REPORTAJE | POR XAVIER QUIRARTE

Libro revalora el valor del dibujo arquitectónico

Obras del taller de Augusto H. Álvarez

En la obra editada por la Ibero y la UNAM se recuperan diversos materiales en torno a edificios de los años cuarenta a los setenta del siglo XX

Ciudad de México

Autor de la Torre Latinoamericana y el edificio de Transportación Marítima Mexicana, entre otras obras, Augusto H. Álvarez fue un arquitecto emblemático de la segunda mitad del siglo XX. Desarrolló su obra sobre todo entre los años cincuenta y setenta, tanto en el sector público como en empresas privadas, casas, hoteles y unidades habitacionales.

En 2010, en la Facultad de Arquitectura (FA) de la UNAM se organizó una muestra con los dibujos del taller del maestro, resguardados en el Archivo de Arquitectos Mexicanos de la institución. En la exposición, organizada por los arquitectos Alejandro Aguilera González y Lourdes Cruz, además de los dibujos de Álvarez se exhibieron obras de su hijo, Augusto F. Álvarez, así como de Carlos Alvarado, Vito Ascencio, Jorge Flores, Ricardo Flores, Luis Guerrero, Francisco Javier Marván, Héctor Meza, Joaquín Palacios y Octavio Sánchez.

Para darle mayor difusión a este legado, la Universidad Iberoamericana y la UNAM coeditaron Los dibujos del taller de Augusto H. Álvarez. El libro muestra la forma de trabajar de uno de los despachos de arquitectura más importantes de su tiempo, bajo la guía de Augusto H. Álvarez, nacido en Mérida en 1914 y fallecido en la Ciudad de México en 1995.

Alejandro Aguilera González dice, en entrevista con MILENIO, que Álvarez es autor de obras muy conocidas, como la Torre Latinoamericana y Transportación Marítima Mexicana, pero también se hizo cargo de las sedes de muchas aseguradoras y de la compañía IBM en Polanco. “Hay muchos edificios significativos, pero también fue un profesor muy importante de la FA de la UNAM y fue el primer director de la Escuela de Arquitectura de la Ibero”.

Aguilera González, quien tuvo oportunidad de tratarlo, asegura que “era un arquitecto extraordinariamente profesional. Tenía sus proyectos perfectamente desarrollados, modulados, siempre por el camino de la racionalidad y de cuidar todos los detalles al máximo. Su obra se caracteriza por ser funcionalista y racionalista”.

El libro recoge textos y, fundamentalmente, dibujos de su taller, agrega. “Abarca desde bocetos, los que se hacen cuando se va a comenzar un trabajo, hasta detalles constructivos, pasando por láminas de presentación. Muestra la forma de trabajar de un despacho a lo largo de casi medio siglo, que van desde que Álvarez salió de la FA, en 1939, hasta su muerte, en 1995. La doctora Cruz y yo realizamos una selección muy exhaustiva; el material está en el Archivo de Arquitectos Mexicanos. Fue muy complicado, pero tratamos de dar la mejor idea del trabajo de este taller”.

Trabajo manual y digital

Mostrar estos materiales es enseñar una forma de trabajar, afirma Aguilera González. “Es como enseñar las entrañas de un proceso creativo, lo que es muy interesante. Pero hay otra parte que tiene interés en este momento, porque poco a poco el trabajo digital va abarcando todo en la arquitectura, y tiende a perderse un poco en los estudiantes la capacidad de expresarse manualmente. Todo lo que enseñamos en el libro fue hecho manualmente, no con computadoras, como se hace hoy”.

Este material, dice el especialista, “nos lleva a reflexionar sobre cosas que se han ido diluyendo en la arquitectura. Pero no es contraponer el trabajo de las computadoras con el trabajo manual sino, más bien, reconocer que cada uno tiene una importancia, pero que no son opuestos, no son cosas que estén peleadas entre sí, sino que son actividades complementarias”.

Si en algo querían llamar la atención, explica Aguilera González, “es en cómo se trabajaba en aquella época, buscando que no se pierdan esas capacidades en los estudiantes para trabajar manualmente, sobre todo en ciertas partes del proceso arquitectónico. Hoy en día nadie presentaría unos planos finales como no fuera trabajados digitalmente, pero en los procesos iniciales, y en las fases de análisis y proyecto, suele ser muy útil que los estudiantes tengan una habilidad manual para expresarse. Este libro de alguna manera hace una llamada de atención sobre esto”.

Aunque el columen está dedicado a los arquitectos, Aguilera González considera que también puede interesar a otras personas como un objeto bello. “En cierta manera es un libro-objeto. Yo creo que a muchas personas les va a resultar atractivo. Es como meterse en la libreta personal de un arquitecto, en lo que allí proyecta y lo que está pensando. El formato y la manera de presentarlo buscan crear un imaginario de que se está escudriñando ‘morbosamente’ en la libreta de un arquitecto”.