Libros: Juego, pasión, sueño

Elementos que el personaje irá anudando en la confesión de sus pasiones, cuyas intensidades solo son perceptibles cuando han pasado, y que el autor va incorporando según avanza la novela.
Bruno Estañol, El ajedrecista de la Ciudadela, Cal y Arena, México, 2014, 208 pp.
Bruno Estañol, El ajedrecista de la Ciudadela, Cal y Arena, México, 2014, 208 pp. (Especial)

México

No juego ajedrez. Entiendo que las torres caminan en cruz, los peones hacia adelante y la reina adonde se le antoje. Que cuando los jugadores observan el tablero que tienen enfrente, silenciosos y concentrados, imaginan no solo el siguiente movimiento sino la partida en su conjunto. De ahí que muchos emparenten este juego con la vida. Contradictoria. También un juego.

“Juego ajedrez porque como todos los juegos verdaderos es absolutamente inútil. Lo inútil me apasiona; he conocido muchos hombres y mujeres arrastrados por la pasión de lo inútil. Son los mejores que he conocido (…). Juego ajedrez porque es un juego complicado que ha entretenido a las mejores mentes y mi mente necesita entretenerse y vencer el aburrimiento que siempre la ronda. Juego porque la esencia del juego es el juego en sí mismo y no aspiro a otra cosa”.

Lo dice el narrador omnisciente de El ajedrecista de la Ciudadela, la nueva novela de Bruno Estañol (Tabasco, 1945): desde ya un convite a acercarnos a ese juego que como las matemáticas, la música y la poesía deviene en pasión autista. “Una pasión que te encierra dentro de ti mismo y que se basta a sí misma”, advierte este nuevo enigmático personaje (como los de Fata Morgana, El féretro de cristal y La conjetura de Euler), tras deambular por una ciudad de México, suburbio del Infierno, y encaminando sus pasos a la explanada histórica que recrea sus ardores. Eso sí, con mucha pasión, que como todas las verdaderas “uno la sufre y la goza en la soledad absoluta”.

Oficinista de tonos grises (“en la burocracia el papel del azar tiende a cero”), nuestro personaje descubrirá en los pensadores Swedenborg, Pascal y Spinoza, además de en los ajedrecistas Capablanca, Alekhine, Lasker y el mexicano Torre Repetto un asidero para no sucumbir en la monotonía de la vida diaria, que también pasa por el Café La Habana y las colonias Roma y Juárez. Para desde ahí, envuelto deliberadamente en lo inesperado, descubrir una nueva forma de pensamiento, el mágico, que rige la vida de todo jugador de ajedrez, aunque también de quienes no lo practican.

Elementos que el personaje irá anudando en la confesión de sus pasiones, cuyas intensidades solo son perceptibles cuando han pasado, y que el autor va incorporando según avanza la novela. “La vida es como una espiral y no como un círculo: solo los pequeños detalles retornan; las cosas que realmente nos importan, jamás: el eterno retorno es una triste ilusión”.

El ajedrecista de la Ciudadela, otra gran historia que se ha inventado Estañol, sin prescindir de sus universos literarios de siempre: juego, pasión, sueño.