Maravillas hispanoamericanas en el MET

Dos nuevas curadurías en el importante museo de Nueva York, una de piezas coloniales y otra de obras modernas y contemporáneas, revelan el renovado interés por el arte de nuestros países.

Nueva York

No hay duda de que la nueva demografía estadunidense es un factor determinante en la importancia que ha adquirido el estudio de lo hispano en Norteamérica. Ya se reconoce que Estados Unidos tiene un presente coloreado por lo hispano y los gringos empiezan a percatarse de lo latinoamericano en su pasado.

Por eso, no sorprende que en las últimas dos décadas los departamentos de historia del arte en museos e universidades de este país hayan vuelto su mirada hacia nuestro arte. Esto ha permitido que haya más conciencia y apreciación de esas expresiones artísticas en el país vecino. El conocimiento obtenido ha posibilitado refutar la idea de que el arte latinoamericano es derivado o secundario. Y han surgido museos y galerías dedicadas a nuestro arte en “gringolandia”.

Desde el principio del siglo XX el Museo Metropolitano de Nueva York (Met) ha poseído arte de nuestra región. Sin embargo, parece que ahora el interés por lo latinoamericano en el museo está teniendo un nuevo empuje. Y hay cambios recientes que así lo indican. El otoño pasado la institución empleó a Joanne Pillsbury, especialista en arte prehispánico, como la curadora del Departamento de las Artes de África, Oceanía y las Américas. Y tras su nombramiento, se crearon dos nuevas posiciones en el Met dedicadas al arte latinoamericano: la de curador de arte colonial y la de curador de arte moderno y contemporáneo de nuestra región. Que nuestro arte se vuelva más visible en el Met resulta significativo, ya que este museo es de las instituciones culturales más importantes del planeta.

Para enterarse del impacto de estas innovaciones y con la excusa de hablar de las adquisiciones más recientes —seis pinturas de la Nueva España—, elegí entrevistarme con Ronda Kasl, la curadora de arte colonial, especialista en arte español e hispanoamericano. Ronda me citó en el estudio de restauración donde se encuentran estas joyas y un retrato de Goya que la restauradora estaba reparando y que pronto será exhibido en Boston. Hablamos entonces sobre estas pinturas y sobre lo más destacado de la colección de arte colonial latinoamericano en el museo.

La curadora me mostró primero cinco de las pinturas, todas obras de Nicolás Enríquez compradas en mayo. Señaló que a la usanza de la época, las cinco llevan junto a la firma de su autor una inscripción indicando su origen mexicano. Le pregunté entonces a Kasl por qué es significativa la adquisición. Explicó que se trata de obras realizadas por un artista distinguido poco estudiado y que el grupo de pinturas, que fue realizado como un conjunto, se ha preservado intacto.

Ronda me relató que Enríquez había creado este grupo de óleos sobre láminas de cobre de temas religiosos en 1773 por encargo de Juan Bautista de Echeverría. Éste fue un comerciante navarro que vivió en México durante 30 años. Tal vez por esta doble identidad cuatro de las pinturas hacen referencia a Navarra, pero la quinta pintura, La Virgen de Guadalupe con las cuatro apariciones, no podría ser una imagen más emblemática de lo mexicano.

Kasl revela un dato interesante que añade información sobre el dueño original de la pintura. En 1789, después de haber vuelto a Irurita, su ciudad natal en el Valle de Baztán, en Navarra, Echeverría envió el óleo de la Virgen a México con el único propósito de que la imagen “tocara” a la Virgen de Guadalupe original. Después del “encuentro de imágenes” la pintura de Enríquez fue devuelta a su propietario en España. Sin duda, un suceso que muestra que este comerciante era muy devoto o que, por lo menos, alardeaba de serlo.

Volviendo a la plática, Kasl me habló sobre la más reciente adquisición: Entierro de Cristo, de Juan Rodríguez Juárez, proveniente de una colección francesa. Es una compra de peso porque Rodríguez Juárez fue el artista más prominente de principios del siglo XVIII en Nueva España.

La pintura está firmada por el artista pero no tiene fecha. La curadora señaló que basándose en la similitud estilística de esta obra con otras obras del artista en la Catedral de Puebla que datan de 1702, el Metropolitano le ha asignado a Entierro... la misma fecha como posible año de realización. La curadora indicó que no hay literatura sobre la pintura. Sin embargo, añadió que la composición del óleo diminuto, realizado sobre una placa de cobre, en oros y vibrantes rojos, azules y verdes, deriva de un trabajo anterior realizado por Luis Lagarto, que se encuentra en la Colección Andrés Blaisten, en la Ciudad de México. Las historias alrededor de los cuadros sin duda alimentan la percepción acerca de la vida durante la Colonia.

Le pregunté entonces a Ronda: “¿Por qué desde que asumiste el cargo de curadora en el Met las compras de arte colonial han sido exclusivamente de pinturas?” Respondió: “Es para llenar un vacío. Solo teníamos dos pinturas de la época, ambas andinas: La Virgen del Rosario de Guápulo, de alrededor del año 1680, de Cuzco (Virreinato del Perú) y La Virgen de los Desamparados, de autor anónimo y de procedencia y fecha desconocidas.

Interrogué entonces sobre el destino de las seis pinturas novohispanas. Kasl me explicó que aún no se decide como se expondrán en el Met. Sin embargo, señaló que su preferencia sería que se montara una exposición en la que se contrapusieran estos óleos con algunos de la colonia inglesa. Hacerlo, mostraría el enorme contraste entre nuestras culturas e historias haciendo que la comparación despertara la discusión.


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Proseguimos charlando sobre el resto de los objetos coloniales iberoamericanos del museo. La curadora habló del arte plumario. Resulta que los mexicas creaban imágenes pegando las plumas de aves exóticas sobre papel para la confección de ropa, sombreros, abanicos y escudos. Impresionados por la belleza de estos atuendos, los misioneros franciscanos se apropiaron de la técnica para crear objetos para la Iglesia. Pero aunque estas creaciones gozaron de enorme popularidad en Europa, Ronda me advirtió que hoy sobreviven muy pocos ejemplares. Uno de ellos, que le pertenece al Met y que en su opinión es tal vez lo más importante de la colección latinoamericana, es una sacra emplumada del siglo XVI.

Esta sacra es un tríptico realizado con mosaicos diminutos de plumas de colibrí y papel de colores en un marco de madera de boj en oro. En el centro aparece un texto de la misa. Arriba de éste va representada La última cena coronada con la imagen de La Crucifixión. En las alas del tríptico están representados Pedro y Pablo. Este tríptico maravilloso es uno de los cuatro que aún existen. Además del que tiene el Met, hay uno en Viena, otro en Berlín y uno en México en el Museo Nacional de Arte.

Ronda pasó a referirse al impacto que tuvieron las importaciones del Oriente sobre las artes y artesanías del Nuevo Continente. Aseveró que desde mediados del siglo XVI, a través de la ruta Manila-Acapulco, empezaron a llegar a Iberoamérica porcelanas, sedas y piezas de marfil. Estos objetos fueron integrados e imitados en las colonias transformando la creación en la región.

Como ejemplo, Kasl se refirió a varias figuras escultóricas del museo producidas entre los siglos XVI y XVIII que representan La Pasión de Cristo y La Natividad. Estas obras cuentan con cabezas y manos de marfil traídas de Filipinas colocadas sobre cuerpos y vestimentas de madera producidas en Ecuador o en Guatemala con estilo estofado europeo.

La curadora señaló otro ejemplo aún más interesante. Varias de las piezas de la colección de Talavera de Puebla, del siglo XVI, indiscutiblemente imitan las formas y los decorados de la porcelana china. Y algunas piezas posteriores muestran influencias europeas y orientales pero en un estilo original de alfarería netamente poblana.

Aunque platicamos más de una hora, nos faltó tiempo para hablar de los tapices y de los objetos de plata andinos que incorporan imágenes de seres mitológicos, de fauna y de flora china inspirados en las sedas que llegaron a Perú. Nos faltó hablar de las vasijas Kero y los tapices de alpaca de Perú, que como los plumarios, integran temas católicos a técnicas autóctonas. Y también nos faltó hablar del resto de las maravillas de la colección colonial iberoamericana. Entre ellas un pendiente del siglo XVI maravilloso: un tríptico con arte emplumado y seis escenas diminutas de La Pasión de Cristo micro-talladas al estilo de Flandes en madera de boj. Un rosario con Memento Mori con cruz de plata y calavera de cristal del siglo XVI. Un cubrecama de algodón, ajuar de alguna novia, bordado con seda china pigmentada con tintes europeos y americanos. Una custodia de plata esmaltada de Perú para la consagración de la hostia de mitades del siglo XVII. Maravillas y maravillas valiosas que encierran anécdotas fascinantes del pasado colonial.

Estas pinturas, esculturas, armas, muebles, vestimentas, alhajas, objetos de herrería y otras maravillas de la Nueva España y del Virreinato del Perú, del pasado reciente hispanoamericano y del pasado ancestral precolombino, se encuentran dispersas a través de las diferentes colecciones del Museo Metropolitan. No hay un plan de que surja una sección que comprenda lo hispanoamericano. Sin embargo, estas maravillas prometen cientos de exhibiciones futuras que sin duda aumentarán el conocimiento, la valorización y la proyección de nuestro arte.