Living Theatre, la historia del arte escénico radical

El grupo, fundado en 1947, consideraba que podía convertirse en un instrumento para cambiar las conciencias y a la sociedad.
El escritor relata la historia de la compañía fundada por Julian Beck y Judith Malina.
El escritor relata la historia de la compañía fundada por Julian Beck y Judith Malina. (Carlos Rubio Rosell)

Madrid

El Living Theatre, compañía teatral fundada en 1947 y dirigida por Julian Beck y Judith Malina, creyó, con más vehemencia que ningún otro grupo artístico en nuestro tiempo, que el arte era un instrumento para cambiar las conciencias, transformar la vida y producir cambios sociales.

Sin embargo, como cuenta el escritor colombiano Carlos Granés en su ensayo La invención del paraíso. El Living Theatre y el arte de la osadía (Taurus), sus integrantes pronto se dieron cuenta de que todo el arte subversivo también podía fortalecer el sistema. Entonces emprendieron una lucha por no caer en la banalidad pop y el exhibicionismo mediático, relegándose a las sombras y el olvido.

En entrevista con MILENIO, Granés (Bogotá, 1975) expone que ha querido contar la epopeya de este grupo que en 1968 emprendió la creación colectiva de Paradise Now, una pieza transgresora en todos sentidos, desde el punto de vista de la técnica teatral hasta el punto de vista social.

"Era un frenesí de libertad, de delirio, pasión y locura, ya que se trataba de un teatro liberado, sin ningún tipo de normas, que dentro de sus rituales proponía la quema de dinero, el consumo de mariguana, la desnudez e incluso el contacto sexual, pues se trataba de abrir un espacio donde el ser humano fuera más libre que en ningún lado", señala.

Granés explica que mientras escribía su anterior ensayo, El puño invisible, Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco 2011, se encontró con el Living Theatre. "Y al escarbar un poco en los diarios de Judith Malina, me di cuenta de que tenía una historia apasionante. Y me pregunté por qué sabía tan poco de ellos".

Al respecto, confiesa que el Living Theatre es hoy un grupo totalmente desconocido para las jóvenes generaciones del mundo hispanohablante, porque el tiempo le pasó por encima. "Y sin embargo, desde finales de los años cuarenta hasta principios de los setenta, estuvieron en todos los debates culturales del momento. Fueron reconocidos por todos los que hoy en día engrosan el Panteón cultural de Occidente: los beatniks, los expresionistas abstractos, John Cage y los músicos contemporáneos, los cineastas italianos, etcétera. Y dejaron la escuela de la creación colectiva en Latinoamérica, la idea de que no era un autor quien debía imponer un texto, sino que la obra se creaba en la comuna y lo que la obra debía reflejar era, más que una ficción, el modo de vida de la comuna".

El autor se propuso investigar qué dinámicas culturales habían triunfado para que el Living Theatre fracasara y quedara en la sombra: "Caminaban por una línea muy fina entre lo libertario, anarquista, pacifista y la violencia armada. Y así siguieron caminando hacia la sombra, por caminos muy poco comerciales, hasta el día de hoy. Judith Malina, una de sus fundadoras, murió el pasado 10 de abril, y hasta el último día estuvo al frente del grupo presentando sus obras, donde seguían haciendo cosas que fueron muy transgresoras en los sesenta y setenta pero que hoy no tienen el mismo impacto que entonces".

El ensayista considera que "la herencia del Living Theatre se puede apreciar en el cambio radical que representó la idea de formar un grupo que llevaba al escenario, más que una ficción, su filosofía, su modo de vida".

Granés recuerda que el primer contacto que los miembros del Living Theatre tuvieron con la pobreza y que representó uno de los motores de su actividad fue en México, en 1948, cuando sus fundadores se casan y se van de luna de miel. "Estando en Taxco, salen de una iglesia y ven a un niño ciego que tenía los ojos purulentos, una imagen muy impactante que les deja una culpa en su interior y les lleva a hacer un juramento que va a ser determinante para toda su carrera: que todas sus obras deben ir encaminadas a hacer algo por gente como ese niño. Y el niño de Taxco se convierte en un desafío permanente: hacer algo por el Tercer Mundo".

Los miembros de Living Theatre, concluye Granés, "creyeron con absoluta fe y convicción que con sus obras poco a poco convencerían a los jóvenes de que estaban viviendo una vida equivocada; de que la vida que la sociedad les imponía, que todos los compromisos que tenían que asumir, que todos los trabajos que tenían que aceptar, y que todos los tabúes que encorsetaban sus deseos, iban a caer al ver una forma de vivir que no estaba contaminada por las ficciones impuestas por la sociedad, permitiéndoles encontrarse con el tuétano de lo humano, con los deseos, pulsiones y necesidades más íntimamente humanas".