay alguna ideología política con la que concuerde?

La libertad. Soy libre. Borges me decía que yo era la primera prisionera de la libertad, porque para ser libre cortaba todo, y que eso era una prisión. Y yo le contestaba, "sí, Borges, pero yo, psicológicamente, soy la única que soporto esto". Y él contestaba que con esa lógica cartesiana era imposible continuar la discusión. Para mí es muy cierto que cualquier cosa que uno comparte ideológica y políticamente es parte de un engranaje y uno nunca es libre. Yo necesito sentirme yo, pero desde ninguna atadura.

¿Qué la ha hecho sentirse destruida?

Todos los días me siento destruida.

¿Por qué?

Porque trabajo como loca. Hoy comencé a las 6 de la mañana. Así es todos los días en cualquier lugar.

¿Qué significa la palabra amor para usted?

El amor sigue siendo él. Si 26 años después sigo con él es por algo.

Además de Borges, ¿qué leía en su juventud?

Bueno, yo leía todo lo que caía en mis manos. No tenía un gusto definido. Yo leía poesía, cuentos, me gustaban mucho los cuentos. Fracasé con las novelas rusas por esos diminutivos que significan "hijos de", y es tan complicado que llegó un momento en que perdía toda posibilidad de entenderlas. Lo que adoro y adoraba en la universidad eran las tragedias clásicas. Tomé cinco cursos de griego antiguo y tres de latín, era un requisito para estudiar filología y luego estudiar literatura española medieval. Yo leí las tragedias en traducciones muy joven, y cuando comencé a descubrirlos desde el griego, fue extraordinario. Todo el mundo occidental se nutre de los griegos. Para mí no somos hijos de Roma, somos hijos de Grecia. Roma dio otra cosa, pero los griegos dieron el pensamiento, la reflexión, además esa religión fascinante, en la que los dioses eran como seres humanos, a los que no se le rezaban de rodillas, sino de pie. Los griegos hicieron la más perfecta disección del alma humana. El horror que uno siente a veces, es ver cómo el hombre —intelectualmente— creció de una manera extraordinaria. Pero el alma es la misma, la misma bajeza; nos da terror que el mundo se ha podido levantar.

¿Cuál es su tragedia favorita?

Medea. Lo que me interesa de esta historia es lo que encierra, lo que subyace en el personaje principal. Ella es una mujer que cree totalmente en el amor de su hombre y la traiciona, la usa. Creo que lo mejor que tiene el ser humano es centrarse en el amor, y Medea lo hace, lo que no justifica que haya matado a sus hijos; y quizá ella ni los mató, probablemente el periodismo de esa época inventa que ella fue la asesina...

¿Se ha sentido traicionada?

No. De la gente cercana a mí, no.

¿En algún momento dudó dedicar su vida a Borges y no a sus propios intereses?

Las cosas se dan. Me crié con reglas de otra época, de otro país, gracias a mi padre, que era una persona mayor y que creció en el Japón. Los códigos y las reglas son diferentes. No es que yo haya dejado de lado algo, que es lo que a veces me decían mis amigos o mis profesores, como una, que me ofrecía hacer una carrera en la universidad y me aseguraba que él (Borges) era egoísta y que acabaría con mi vida. Pero Borges fue mi elección. Yo nunca pienso "quiero esto o aquello". Si las cosas tienen que ser para mí, llegarán, y si no lo son, no tengo por qué sufrir. Entonces, qué sucedió: yo escribía y Borges quería hacer el prólogo de mi libro, pero yo no lo deseaba porque conocía esos prólogos. Él me decía que para mí era distinto pero no lo acepté. Cuando Borges murió, con mi depresión y los ataques tampoco eran momentos para escribir. Ahora editarán en Penguin unas conferencias que di en inglés sobre Borges y la experiencia mística. Luego, en la medida en que en el caos de mi casa aparezcan los cuentos, los iré publicando, y quizá ahora sí los publique, porque cambié, soy una persona distinta...

Entonces, ¿se arrepiente de sus decisiones?

Para tomar una decisión lo pienso mucho, y una vez que la tomé es irreversible. Claro, tuve otros intereses en la lectura y en la vida. Los espectáculos, mis amigos, mi estudio, por ejemplo.

¿Qué lamenta?

Lamento no haber tenido el carácter de Borges, siempre decía: "vamos a hacer esto y lo otro". Yo quería ser arquitecta. Lo que pasa es que no tenía ninguna disposición para dibujar. Me hubiera gustado tomar algún curso, no para hacer una carrera, sólo por tener el placer de estudiar esa disciplina.

¿Qué significa la belleza para usted?

Mi padre, que era químico, amaba el arte. Él quería que yo fuera pintora. Me llevaba a exposiciones, me regalaba libros de arte, etc. Él me dio la primera lección de estética en mi vida y siempre se lo contaba a Borges. Un día, muy pequeña, había escuchado la palabra "belleza", entonces, le pregunté a mi padre: "Kodama, qué es la belleza". Él se comprometió a hablarme la siguiente semana de eso. Cuando volvió, traía consigo un libro sobre el arte griego y una imagen de la Victoria de Samotracia. Él me dice, ésta es la belleza.

— Pero no tiene cabeza, Kodama.

—Y a usted quién le dijo que la belleza tiene cabeza. Mire usted, los pliegues de esta túnica están agitados por el aire del mar. Detener la brisa del mar en el movimiento de los pliegues de la túnica para la eternidad, eso es belleza.

Cuando fuimos Borges y yo fuimos a ver la escultura, él lloraba recordando lo que yo le había contado. Y yo lloraba por lo que mi padre me había compartido. Fue una lección maravillosa. Mi padre era una persona con una sensibilidad muy especial, que me formó, que hizo posible esa relación tan maravillosa con Borges.

Conoció la belleza, pero también dice haber conocido el horror...

Claro cuando murió Borges. Usted sabe todos los horrores y las difamaciones que en ese entonces se dijeron, y era de gente que ni siquiera lo conoció. Ahí supe lo que era el horror. Bioy Casares, como Borges lo definió, es un traidor. Nosotros sabemos el concepto que tenía de él. —Perdón, Borges dijo que era un cobarde— Yo digo que es un traidor. Lo es porque frente a un amigo desnudas tu alma, por lo tanto, es una cosa muy baja hacer que algo se publique cuando el otro está muerto. Además, ¿qué puedes esperar de alguien como él, que en su biografía hace una lista de sus amantes, de las mujeres que sedujo incluyendo a la sobrina de su propia mujer?

¿Se considera una mujer vanidosa?

No. Supongo que ser vanidoso, es —como decimos en Argentina— palomearse. Esa no es mi naturaleza. Más bien fui educada en las reglas del Japón. Japón es sinónimo de sobriedad. La elegancia es un refinamiento del alma. Lo que nos rodea, en la medida en la que es estético, implica una paz interior, un llamado a la reflexión, un equilibrio interior y, además, un respeto al otro. En ese sentido creo que la vanidad no existe. A veces me han preguntado si no pondría una casa de ropa de piezas únicas. Pero no sé si ese sería le caso, a mí me gusta armonizar los colores de mi ropa, y no sé si eso basta para abrir una casa de modas, sería divertido. Me gustaría. Yo me visto siempre dentro de la misma gama de colores, es ropa aparentemente muy clásica pero con detalles muy locos, muy distintos, es como mi personalidad.

¿Algo que le falte por cumplir?

Ir a la luna.

Usted quería ser marino de niña...

Adoro el mar, pero terminé en la literatura.