Morir y respirar

Escolios.
Escolios
Escolios (Especial)

Ciudad de México

Se dice que vivir y morir son acontecimientos oscuros que solo se iluminan de manera póstuma. En Luto y autobiografía. De San Agustín a Heidegger (Taurus, 2001), Maurizio Ferraris señala que la muerte es la experiencia esencial de la humanidad, pero que siempre se ensaya a través del otro. Mediante el duelo, el individuo va experimentando pequeñas muertes que prefiguran la propia y las biografías son historias de duelos, en las que se conforma una noción de la muerte, a partir de la experiencia mimética de la ajena. Esta moderna interpretación me remite a Gilgamesh, esa agridulce epopeya, plagada de colorida acción e imágenes tan elementales como poderosas, que salpican polvo de batallas, olor a cerveza y lágrimas. La historia es conocidísima: Gilgamesh es un tirano cuyos abusos llegan a oídos de los dioses, quienes crean a Enkidú, un héroe inocente y bestial para que se le enfrente. El rival de Gilgamesh se humaniza con las caricias de una prostituta y con el consumo de pan y de cerveza. Los contrincantes se enfrentan y Enkidú vence en fiera liza a Gilgamesh; aunque la pelea hace aflorar la camaradería y terminan como grandes amigos.

Gilgamesh invita a Enkidú a compartir su palacio y los placeres de la vida urbana arcaica, aunque pronto el salvaje se aburre de la ciudad y se torna melancólico. Gilgamesh le propone entonces a su amigo realizar hazañas que habrán de desafiar y alterar el equilibrio de los dioses. De hecho, con sus proezas Gilgamesh atrae la atención de la diosa del amor, Isthar, quien lo corteja, pero es groseramente rechazada. Despechada, Isthar pide a su padre, Anu, que le conceda un toro del cielo para castigar la osadía de los mortales, pero Gilgamesh y Enkidú matan al divino animal y, en el colmo de la ofensa, Gilgamesh arroja un muslo del toro a la cara de Isthar. Este gesto de insolencia merece un castigo ejemplar y los dioses mandan la enfermedad y la muerte para Enkidú. Un presagio lo hace avizorar su destino y Enkidú maldice la conciencia de la muerte que le trajo su humanización. A Gilgamesh, la desaparición de su amigo lo hace consciente de su propia finitud. Por eso, aterrado, parte en busca de la inmortalidad, dispuesto a vencer todos los obstáculos. Quiere entrevistarse con el único hombre que descubrió el secreto para vencer a la muerte, y pasa todas las fronteras y los peligros hasta que consigue un elíxir que, sin embargo, pierde por un descuido pueril. La paranoia y angustia ante la muerte de Gilgamesh es semejante al descubrimiento y pasmo infantil ante la finitud. Cierto, tanto ante la primera pérdida como ante la proliferación de los muertos, se aviva esa conciencia de la muerte y se cultiva esa mezcla de indignación, miedo y alivio del sobreviviente. Quizás habría que pensar que, ante la cercanía ominosa de la muerte, como decían los antiguos, el mayor privilegio y el mayor placer (culposo) no consisten en la fama, el dinero o el amor, sino en la respiración.