[Cuento] Betty Betún

Luisa Iglesias Arvide publicó en la antología Ciudad fantasma. Relato fantástico de la Ciudad de México, y realiza producciones escalofriantes para Radio UNAM.
Betty Betún
(Especial)

Ciudad de México

Pienso tanto en Betty que la imagino de niña, luego de adulta y entristezco cuando muere de vieja. El otro día la regañé por escarbar túneles en el jardín. Le dije: ¿sabes cuánto trabajo me costó sembrar esos tulipanes? Ya sé que estás chiquita, Betty, pero tienes que respetar las cosas de los demás. Le sacudí la tierra de los cachetes y la hice reír. Su sonrisa aún pulsa en mi herida. Cuando me doy cuenta de que estoy hablando sola me aflijo. Me pican las costuras, la cirugía en el vientre. Tengo una carretera del ombligo al sexo. Trato de levantarme. Solo consigo retorcerme en el colchón del hospital. Entonces orino uno y otro chorrito bajo las sábanas. Quizá sea la frustración. La doctora dijo que no fue una intervención sencilla. Algo sobre muerte fetal y ruptura uterina. Dijo que me quitaron todo. Ovarios. Trompas. Matriz. Pero a Betty todavía la siento conmigo; se lo expliqué. Es difícil, respondió. Betty Betún. La imagino crecer. Ya le dije diez veces que lo piense antes de casarse con ese bueno para nada. Tu papá nos dejó, Betty, y ese tipo lo hará también. No me escucha. No puedo detenerla, ni siquiera puedo levantarme de la camilla. Pero así es esto. Una gran comezón y un hueco en mis entrañas. El primer día en el hospital todo mundo salió con su no te preocupes, te vamos a venir a cuidar. ¿Cuántas visitas desde entonces? Ni siquiera mi hermana. Betty se hizo vieja. Me acongoja porque olvida las cosas y sus nietas la regañan; me hace pensar que no debí sermonearla mientras crecía. Me duele cuando no se toma sus medicamentos y pasa la noche viendo televisión. Ahí se queda, solita en su cuarto. Quisiera que alguien le hiciera piojito al dormir. Pero Betty murió sola. Quizá yo muera sola también. La otra noche abrí el cajón metálico de las enfermeras. Solo encontré paquetes vacíos de Ketorolaco. Me dolía tanto que pensé en arrancarme los hilos de la panza. Estaba convencida de que al abrir las costuras me sentiría mejor. Jalé el primer nudo, suavecito. Un cólico me transitó la carretera, me destapó las orejas. No pude seguir. El problema no es la sutura. Lo que me pica es el hueco bajo la herida. La nada que me quedó en las tripas. Quisiera rascarme desde adentro. Pienso en Betty. Esta mañana la comezón me rechinó hasta los dientes. No quise jalar los hilos otra vez. Me quité la bata. Me retorcí desnuda en la camilla. Tardé un rato en encontrar la posición adecuada. Me revolví los vendajes y el sexo con las uñas. Luego empujé mi mano entera. Adentro. Sentí la carne viva. Avancé un poco más. Quise alcanzar el hueco y rasguñarlo. Quise romperlo. Escarbar la carne hasta abrirme la carretera. Sacarme todo de una vez. Quebrarme del sexo al ombligo. Testificar la nada. Avancé más. Mis dedos se humedecieron. Sentí entonces el roce de una mano tibia y arrugada. Era una mano vieja. Nuestros dedos se entrelazaron. Me detuve. La mano me acarició por dentro. Áspera. Betty Betún, la doctora dice que es difícil, pero yo sé que Betty sigue conmigo. .Migo; saasA PRESENTE. CONDUCTOR nthinaba en los dientess nietas se desesperan, a veces la regañan; me que estás aquí conmigo.