Lou Reed a contracorriente

Nació en Brooklyn en 1942. De él se podrían decir muchas cosas: líder de The Velvet Underground, personaje emblemático de la Factory de Andy Warhol, amigo de Mick Jagger y David Bowie, figura de ...
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En diciembre de 1964, Lou Reed lanzó el sencillo Primitives. Do the Ostrich no fue el primer disco con su nombre. Por unos meses había estado haciendo canciones por pedido para Pickwick, un sello que se especializaba en los álbumes baratos presentando los estilos pop prevalecientes en ese periodo. Antes de eso, su banda de adolescentes, los Jades, había lanzado dos dobles bastante mediocres en 1953 y, dos años después, había probado suerte como solista, grabando en el estilo post rock & roll que predominaba en el Estados Unidos anterior a The Beatles.

Pero aunque no fue el primer disco de Lou Reed, Do the Ostrich fue el más notable en aquel entonces. Tenía la intención de ser una novedosa tendencia de baile, al estilo de Chubby Checker en It's Pony Time y, a cierto nivel, fue un trabajo copiado: Reed ni siquiera se molestó en escribir su propio riff, y lo tomó de la canción de 1963 de los Crystals, Then He Kissed Me. Pero ahí terminaba el parecido con el éxito de los Crystals, Reed había afinado todas las cuerdas de su guitarra en la misma nota, lo que resultó en un sonido estrepitoso e intenso; luego usó el mismo truco nuevamente en Venus in Furs y en All Tomorrow's Parties.

Es increíble que alguien haya podido llegar a la conclusión de que Do the Ostrich estaría en el Top 10. Es una nota extraña en su carrera, pero a Reed nunca pareció avergonzarlo. Por el contrario, en el álbum de debut de The Velvet Underground, le dan el crédito por tocar la “guitarra ostrich”. Además, en algunas de las últimas entrevistas que le hicieron todavía hablaba alegremente del poder de la “afinación ostrich” en una sola nota. Tal vez fue porque, a su propia y extraña manera, Do the Ostrich es un resumen de Lou Reed: debería haber sido algo simple, pero él hizo lo opuesto a lo que se esperaba de él. En el corto plazo, el resultado fue el olvido comercial: el sencillo se hundió. En el largo plazo, Reed había encontrado su métier. Podía hacer carrera haciendo lo opuesto a lo que esperaba la gente, tan interminablemente contrario que se volvió imposible encontrar a la persona real detrás de la música. Era imposible de conocer: "No tengo personalidad propia", dijo llanamente en una entrevista.

O tal vez la contradicción era el principio de su personalidad. Un amigo que lo conoció cuando era Lewis Reed, el hijo mayor de una pareja judía, de la clase media de Long Island, le dijo a su biógrafo, Victor Bockris, que Reed tenía un caso severo de shpilkes: su energía nerviosa era tal que “tenía que rascarse no solo su propia comezón, no podía dejar en paz ninguna situación ni ninguna costra sin arrancar”. Desde el principio se especializó en confundir las expectativas hasta de sus colaboradores más cercanos. En The Velvet Underground, John Cale calificó a Reed de “engreído y despreciable... una reina”, perfectamente cómodo entre los chismes y desprecios de The Factory de Andy Warhol.

En sus años con Cale, los Velvet Underground sonaban como el intento de una banda por cambiar el orden establecido del rock & roll, casi literalmente: en 1967, en su debut, “European Son” estalla en un caos frenético con un choque literal, como si todo lo que estuviese sobre una mesa cayera al piso. Pero Reed no era un iconoclasta musical, era un admirador del rock erudito, un clasicista que pensaba que You've Lost That Lovin'Feeling era “el mejor disco de todos los tiempos”; “no hay Dios y Brian Wilson es su hijo”, escribió en un ensayo publicado en 1966. Diez minutos antes del choque en “European Son”, se escucha a Reed anunciar su amor a Motown al abrir “There She Goes Again” con una cita musical de “Hitch Hike” de Martha and the Vandellas. Tal vez por eso terminaron siendo tan influyentes, porque Velvet Underground sonaba como una banda de rock & roll, aun cuando no se parecía a ninguna otra banda de rock & roll.

Cualquiera que haya pensado que las cosas serían más comprensibles y menos contradictorias, cuando Reed se convirtió en solista sufrió una desilusión. La imagen de Reed se convirtió en la de Rock'n'Roll Animal: duro, astuto, vestido de cuero negro e impulsado por la anfetamina, poseído por una actitud que iba mucho más allá de la arrogancia o la desenfadada tranquilidad de una estrella de rock, llegaba a los terrenos de la maldad y la crueldad reales. Pero Rock'n'Rock Animal posiblemente fue el título irónico de un álbum en vivo de 1973 por el que Reed no sentía mucho cariño. El material que reforzaba esa imagen iba acompañado por canciones realmente tiernas, no del tipo del hombre duro que llora a su pesar, sino abiertas, honestas y conmovedoramente frágiles.

Se dedicó al glam rock, un género que se esforzó por inventar, pero el éxito de Transformer, producido por David Bowie y Mick Ronson, fue debilitado por la inconfundible sensación de que Reed había superado el glam rock, aunque presentó “Kill Your Sons”, una de las canciones más abiertas y personales que haya escrito, detallando los intentos de un psiquiatra por curar a un Reed de 17 años de sus urgencias homosexuales y sus cambios de estado de ánimo a través de tratamientos de electroshock. Menciona por su nombre a los hospitales psiquiátricos en los que fue tratado y describe la pérdida de memoria que sufrió como consecuencia. Cuando se le encargó que hiciera un álbum más franco para calmar a su nuevo sello grabador, Arista, cuya intervención aparentemente lo había salvado de la bancarrota, hizo Rock and Roll Heart, que aunque era lo suficientemente pálido como para llegar a la radio de mediados de los 70, arruinó sus posibilidades de salir al aire debido a sus letras. En el otro extremo, a medida que se aproximaban los 80, The Blue Mask reestableció su potencia musical y enfoque y produjo la letra más increíble: "Soy solo un tipo común" cantó, una y otra vez.

A partir de finales de los 80, podría haberse establecido cómodamente en el rol de un amado estadista del rock, mismo que le garantizaba la escala de su influencia e importancia, pero pareció no sentirse demasiado cómodo con su papel de estadista ilustre de lo que se había sentido como una estrella del glam. Acabó con una reunión de los Velvet Underground antes de que pudiesen hacer un álbum, algo que, dependiendo de la perspectiva, fue una oportunidad perdida. Su shpilkes todavía estaba activo, lo que explica cómo pudo seguir un álbum tan bueno como Ecstasy con otro como The Raven y su curiosa actitud hacia sus propios conciertos —nadie excepto Reed quería escuchar All Tomorrow's Parties o Perfect Day como música de fondo para que su instructor de tai chi subiera al escenario a hacer sus movimientos. Y siguió avanzando. Reed interpretó una improvisación aturdidora de su notorio Metal Machine Music, de 1975, después de llegar a la conclusión de que lo que necesitaba una hora de retroalimentación a gritos era la adición de un saxofón, y exorcizó el fracaso comercial de su álbum conceptual Berlin: una noche nostálgica de adicción a las drogas, abuso conyugal, niños gritando y suicidio.

La historia hubiese terminado mejor si su álbum final no hubiera sido Lulu, una colaboración con Metallica que Reed afirmó que era lo mejor que había hecho jamás, pero que recibió algunas de las peores críticas de su carrera. Reed no tenía finales felices y, en su lugar, tuvo un último acto de maldad. En el pasado se las había arreglado para enojar a sus fans; esta vez también enojó a las bandas más importantes del mundo.

Terminó su vida siendo tan inescrutable y contrario a todo como el joven de 22 años que hizo Do the Ostrich. En una de sus últimas entrevistas, poco antes de morir, un periodista se aventuró a preguntarle por qué no escribía una autobiografía. “¿Por qué debería hacerlo?”, saltó. “¿Escribir sobre mí mismo? No lo creo. ¿Para aclarar qué? No hay nada que aclarar”. Y luego expresó un rechazo claro a cualquier intento de darle sentido a una carrera de 55 años que transformó al rock con una frase que podría ser su epitafio: “Soy lo que soy, así es. Y —añadió— chingue su madre”.